Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

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martes, 15 de febrero de 2011

Gotas biográficas II (mi intento de tenista)

Todos me regresaron a ver, sintiendo una sincera lástima ajena. Un vendedor de helados, que cargaba un gorro de aspecto jocoso y que pasaba por ahí haciendo bulla con su carrito chillón, dejó de hacerlo cuando me vio. Un niño, que iba agarrado de la mano de su madre, me señaló como se señala a los trapecistas deformes o a los gigantes de dos metros y medio en los circos. Y sólo una anciana de fealdad sobresaliente (¡qué sería de este país sin las ancianas de fealdad sobresaliente!), con cabello maltrecho y con un rostro lleno de grietas, tuvo las agallas de preguntarme qué diablos me pasaba.

Caminaba por la congestionada Av. 9 de Octubre, cuando sucedió: mi brazo, rebelde ante cualquiera de mis órdenes, se movió por voluntad propia, cobró vida, y simuló el mejor de los derechazos tenísticos. Luego lanzó un revés al aire sólo digno de Roger Federer. Y, así, se fue de largo, continuó con un drop shot, luego se estiró para realizar un remate demoledor y casi rasguña el suelo para elaborar un slice de ataque más corto punzante que un estilete.

Me sucede a menudo.
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Y en cualquier sitio.
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Y a cualquier hora.
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Yo lo llamo el síndrome post-tenístico. La Ciencia ya perdió todas las esperanzas conmigo y sólo se limita a decirme lo que ya sé: que fueron muchos años los que intenté ser tenista, que esos reflejos me acompañarán hasta mis últimos días, que no hay cura para ese mal.

Recuerdo que en mi primer año de tenista no gané ni los sorteos. Recuerdo que, en la primera ronda de un torneo en Quito, me ganaron 6-0, 6-0 y que mi rival se desperezaba antes de conectar cada servicio. Recuerdo que más demoró mi vuelo a la capital que aquel partido. Recuerdo que la primera vez que gané un encuentro fue por W. O (no presentación del rival). Y recuerdo también que la única vez que jugué una final fue en un sueño. Algo es algo, pensé cuando me levanté.

Hubiese seguido así, de largo, necio como un ateo, de no ser porque un amigo, que administraba una página web de deportes y que se enteró que constantemente viajaba por el Ecuador para jugar torneos juveniles, me cogió de pato. O sea, de reportero deportivo. La idea me atrajo: me descalificaban de todos los torneos en menos de lo que tarda un parpadeo y, luego, me dedicaba a escribir todo lo que veía. Con mi pluma despedazaba los talentos tenísticos ajenos. Con mi pluma criticaba los estados de las canchas y a los organizadores. Con mi pluma, hasta tuve aires de meteorólogo de CNN y me animaba a anticipar el clima que se avecinaba antes de los partidos.

Hasta que, un día, un día de esos en que el cielo te regala un rayo de verdad, me di cuenta que era más fácil hacerlo fuera de la cancha que dentro de ella. Lo mismo que, creo, le debe haber sucedido al barrigón de Carlos Victor Morales (¿se lo imaginan corriendo?) o a Vito Muñoz (¿se puede cabecear con su cabeza cuadrada?). Y, si todo esto es verdad, si en verdad existimos y la vida no es una farsa, aquí estoy, con los dedos morados de tanto darle al teclado. Una vez más.
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*Publicado en la Revista La U, febrero/2011, edición #346

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martes, 4 de enero de 2011

Gotas biográficas I (mi intento de futbolista)

Vamos por partes. Yo no quería ser escritor, quería ser futbolista. Como buen niño ecuatoriano, yo soñaba con reventar redes, correr como negro del Chota, envolverme con la tricolor y claro, más tarde, largarme a Europa, cargar un Rolex y manejar un Ferrari color vino.

En mi escuela, a los diez años, sudar era ser un bacán. La popularidad escolar se la medía de una manera objetiva: según la cantidad de gotas salinas que despedía tu cuerpo, te ganabas (o no) el trono infantil. Así de simple. Así de imparcial. Vestir el 10 de la selección escolar era lo mejor que te podía pasar, era todo, era motivo suficiente para conquistar a la más linda de la clase, la de turno.

Mis ídolos no eran Vargas Llosa ni García Márquez ni ninguno de esos pseudo-intelectuales que aún conservan la mala costumbre de escribir. Alex Aguinaga e Iván Kaviedes eran, para mí, los verdaderos duros criollos, esos que salían en la TV y que se daban el lujo de rechazar autógrafos en la calle.

Como todos los de mi especie, jugué el Interbarrial, aquel torneo que se lo publicita como “el más grande del mundo”, el paso obligado de todo futbolista que aspira jugar en primera. El primer escalón rumbo al estrellato, me prometieron.

Pero, durante mi fugaz y lamentable carrera futbolística, lo único similar al estrellato que experimenté fue un choque de cráneos del que fui protagonista. La culpa la tuvo la vaca. En serio: era un futbolista obeso, con contextura de luchador de sumo. Un auténtico imbécil, con complejo de cangrejo, que corría hacia atrás. Y sin regresar a ver de reojo, por lo menos. Se trataba de la final sub-10 del torneo que les menciono. Quedamos 1 a 1 y ambos (el equipo contrario y el mío) dimos la vuelta olímpica. Una política empresarial que hasta la fecha sigue vigente y que tiene por objetivo evitar llantos pueriles. Una decisión muy cristiana que, paradójicamente, proviene de los organizadores de un torneo explota-infantes. De unos empresarios con todas las de ley.

Yo anoté el gol del campeonato. Fue el único gol que anoté en todo el torneo, un golazo, un tiro de larga distancia que dejó boca abierta a un arquero rival con una delgadez digna de una escoba. La verdad, lo único que quería era deshacerme del desquiciado balón, pero el esférico, rebelde como un forajido, se introdujo en el arco norte del estadio Modelo, donde se jugaban las finales para que nos sintiéramos importantes. Me entrevistaron y me fotografiaron para la página trasera de El Universo, la destinaba a los mocosos que soñaban con ser como el Tín Delgado.
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Ese fue mi primer contacto con el periodismo. El comunicador deportivo que me entrevistó, me hizo cuatro preguntas, no las incluyó, e inventó una novela con mi nombre y apellido. Algo así como “Arturo Cervantes, emocionado, no pudo con la emoción y, luego de anotar el gol del triunfo, con lágrimas en los ojos, abrazó a sus padres y les dedicó el gol. Su próximo reto es ser el mejor alumno de su clase (…)”.


No quería ser el mejor de mi clase. Jamás lloré de la emoción. Fue aquel reportero deportivo, que seguramente ahora es un exitoso novelista y camina libre por las calles, sin ningún juicio en su contra por daños a terceros, el que me hizo decepcionar del fútbol y de la prensa ecuatoriana en general. De mi decepción, nació la idea de ser periodista (siempre me sucede lo mismo: como el día en que, siendo aún niño, dije que estudiaría dos profesiones, que sería “arquitecto y barrendero profesional”, desencantado, en plena alcaldía de Bucaram, al ver que Guayaquil era un rompecabezas inacabado y que olía a mercado de mariscos).

Antes, mucho antes de adquirir solvencia testicular y dedicarme a escribir, fui futbolista. De los peores que esta tierra pudo dar. Fue como un primer strike. Luego vendría un segundo intento fallido: fui tenista, en tiempos en que medio Ecuador lo querían ser. La culpa la tenía Nicolás Lapentti, por aterrizar en zona prohibida, dentro del top ten mundial. No sé por qué, pero eso me hizo pensar que yo también lo podría lograr.
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*Revista La U, enero/2011

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martes, 30 de marzo de 2010

El secreto de sus ojos

¿En qué genero encasillarla? Aunque, primeramente, ¿por qué hacerlo? ¿Por qué decir que El secreto de sus ojos es un drama romántico, o una peli policiaca, o una de suspenso? ¿Por que hacerlo?, si la película de Juan José Campanella no es nada de eso por separado. Es todo eso junto, al mismo tiempo, como complementándose.

Posiblemente jamás hubiese llegado a ella si no hubiese ganado un Oscar en la categoría “Mejor película extranjera”. Así de comercial anda el mundo hoy en día. Difícil, sin ese premio, llegar a una película hecha en Argentina, un país al que nunca hay que perderle la vista cinematográfica (¿cómo olvidar los memorables largometrajes gauchos “Sé quién eres” o “Plata quemada”?).

Espósito (interpretado por Ricardo Darín) es un flamante jubilado. Gran parte de su vida la ha pasado frente al escritorio negro de un juzgado penal argentino, revisando papeles, fotografías, intentando hacer justicia en un país donde nunca ha existido esa palabra. A lo largo de su vida profesional ha observado cientos de crímenes. Y ahora, en su vejez, se acaba de obsesionar con uno de ellos. Un crimen sin resolver que intenta plasmarlo en una novela. Una novela, por lo tanto, inconclusa, a la que todavía le falta un final maduro por construir.

El caso que obsesiona a Espósito es el de una mujer violada y, posteriormente, asesinada en la década de los 70. El marido de la victima jamás se recuperó de ese duro golpe que le proporcionó la vida. “Es como si la muerte de la mujer lo hubiese dejado ahí, detenido para siempre”, explica Espósito, quien veinticinco años después se lanza a investigarlo todo para escribirlo todo: en qué situación se encuentra el viudo y sus dos ex-acompañantes judiciales: Pablo Sandoval (quien fuese su asistente) e Irene Menéndez (una mujer de la que aún se encuentra perdidamente enamorado). De hecho, en el fondo, ella es la razón por la cual escribe. Y no sólo eso: Irene es la primera persona que lee el borrador de su proyecto literario. Juntos ejercerán un terrible ejercicio de memoria. Juntos echarán un vistazo a sus irremediables equivocaciones del pasado.

Memorable es la actuación de Guillermo Francella en su papel de Pablo Sandoval (el asistente alcohólico de Espósito). Como memorable, también, es la escena en que Irene (interpretada por la actriz Soledad Villamil) realiza un acertado juego de asociaciones hasta lograr que Isidoro Gómez, acusado como criminal, confiese que, efectivamente, es el asesino y violador que tanto buscaban.

Me quedo con las palabras atemporales de un juez dirigidas a Espósito e Irene: “La justicia es hija del mundo, y esto que esta acá (el terreno judicial) es el mundo. Y mientras ustedes se dedican a cazar pajaritos, nosotros estamos acá peleando en medio de una selva”. Son palabras que pueden ser entendidas en la Argentina y en cualquier parte del mundo. Las leyes siempre han sido –y serán– pisoteadas por los intereses económicos.

Finalmente, con un desenlace nada previsible, con nudos que se desenredan, que se aclaran, con un panorama que se despeja, con un amor inconfesable (o que talvez no lo es), con un final semi-abierto, Espósito termina la novela que pensó jamás terminaría.

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sábado, 16 de enero de 2010

Hablas demasiado





Miguel Morales, portovejense de veintidós años. No le hace honor a su apellido. Vive en Quito. Es soltero. Le gusta el rock y el cine. Más por capricho de sus padres que por gusto personal, estudió Finanzas en la Universidad San Francisco de Quito. Terminó sus estudios muy a lo ecuatoriano: con las justas, arrastrando materias, repitiéndolas, adorando a un dios llamado Mediocridad. El día de la graduación se acerca; sus padres, provenientes de Portoviejo, se acercan también, pero a Quito, a vivir su día soñado, el día en que entregarán -en papel de regalo- un nuevo profesional a un país necesitado de ellos.

Miguel no sabe qué hacer con su vida. Lo tiene todo. O, al menos, todo lo que un chico clase media-alta y mantenido podría necesitar: carro, departamento, título universitario, trabajo en una exitosa empresa familiar. Pero Miguel no sabe qué hacer con su vida. Mientras lo descubre, mientras intenta encontrarle un sentido a su existencia, vive sus días a punta de Club Verdes, vaciando botellas de vodka, ingiriendo alguna cosa que lo haga sentir mejor y tirando a placer. ( "A ver. Tengo que respirar. Inhalo. Exhalo. Inhalo. Exhalo. Estoy happy, bien happy. Una botella entre dos, y a capela, no es cualquier cosa").
Nada del otro mundo. Nada que una buena dosis de Finalín no pueda solucionar. Detesta su carrera, ser el “orgullo” de su familia, tener que “ser alguien”. (“En esta vida todos tenemos que hacer algo, que ser alguien, está en el contrato, escrito con las letras chiquititas que nunca leemos y que están ahí para estafarnos”). Pronto todo cambiará, pronto tomará una decisión radical.



En rigor, Clara es su cómplice. La persona con la que hace planes futuros y la que lo ayudará a concretar lo que tiene en mente; la que hará real el bosquejo que Miguel hizo en su cabeza. Juntos intentarán hacer posible lo imposible.


Quien ha leído las crónicas de Juan Fernando Andrade en SoHo o en Diners, o sus dos libros de cuentos, o sus artículos de opinión, o sus críticas de cine, sabe a qué atenerse cuando se topa, frente a frente, con algo que lleva su firma. Sabe que, lo más probable, es que se deleitará con su prosa desenfadada, que se encontrará con decenas de referencias cinéfilas y rockeras, que se tropezará con un ser que grita y, en efecto, y en hora buena para sus lectores, que “habla demasiado”. Se trata de un narrador, crítico de cine y periodista que escribe con garra y desde adentro. Desde Quito, desde la mitad del mundo y, como lo dice el escritor chileno Alberto Fuguet, “desde su territorio”. Hablas Demasiado, su primera novela, es una obra escrita con una pluma que recibe órdenes; órdenes de un escritor que sabe lo que hace y que aprovecha su oficio para vengarse de todo.



"Domingo por la noche, madrugada del lunes. Ninguna promesa. No soy ese man que todos los domingos se promete hacer abdominales, conseguir pelada, dejar de chupar o chupar menos, despertarse temprano y hacerse menos pajas por semana. Compré seis cervezas en el camino entre la casa de Juliana y mi departamento. Pongo la K de Kula Shaker y me pongo a saltar en plan air guitar y a mecer la frondosa melena que no tengo y a cantar a toda madre para un público que no existe, y me adora".



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viernes, 25 de diciembre de 2009

Érase una vez el amor pero tuve que matarlo



Te levantas de la cama, luego de hacer caso omiso a los tres primeros llamados de tu alarma. Te alistas para ir a la universidad. Te das cuenta que tu reloj tiene deseos de llevarte la contra. Te apresuras. Es lunes, muy pocas cosas buenas ocurren un día como ese, por lo que consideras un logro el solo hecho de haber llegado a tiempo a tu clase de Literatura Contemporánea. Tu profesora entra al aula, anda con buen ánimo. Casi de improvisto, la escuchas hablar de una novela a la que califica como “desgarradora” y “pequeña joya”. Consume toda la hora introduciendo datos del autor, algo del contexto histórico y pequeños abrebocas sobre la trama. De repente, tu maestra cambia su rostro efusivo y amenaza con un control de lectura para la siguiente clase. La dosis suministrada surge el efecto deseado: luego de terminada la hora, corres -en el sentido literal de la palabra- a una librería a comprar Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, del escritor colombiano Efraim Medina Reyes. Lees las primeras páginas, el estilo experimental de la novela te atrae. Sigues leyendo: mientras caminas, mientras comes papas fritas y das sorbos a una Coca Cola en lata, mientras vas al baño, mientras alimentas a tu perro, mientras agarras de la mano a tu pelada. Cuando te detienes, cuando dejas de leer, te das cuenta que ya es demasiado tarde: has desgastado, en menos de un día y casi de un tirón, toda la novela.


Rep ama a cierta chica. Ella, a su vez, no lo ama y por eso terminó casándose con un tipo de contextura similar a un flan: juntos tuvieron flancitos. Rep juega fútbol playero y anota goles. Muchos goles. Excepto cuando cierta chica lo ve. Tiene sexo con muchas mujeres, pero eso no lo hace olvidar a cierta chica. Rep bebe hasta perder el conocimiento; fuma marihuana hasta desprenderse totalmente del mundo en el que vive: lo hace pensando en cierta chica.


Érase una vez el amor pero tuve que matarlo se nutre de rabia. Esta novela está compuesta por historias que bien podrían ser leídas por separado. La razón es simple: están escritas a manera de diario y son sucesos que suceden en fechas que distan, en ocasiones, por más de diez años. Sin embargo, Medina Reyes ha sabido cómo conjugarlo todo para tratar temas propios de toda urbanidad. Y de toda juventud: sexo, alcohol, amor y drogas. De ahí que esta, su última novela urbana, tenga mucho de esos temas ineludibles.



Efraim Medina Reyes, escritor nacido en Cartagena de Indias en 1967



Pero también tiene mucho de rock. De hecho, resulta imposible entender Érase una vez el amor pero tuve que matarlo sin echar un vistazo a la contracultura de los roqueros (en el libro se cuentan historias paralelas de dos ex músicos: Kurt Cobain, ex-vocalista de Nirvana; y Sid Vicious, ex-bajista de Sex Pistols. De personalidades controversiales, por supuesto, como todo en el libro).


Esta obra de Medina Reyes está escrito de una manera experimental, con un lenguaje poco trabajado pero directo y de una manera que siempre despertará polémica. De su literatura, inclusive, se ha dicho que es una “urbanidad de carroña”. Cierto o no, lo único seguro de Érase una vez el amor pero tuve que matarlo es que no está hecho para ser un clásico de la literatura; ni su autor para ser un candidato al Premio Nobel. A Medina Reyes parece no importarle cuánto lo carcoma la crítica por sus imperfecciones narrativas que él tanto defiende. Imperfecciones que, sin embargo, muestran de una manera terriblemente cierta la realidad circundante. La realidad que todos conocemos pero que otros quieren obviar porque no es "digna" de la literatura. Medina Reyes es de los pocos escritores que todavía piensan en la literatura como acto catártico. Y yo de los pocos lectores que aún piensan en los libros como acto hedonista.


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viernes, 11 de diciembre de 2009

Record buitre

Poseo un record digno de sacar pecho: la mayor cantidad de multas vehiculares en el menor tiempo posible. Lo que pasa es que no he tenido tiempo para registrarlo en los Record Guinness. Pero a ver qué alcance puede tener ahora que lo expongo en este blog.

Martes 3 de noviembre del año que ya mismo expira. Guayaquil, Ecuador. Mi carro rodaba a una velocidad permitida, a 60 km/h, en la Av. del Bombero, cerca del Centro Comercial Riocentro Los Ceibos, al norte de la ciudad. La radio había sido encendida antes de que el auto ruede, como corresponde; Andrés Calamaro sonaba a un volumen prudente. El retrovisor estaba a una altura que no podía ser más precisa para mi 1:70 de estatura. Las dos manos en el volante, en posición “2:50 am/pm”, tal como me enseñaron en la escuela de conducción Aneta. El asiento, a veinte centímetros de los pedales, como rezan los manuales de conducción. Ningún acompañante con quien conversar, con quien distraerme. Los vidrios cerrados, para que no entren los pitos de una ciudad que, seguramente, encabeza la lista mundial de más pitos/minuto. Aire a full para hacerle caso a los estudios científicos (“el calor produce serios despistes al manejar, aumento del tiempo de reacción, cansancio prematuro y hasta agresividad”). Mirada al frente. Cuerpo recto. Todo bien. Muy bien. Hasta que sonó el celular, el cual es, en parte, el culpable de esta historia.

Era mi hermana, mi querida hermana. Quería que la recoja en Riocentro. “Yo estoy al frente de Riocentro”, le dije, feliz de la coincidencia. “Ya voy, en un minuto estoy ahí, cuenta hasta sesenta, uno, dos, oh, no, espera... ¡Diablos!”. Un vigilante que, ¡lo juro!, tenía cara de buitre, me detuvo.

Pero no estoy hablando en sentido figurado. Tampoco estoy haciendo eco a una denominación que los guayaquileños le han dado a todos los vigilantes de la Comisión de Tránsito del Guayas. Estoy siendo literal: el tipo tenía un cuello larguísimo, una papada que se le caía y unos hombros que estaban más elevados de lo humanamente normal. El buitre (DRAE: Persona que se ceba en la desgracia de otro), me comunicó el motivo por el cual me había detenido, por si acaso se me ocurría pensar que era para darme los buenos días: “Usted acaba de cometer una infracción: no se puede hablar por teléfono mientras se conduce”. Por la misma razón por la que nunca regateo, decidí que tampoco depositaría billetes debajo de la libreta con la que, diariamente, hace negocios: soy malísimo para hacerlo. ¿El resultado? Contravención leve de segundo grado, cuarenta dólares americanos y tres puntos menos de los pocos que le quedan a mi licencia. Le di las gracias, me despedí cortésmente, como si fuese un conocido de años, y puse en marcha el carro. Eché una mirada al retrovisor para, por última vez, observarlo: juraría que lo vi elevarse del pavimento.

Ahora es preciso sacar el cronómetro. Avancé un poco y detuve el carro donde mi hermana estaba parada, en los exteriores del centro comercial, en un lugar prohibido. Al hacerlo, corché el ritmo de un carro que, para hacer más dramático el asunto, se quedó detrás del mío (a pesar de que podía rebasarme). El orejudo que lo manejaba me pitó varias veces, con talento guayaquileño. Aunque era conciente de que era él quien tenía la razón –y no yo-, le saqué un dedo que me estorbaba. Todo por la violenta forma en que utilizó su pito y su boca. Finalmente, le grité la profesión de su madre (creo que acerté), y me fui.

Todo el espectáculo había sido presenciado por otro señor buitre, que se encontraba a menos de media cuadra de la escena, y que yo ignoraba. El vigilante estiró todos los dedos de su mano, y eso, en lenguaje-buitre, significa “detén el carro que tengo hambre”. No había pasado más de un minuto y medio desde la anterior infracción. Ahora sí, con la experiencia adquirida, intenté sobornarlo: mi última salida, la única opción que tenía para evitar una nueva multa, nuevos cuarenta dólares (u ochenta yankees en menos de dos minutos). Pero mi intento de soborno fue torpe. Los expertos en el arte del soborno recomiendan dibujar un cuatro con la mano derecha, y sostener el dinero con el pulgar, de manera que apunte al piso. También, dicen, se debe dar la cantidad, no preguntarla. Yo lancé una pregunta ingenua: “¿Cuánto quiere?”

-No quiero nada. Además, ya llené la cita.

En ese momento alcé los brazos al cielo y pedí compasión.

PD: Agradezco a mi queridísima hermana, a los dos buitres hambrientos que se cruzaron por mi camino, a mi celular Nokia a prueba de agua, a mi carácter traicionero y a mi eficiencia para atender celulares mientras manejo: sin todos esos recursos/talentos, jamás lo hubiese logrado.

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jueves, 12 de noviembre de 2009

Más abrazos que cine

Para comenzar, debo advertir que esta película no es ni la sombra, en cuanto a contenido, de filmes grandiosos que Pedro Almodóvar ha creado (como las modélicas ‘Hable con ella’ o ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’). Tres años después de su última película -la sensacional ‘Volver’- el cineasta español regresa con una obra melodramática que narra la historia de Mateo Blanco, un director de cine que pierde sus dos activos más valiosos: primero, su vista, y, luego, a su querida novia. O viceversa. O al mismo tiempo, eso es lo de menos.

Existe un recurso muy propio de Almodóvar usado en ‘Los abrazos rotos’: el de contar una historia dentro de otra. Novedoso, no; eficaz, sí porque sirve para que Mateo (interpretado por Lluís Homar) cuente su turbulento pasado. Con esta técnica se produce un ir y venir de dos tiempos que están separados por más de una década. Dos tiempos, cabe recalcar, que quedan muy explícitos ya que, a diferencia de uno de los anteriores filmes del director español, ‘La mala educación’, en donde se juega de una manera magistralmente confusa con el pasado y el presente, en esta película no existe espacio para dudas de ese tipo.

En ese pasado aparece, en un papel poco sobresaliente, la recientemente ganadora del Oscar por su participación en ‘Vicky Cristina Barcelona’, Penélope Cruz. La actriz española interpreta a Lena, una joven de un status social bajo que, sin embargo, logra conquistar la clase alta madrileña gracias a su penosa relación con un empresario exitoso. Lo que no logra es ser feliz. Pero todo cambia cuando se ofrece para trabajar en una película que Mateo Blanco pretende rodar.
“La energía de Elena es bastante diferente a la mía”, confesó Penélope Cruz, en una rueda de presa, cuando se le preguntó sobre su posible similitud con Lena. No era necesario que lo diga: es evidente. Pese al gran interés que posiblemente genere esta película, por el retorno a la pantalla grande de la dupla española de cine más reconocida del momento (Almodóvar-Cruz), es lamentable tener que informar que tanta confianza que el director manchego ha depositado en su “musa” predilecta (dándole papeles tan poco congruentes con su personalidad), es, en esta ocasión, mal retribuida. En ‘Los abrazos rotos’, Cruz está lejos, muy lejos, de ser la Raimunda de ‘Volver’, aquella que estuvo nominada a los Oscar pero que, por razones que sólo la Academia de Hollywood comprende, no pudo ganar.


El protagonismo, no cabe ninguna duda, lo lleva Lluís Homar, pero él, talvez por verse incapaz de compenetrarse con el personaje que interpreta, o por la tibieza del guión y del argumento, tampoco logra un papel memorable. Su drama jamás logra ser transmitido al espectador, y su resignación -ante su ceguera y ante la muerte de Lena- es poco convincente. Existe un acierto digno de resaltar: la presencia del empresario inescrupuloso (interpretado por el reconocido actor José Luis Gómez) que funciona muy bien en su papel de antihéroe para esta historia de amor tan deslucida. Hay referencias a diversos clásicos del cine, como para justificar lo dicho por Almodóvar para definir a ‘Los abrazos rotos’: “Esa película es mi declaración de amor al cine”.

Con todo, el hecho de que la película lleve la firma de Almodóvar (y de su “amante sin los placeres del sexo”) resulta suficiente para que ‘Los abrazos rotos’ no conozca el fracaso taquillero. Y, talvez, para que logre alguna nominación en los cada vez menos confiables premios de la Academia. Almodóvar le ha entregado mucho al cine, por lo que una película que pretende ser sentimentalista, pero que no logra serlo, no puede deslucir la carrera de un cineasta tan prolífico. ¿O sí?


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domingo, 25 de octubre de 2009

Fougères: “La fe no se vende en el Supermaxi” (I parte)

Pudo haber escogido Managua (Nicaragua) o Izmir (Turquía). Pero no lo hizo: eligió Guayaquil. Llegó con la idea de quedarse tan solo dos años (tenía un trabajo algo nómada, que lo “obligaba” a cambiar de lugar cada 730 días). Hoy, luego de 44 años, se encuentra más aferrado que nunca a esa ciudad porteña a la que considera como suya. “Aquí uno tiene corazonadas, no me explico por qué. Sencillamente fue Guayaquil”, explica Bernard Fougères, un francés que vino al país sin saber hablar castellano pero que a los cinco meses ya daba conferencias sin apuntes.

Hoy domina a tal grado el idioma que puede gozar del privilegio de ser columnista en uno de los diarios más importantes del Ecuador. Cuenta, además, con la experiencia de haber incursionado como conductor y realizador en diversos programas de TV y radio. Su correo electrónico tiene que soportar más de dos mil cartas al año, provenientes de personas que solicitan su orientación (candidatos al suicido, al aborto, al divorcio); sin embargo, por un instante dejó de revisar su e-mail. No para hacer preguntas, sino, para recibirlas.

Arturo Cervantes: Si tuviera la potestad para elegir un personaje (actual o del pasado) para entrevistarlo, ¿a quién sería?
Bernard Fougères: Sería Édith Piaf. Fue el fenómeno más grande de la canción en la Francia del Siglo XX, (estuvo) muy identificada con el pueblo. También a la Madre Teresa, Martin Luther King, Gandhi, J. F. Kennedy…

AC: ¿Qué le preguntaría a Gandhi?
BF: Le preguntaría si el principio de la no violencia era solamente un sueño o si él pensó alguna vez que podría convertirse en la meta de toda una humanidad. ¿La no violencia no es una utopía? Yo me lo sigo preguntando a todo nivel: la violencia doméstica, la violencia racial.

AC: ¿A quién jamás entrevistaría?
BF: Yo entrevistaría a cualquier persona, al mismo Diablo si existiera. No hay mal entrevistado. No hay entrevistado que pueda ser segregado, ni siquiera el peor violador o el peor asesino. Busco la verdad del ser, qué hay de bueno y de malo en cada persona.

AC: ¿Qué aprendió en la entrevista que le hizo al presidente Rafael Correa?
BF: Aprendí muchas cosas: que había sido muy atrevido; que no se puede agarrar por la barbilla a un presidente, por más “Bernard” que se fuera; y que fui un pendejo al hacerlo (al cogerle la barbilla). Fue una entrevista frontal, valiosa, valiente. Rafael respetó mi libertad absoluta de opinión. Pude, después de la entrevista, compartir unas copas de vino con él. A pesar de no estar de acuerdo con ciertas medidas que él ha tomado, he conservado hacia él un gran afecto.

AC: Usted ha dicho (en un artículo publicado en un diario local) que “todos tenemos una misión por cumplir”. ¿Cuál es la suya?
BF: Convertirme en un ser humano para poder entenderlos a todos, para poder meterme en la piel de todos: de los animales, de los árboles, de las plantas. Hago lo que puedo, y es una gota de agua en el mar, un grano de arena en el desierto. Comprenderme a mí mismo, buscar a Dios, leer todo lo que pueda acerca de Él (Dios). …

AC: ¿Quién es Dios para Bernard Fougères?
BF: (Es) la suma de todas las posibilidades. El “dios posible” –como lo llamo yo- es justicia, amor y bondad absoluta… (Dios) es lo absoluto.

AC: ¿Creador?
BF: Probablemente porque no hay otra explicación sino (tan solo) elucubraciones. ¿Cómo nació el mundo? (se pregunta) O nuestra mente es demasiado pequeña para poder entenderlo u optamos (sólo) por la idea de un Dios Creador que lo soluciona todo. Entonces, el círculo está muy cerrado. Los que tienen y viven una fe religiosa, tienen una suerte bárbara.

AC: ¿Quisiera ser creyente?
BF: Por supuesto que sí, pero la fe no se vende en el Supermaxi.

AC: ¿A qué le tiene miedo?
BF: Miedo a no ser aquel que soy, a vivir, a ser cobarde, a llevarme por el qué dirán. Tengo miedo a caminar por la 9 de Octubre con un reconocido homosexual por el temor de que digan que yo también los soy; de hablar con una prostituta callejera porque van a pensar que yo me voy a ir con ella. Eso es cobardía pura.

AC: ¿Qué tan complejo es amar?
BF: Es una cuestión de cada minuto Yo estuve casado cuarenta años, con buenos y malos vientos, con errores, con aciertos; pero fue un tiempo maravilloso. Yo creo en el amor eterno, pero esa eternidad se topa con el hecho de que no somos eternos. Entonces (sólo) un segmente de eternidad es nuestro. Cuando estás en el clímax del amor sientes la sensación de que (el amor) es eterno. El hombre capaz de ser fiel a una mujer toda una vida, es mucho más hombre que cualquier hombre. Es muy fácil ser infiel, es una tentación de todos los días, no es sencillo resistir una tentación.

AC: ¿Usted ha sido fiel?
BF: (Piensa por unos segundos y luego responde): No. Pero tampoco he sido infiel bestialmente (ríe). He tenido sólo una infidelidad muy grave. Curiosamente no fue sexual, lo cuál es más grave aún.

AC: ¿Por qué es más grave aún?
BF: Porque te involucras con todo tu ser afectivamente; mientras la afectividad sexual puede ser un instante de placer, un par de espasmos y no pasa de ahí.

AC: ¿Se arrepiente?
BF: Sí, porque hice sufrir y siempre el peor pecado es lastimar. Yo cedí a un impulso y mi voluntad no logró controlar (el impulso); consecuentemente lastimé, y es quizás la cosa de la que más me arrepiento

*Fotos: Amaury Martínez

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viernes, 16 de octubre de 2009

La mariposa que salió de su escafandra

Título: La Escafandra y la Mariposa
Dirección: Julian Schnabel
País: Francia, EEUU
Duración: 112 minutos
Género: Drama
Año: 2007
Reparto: Emmanuelle Seigner, Max von Sydow, Niels Arestrup, Patrick Chesnais, Anne Consigny, Emma De caunes, Mathieu Amalric, Marina Hands, Marie-josee Croze, Olatz Lopez garmendia, Jean pierre Cassel, Isaach De bankolé

Sinopsis

El redactor y jefe de la revista francesa Elle, Jean-Dominique Bauby, sufre una embolia masiva que lo deja en estado vegetativo. Su ojo izquierdo -único órgano que puede manipular- le sirve para comunicarse con los demás mediante un sistema que se basa en pestañeos. Encerrado en su cuerpo, Bauby creará un nuevo mundo con algo que aún no ha perdido: su imaginación.

Crítica

De entrada, los primerísimos planos hacen notar que algo anda mal: Jean-Dominique Bauby despierta, luego de haber estado dos semanas en coma, y se da cuenta que, despierto, el asunto es más grave aún. Con total lucidez, observa todo su cuerpo inerte. O casi todo, pues su ojo izquierdo lo halla a salvo. Se aferra a su ojo y se salva él también

Un tema tan manoseado en el cine, como lo es el estado vegetativo (“Mar Adentro”, “Johnny cogió su fusil”, etc.), necesita nuevas perspectivas para ser contado. Julian Schnabel lo sabe, y por esa razón, en La Escafandra y la Mariposa, nos cuenta el mismo asunto pero desde una esquina diferente. Schnabel no se limita a aproximarnos al universo de Jean- Dominique Bauby, sino que nos introduce en él. Y ese es, precisamente, el valor agregado de esta película. Ciento doce minutos donde los espectadores vemos el mundo através del ojo izquierdo de Jean-Dominique. En primera instancia, somos únicos testigos de sus pensamientos (una acertada voz en off), los cuales, este periodista francés, está imposibilitado de darlos a conocer por medio del habla, otra facultad de la que se ve impedido. Después, con la ayuda de una muy atractiva terapeuta del lenguaje, Jean-Dominique logra comunicar sus ideas por medio de un sistema en el que se le dictan letras. Él, a su vez, haciendo gala de su total lucidez, pestañea cada vez que se mencione la letra que desea usar. Con mucha práctica, logra formar palabras. Y después oraciones. Y párrafos.
Algo que llama la atención es cómo en esta película no se menciona, ni siquiera por mera casualidad, el término eutanasia. “La muerte sin sufrimiento” –eufemismo usado por la medicina- simplemente no tiene cabida en este film. Él mensaje, que no peca de explícito, va por otro lado: sin caer en el sentimentalismo extremo, La Escafandra y la Mariposa cuenta la historia de un tipo que se aferra a la única facultad que aún dispone para, de esa manera, vivir (si es que así se le puede llamar al hecho de depender, todo el tiempo, de una máquina para respirar).

Jean- Dominique, en primera instancia, se lamenta por su desgracia. Sin embargo, después termina aceptándola. Esta aceptación, empero, no evitará que de vez en cuando “regrese” a su pasado donde le era posible manipular su cuerpo (acertados flashbacks que le dan movimiento a la película). Así mismo, le resultará imposible evitar recordar el momento trágico de su accidente.

El director trabaja un personaje que, con una mente lúcida, una imaginación que García Márquez posiblemente envidie y un ojo izquierdo muy sano, logra más de lo que un humano, que disponga de todas sus facultades, podría. Jean-Dominique consigue salir de su escalafandra (como acertadamente llama a su estado vegetativo) y, cual oruga cansada por el solo hecho de serlo, se convierte en mariposa. Y vuela, vuela, vuela…

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jueves, 1 de octubre de 2009

La Metamorfosis


Poco antes de su muerte, Franz Kafka le encargó a su mejor amigo -Max Brod- destruir todas sus novelas y cuentos (incluida La Metamorfosis). Brod no le hizo caso, y, más bien, se empeñó en publicar todo lo que Kafka pensaba no era digno de ello. Hoy en día más de un lector agradece la desobediencia a uno de los escritores más grandes del Siglo XX.

A Kafka le apasionaba el acto de escribir, no de publicar. Poco le importaba la fama literaria, lo suyo era una práctica sin destinatario final. Cuando terminaba un texto, se sentía inseguro, le entraban dudas y hasta ganas de romper lo que había producido. Sin embargo, eso, al menos en primera instancia, no ocurrió cuando finalizó La Metamorfosis, su novela más celebrada.

Franz Kafka amó, odió y, finalmente, se reconcilió con su novela La Metamorfosis. Y la volvió a amar. Todo con la misma intensidad. Primero se enamoró de ella y, por eso, no tardó en ir a la casa de su amigo Max para, con un entusiasmo desenfrenado, leerla ante la presencia de algunos invitados. Sin embargo, no tardó en ser víctima de un sinnúmero de dudas que le hicieron sentir una total aversión hacia su obra. Algunos meses después, la volvió a querer; hasta se encargó de buscarle una editorial que estuviese a la altura de su novela.

La Metamorfosis cuenta la espantosa transformación de Gregorio Samsa en insecto gigante. A pesar de que el tema central de la novela pertenece a la ficción, Kafka logra hacer verosímil todo aquello que narra. La razón es simple: se identifica con el personaje.

Franz Kafka fue un desarraigado social y cultural. De pequeño, vivió la pobreza en carne propia pues su padre era un humilde vendedor ambulante. De grande, fue el mismo progenitor el que, con mucho esfuerzo, conquistó la clase alta de Praga (ciudad donde vivió Kafka). Su hijo, sin embargo, jamás se integró a su nuevo status ya que eso implicaba, además, ser parte de la muy cerrada cultura germana. Kafka era judío, pero tampoco se identificó con esa raza ni mostró actitudes sionistas. Toda esa hibridación –tanto cultural como social- hizo que Kafka formara una personalidad independiente, solitaria y que se sintiera extraño ante el mundo, tanto como se podría sentir un insecto inmerso en un universo, mayoritariamente, habitado por humanos.

La identificación con un bicho fue la manera más eficaz que encontró Kafka para transmitir lo raro que se sentía frente al mundo que le tocó vivir. En otras obras, el escritor checo intentó, con seres excéntricos –monos, perros, ratones- aproximarse a una personalidad que se le asemeje. Pero con ninguna logró transmitir de forma tan convincente la transformación de un hecho que, escrito con otra pluma, jamás hubiese podido provocar tantas sensaciones. Nadie como Kafka para describir el despertar de Gregorio Samsa y observar que lo que, hasta hace poco, era un cuerpo humano dejó de serlo para convertirse en un ser con patas y antenas lastimosamente delgadas. Esa situación planteada –la metamorfosis- tendrá un desarrollo asfixiante (la desesperación de Gregorio Samsa ante esa realidad) y un final que no podría ser más cerrado y preciso.

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La Banda nos Visita

Ocho árabe-parlantes llegan a Israel y, aunque resulte extraño, no vienen con el deseo de volarle los tuétanos al primer civil que se cruce por su camino. Todo lo contrario: su visita es parte de un acuerdo protocolario que, al parecer, busca hacer menos sangrienta la convivencia entre la cultura árabe e israelí. Vienen a brindar un concierto de música clásica.

Al llegar al aeropuerto notan que, contrario a lo acordado, nadie los recibe. Deciden coger un bus que los dirija a la ciudad del concierto. Pero se equivocan y, en su lugar, se dirigen a un desierto en donde a duras penas habitan personas que puedan hacerles recaer en su error. No hay hotel, no hay buses, no hay cultura musical pero sí una atractiva chica que les brinda ayuda, más de lo que esta banda podría necesitar.

Hasta aquí nada diferente a cualquier enredo hollywoodense. Pero esta no es una película de Hollywood, tampoco de gran presupuesto ni destinado a un gran público. De hecho, por algunas semanas pasó por nuestros cines sin hacer el menor ruido. El argumento es sencillo. No fue eso lo que permitió que La Banda nos Visita pueda pasearse por el festival de Cannes o Munich (por solo citar algunos de los tantos festivales por los que deambuló). La grandeza de este film radica en la capacidad del debutante director, Eran Kolirin, para lograr tantas emociones en 97 minutos (tiempo preciso para una trama que no tiene nada más que ofrecer); y eso lo logra con un tratamiento delicado para cada escena: planos fijos en donde se prioriza la gestualidad de los protagonistas, largos ratos de silencios (incómodos para cualquiera, menos para el espectador) y una caracterización que de tan seria resulta jocosa, sin caer, como corresponde, en el chiste burdo o fácil.

En La Banda nos Visita, el milenario conflicto bélico entre israelíes y árabes, aunque no se lo menciona, es un referente histórico inevitable. Existe un choque de culturas. Sin embargo, Kolirin muestra personajes que, a pesar de las diferencias, logran una relación no sólo manejable sino amena. Es como si nos quisiese decir que la paz, aunque los titulares de todos los días nos digan lo contrario, es posible, incluso entre dos culturas que pelean con armas su derecho a tener la Tierra Santa.

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