Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

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sábado, 25 de diciembre de 2010

Mirely Barzola: la Mama Noela ecuatoriana

Al final de esta historia, alguien acaricia las piernas de Mirely. Le alza con delicadeza el vestido y pasea sus manos debajo de ese traje de tigresa que tan bien le calza. Pero eso sucede al final de esta historia navideña, que ahora está por empezar.

Estamos en el hotel-boutique “Mansión del Río”, en el barrio Las Peñas de Guayaquil. Mirely (24) fue citada a este lugar, único en su especie en la ciudad, para una sesión fotográfica navideña con todas las de ley. El concepto “hotel-botique” viene de Francia y ostenta un principio extrañamente ambicioso: poseer pocos dormitorios para brindar una atención personalizada. Fiel a aquel apartado, este sitio tan sólo tiene siete habitaciones. Es el único hospedaje instalado en el sector más antiguo y cotizado de Guayaquil. Es el único que se da el lujo de mirar cara a cara, sin temor, al nada temible Río Guayas.

Rodeada de estatuas de mármol, sillas forradas con piel de tigrillo, consolas que datan del siglo IXX y pinturas en lienzo en todas las paredes, la presentadora farandulera de “En Corto” y “La Plena” de Teleamazonas, derrocha sensualidad con cualquiera de sus poses fabricadas.

-¿De qué personaje navideño te has disfrazado?- le pregunto mientras maquillan sus pupilas que están ligeramente levantadas

-De Mama Noela- responde con una inocencia peligrosa en una estrella de televisión.

No es necesario esforzarse para imaginársela con un traje rojo de tela velluda y tupida. Con un cinturón negro y brillante, como su cabello, que apriete su cintura. Y con un gorro navideño de punta encorvada para completar el sexy-kit. Todo entallado, todo hecho a la medida. Lo hizo hace dos años: se puso un vestido rojizo y escotado en una fiesta navideña que tenía como invitados de honor a niños contagiados con el VIH.

El acto fue parte de las actividades de la fundación “Bellezas por la vida”, establecimiento sin fines de lucro que saca pecho por tener a una mujer de pantalla como presidenta.
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El mundo está hecho de contradicciones. Muchos años antes, de niña, en su época escolar, Mirely se disfrazó de la Virgen María en unas de las tradicionales posadas del colegio católico en el que se graduó. El mismo cuerpo que a sus 23 años apareció en SoHo totalmente descobijado, natural, como Dios lo envió al mundo, en aquella ocasión se cubrió de santidad. Con un vestido largo, color blanco pureza y una túnica que envolvía su cabeza, simuló estar embarazada y tener en su vientre al mismísimo niño Jesús.



Mirelly fue la primera ecuatoriana en aparecer totalmente desnuda en SoHo (Ecuador).


La tricampeona en certámenes internacionales de belleza, justamente por esa capacidad demoledora para ganar torneos en los que se mide su hermosura, en una ocasión pasó una nochebuena en el extranjero, a años luz de su familia en la única noche del año en que, casi por obligación, todos debemos pasar con nuestras familias.

Era diciembre del 2007 y se encontraba en Cali, una ciudad que es algo así como una fábrica de bellezas, participando en un torneo con nombre empalagoso: la Reina Mundial de la Caña de Azúcar. La noche del 24 de ese mes festivo la encontró en el país del norte, compitiendo por ser la más bella en la capital mundial de la belleza. Cenó con sus oponentes e hizo las llamadas de rigor a sus parientes. Ella mismo se encargó de obsequiarles el mejor de los regalos navideños, cinco días después, cuando llegó al Ecuador con un nuevo título de “nobleza”. Un año antes ya había ganado el Miss West Indies (en el Caribe) y el Miss Tourism World (en Inglaterra).

Es normal que Mirely conserve una dieta estricta. Que sus días transcurran en un gimnasio. Que observe a los carbohidratos y alimentos bañados en grasa como quien observa al diablo. Que los evite. Es normal todo eso, es parte de su día a día. Pero en noche buena, olvida sus rutinas ordinarias y come a la velocidad de una máquina trituradora. Pavo, arroz navideño y vino en grandes porciones. Uvas y chocolates suizos, sus aperitivos preferidos.


De manera tradicional, la cena navideña la comparte con su familia, pero daría lo que fuera por pasarla con el sex-symbol del cine, Johnny Deep. Y le importaría un rábano que a su novio, un ser al que prefiere conservar en el anonimato y que es cinco años mayor a ella, le dé un ataque de celos. Sí, desafortunados lectores de esta revista, siento decepcionarlos pero esta coleccionista de coronas tiene una relación formal.

La sesión de fotos continúa. “Estás calientita, eh. Es que estás contorsionándote todo el tiempo”, le dice el encargado de peinarla mientras explora su piel. Mirely lleva su cabello recogido a los lados. Le acaban de retocar sus labios que están ligeramente abiertos. Sus párpados están azulados por el maquillaje y está a punto de probarse un nuevo vestuario, el cuarto de la noche, uno negruzco con manchas beich que, además, tiene pedrería y un tul.

-Trata de mostrar el escote de la espalda- le sugiere el fotógrafo

-¿Así?- pregunta Mireli mientras arquea su cuerpo como si se tratase de plastilina.

-Eso, ahí, no te muevas, no respires, ahí, ahí. ¡Perfecto!

En ese momento aparece el maquillador. Rocía un iluminador potente sobre los brazos y piernas de Mirely y lo esparce. Ahora levanta ligeramente su vestido y continúa distribuyendo la mezcla, ahora por sus muslos. La presentadora de TV adquiere una tonalidad bronceada en una noche fría, como ninguna otra, en Guayaquil. No sonríe. No hace muecas. El fotógrafo da por terminada la sesión y abandona el sitio con una sonrisa peligrosamente contagiosa.
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*Revista Caras, diciembre 2010 (portada).

By Arturo Cervantes with 8 comments

viernes, 17 de diciembre de 2010

Brenda González: la muralista sordomuda


La primera vez que vi un mural de Brenda González, no sabía que lo que estaba viendo era un mural de Brenda González. Admiré, así, sin saber el nombre de la autora, las casi tres mil piezas de cerámica al horno, con cientos de espirales y figuras geométricas multicolores, con pequeños espejos que dan la sensación de movimiento, y con luces que, desde aquel día, dieron vida a lo que en el pasado era un desabrido y tradicional paso peatonal de cemento. Mientras manejaba por la Avenida Barcelona, lancé al aire la misma pregunta que todos los guayaquileños, por lo menos una vez en sus vidas, han arrojado: ¿quién es la culpable de la colorida e imponente obra abstracta, ubicada a pocos metros del estadio Monumental de Barcelona?

Brenda parece extraída de una agencia de modelos europea. Es rubia, tiene unos inmensos ojos limones y pecas en los brazos. Soltera y sordomuda en un país no apto para sordomudos: con pocos canales de televisión que ofrecen, en su programación diaria, el universal lenguaje de las señas; con escuelas, colegios y universidades sin la capacitación necesaria para acoger a personas con este tipo de discapacidad; con una Constitución que reconoce el lenguaje de las señas, pero que no impulsa su educación. Si uno nace sordomudo en el tercer mundo (región que posee el 80% de sordomudos del planeta), tiene todas las de perder.

Nunca ha querido tener un maestro. Lo suyo es el arte por el arte: coger el pincel y pintar lo que su espíritu le sugiera. Una autodidacta por excelencia. Alguna vez, sin embargo, cuando recién estaba dando sus primeros pasos en el arte de pintar sin hablar, sus hermanas (quienes llevan su imagen artística) le colocaron un profesor de arte para “pulir su técnica”. El profesional abandonó cabizbajo la casa de Brenda, por la puerta trasera, casi a patadas, luego de intentar -sin éxito- plagiar el estilo de su alumna predilecta.


Tampoco ha querido aprender el universal lenguaje de señas. Ella prefiere expresarse en sus cuadros, la mayoría de ellos, caracterizados por gozar de una gama eterna de colores. El arco iris completo. El círculo cromático en vivo y en directo. Si sus cuadros hablaran por ella, dirían que Brenda es feliz.

El momento cumbre de su carrera ocurrió en el 2007, cuando el alcalde que ostenta el bigote más grande del Ecuador, Jaime Nebot, visitó la casa de Brenda y le solicitó fabricar un mural en el puente peatonal de la Avenida Barcelona, luego de quedar maravillado en una de sus exposiciones de arte. El diseño final estuvo listo algunos meses después, e inmediatamente se autorizó a un muralista del Cabildo para que comience con la obra. La única que ha permitido masificar el arte de Brenda, la misma que provoca diariamente más de un rostro que, en lenguaje emoticón, sería el de una boca ovalada. Rostros boquiabiertos provocados por el pecado de transitar por la zona donde la plantilla de jugadores de Barcelona tiene su morada.

El mural fue construido con cerámica. Ese fue uno de los pedidos de Brenda: que no se utilice nada de pintura, pues quería evitar la naturaleza efímera de ese material. Su exigencia tuvo un precio digerible: 75 mil dólares y 150 días de trabajo artesanal. Nada más, nada menos.
Finalmente, el 30 de agosto de 2007, el mismo alcalde Nebot fue el encargado de inaugurar oficialmente la obra. Hasta ahora son diez años que el Municipio se ha dedicado a vestir, artísticamente, decenas de viaductos guayaquileños. Y esa fue la primera ocasión en que le confió a una talentosa artista sordomuda una de sus tareas municipales.


En el futuro, Brenda tiene pensado decorar el paso a desnivel ubicado a la entrada a Samborondón, donde reside en un departamento con vista al centro comercial Riocentro Entre Ríos. Por ahora, la idea sigue cristalizada en una foto ficticia: un hermoso dibujo abstracto y azulado que con ayuda virtual fue colocado sobre lo que, en la vida real, aún es cemento. Una pared natural nada coqueta que podría dejar de serlo en caso de que el proyecto de Brenda se concrete.



Su casa es, además, su galería-estudio. El lugar donde Brenda reposa su mano mágica, la hace funcionar para crear algo nuevo y recibe a sus clientes-fans. Ahí se concretan las ventas, le dicen: ` ¡Qué hermoso cuadro!´, `Qué maravilla de textura´, `Perfecta combinación de colores´, y luego, encima, le pagan por los halagos. No tiene una rutina de trabajo. Pinta cuando le da la gana. Y eso, en términos de tiempo, puede ser en la madrugada o al amanecer. Uno, dos y hasta tres cuadros al mismo tiempo. No tiene ninguna influencia artística. No asiste a exposiciones. Sospecha que eso podría embarrar su talento artístico tan innato.

Los cuadros de Brenda no tienen títulos. No le interesa titular sus obras, encerrar el significado de su arte con un nombre, limitar las interpretaciones de sus trabajos. Prefiere la pluralidad de reflexiones en torno a todo lo que hace.

Excepto el único mural que ha hecho, el único que lleva su firma, el ubicado en la Av. Barcelona. A esa obra artística tituló: “Guayaquil de fiesta”. Y uno, luego de enterarse de esa denominación, no puede evitar preguntarse por qué le dio a toda una ciudad un título que representa, más biensu forma de afrontar la vida. Y de pintarla.

*Revista Caras, julio/2010

By Arturo Cervantes with 3 comments

jueves, 18 de febrero de 2010

Paredes: "La realidad puede superar a la ficción"

Ruth Handler –creadora de la universalmente conocida Barbie- ignora que en Ecuador existe una versión humanizada de su célebre invento. Y que su nombre es María Alejandra Paredes Orejuela. Y que sus ojos son color ambarino con pigmentos grises. Y que tiene un cutis casi perfecto, labios rosados y cabello castaño claro y lacio. Y que de niña quiso ser actriz; y que ahora, a sus 26 años, esa etiqueta se antepone a su nombre.

La casa de María Alejandra –donde la entrevisté- es amplia y tiene una piscina con medidas semiolímplicas. Tiene como vecinos a un jardín de infantes, que decora sus instalaciones con todos los colores que le regala el círculo cromático, y a muchas casas disímiles. A pocas cuadras se encuentran una cevichería y una gasolinera. Una puerta exterior -grande, de metal y de color verde militar- funciona como vía de acceso obligado al hogar.

Busco, sin éxito, el timbre de la casa. Decido hacerlo artesanalmente: golpeando con mis nudillos la puerta metálica. Nadie responde. Llamo al celular de María Alejandra. Ella envía inmediatamente a su empleada doméstica, quien me recibe y me hace pasar a un banco de madera situado a orillas de la piscina. La encargada de los trabajos domésticos se retira; Alejandra viene, me saluda muy cortésmente y al instante se va. La empleada de la casa retorna con una bandeja que contiene dos sánduches calientes y un par de limonadas. La empleada se vuelve a ir. Alejandra regresa. La entrevista comienza.


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Alejandra –o “Alejita”, como la llama su mamá- sabe que es gracias a su tía Gesta Paredes que hoy en día gran parte de su tiempo lo pasa sobre las tablas. Cuando tenía 6 años la llevó a un taller de teatro del Banco Central. A las pocas semanas Alejita ya protagonizaba la obra final, ante la mirada atónita de sus padres, quienes, hasta entonces, ignoraban que habían procreado un talento artístico. “Era (sobre) una niña que andaba con unas flores. Una historia infantil. Me pusieron ahí (en el escenario) y yo me acuerdo que hablaba y hablaba todo el tiempo. No me acuerdo cómo se llamaba (la obra); pero lo que sí sé es que desde ahí me encanta el teatro”.


Su infancia y su adolescencia transcurrieron con relativa tranquilidad y felicidad. Dado que para Alejandra, estos dos últimos estados del alma sólo son posibles de lograrlos con el teatro, ella siguió inmersa en ese arte escénico. Por esa época, asistió al taller teatral de Roxana Varas, donde protagonizó la obra “Alicia en el País de las Maravillas”. También trabajó con el dramaturgo Antonio Santos en las obras “Se nos muere el amor” (de la autoría de Santos) y en “Goteras” (de José Martínez Queirolo). Todas sus actividades teatrales las alternó con sus cursos de natación y de ballet. Pero al teatro, al menos en su adolescencia, nunca traicionó. Después ingresó a los talleres de Actuación en Arteamérica, dirigido por el director Alejandro Pinto. Y siguió haciendo teatro. Y siguió feliz hasta que se graduó -en un colegio guayaquileño y religioso (La Asunción)- y se vio obligada a decidir entre el teatro y algo, económicamente, menos mezquino. Decidió asegurar su futuro económico: dejó el teatro.


María Alejandra ingresó a la ESPOL a estudiar Diseño y lo intentó. Intentó que le agrede esa carrera y dominar sus manos. Pero no lo logró. “Me mandaban a dibujar –de un día para el otro- como cien posturas diferentes de manos; me mandaban a que haga planos, figuras geométricas. Hice el preuniversitario, lo pasé, pero nunca me gustó el diseño”.


Siguió. Entró a la UEES a estudiar Comunicación Social; luego, ingresó a la misma carrera pero en el ITV. Por ese tiempo, esta guayaquileña trabajó, aunque en condición de practicante, en la Revista Hogar. “Yo hice prácticas en (la revista) Hogar, con Gaby (Gálvez). Ella me veía que yo estaba inquieta, o sea, que yo hacía mis cosas, escribía, ayudaba pero que no me gustaba. Un día me dijo: `Sabes qué, Alejandra, ya no tienes por qué venir. No vengas. ¿Por qué no te dedicas de verdad a la actuación, a lo que te gusta? A ti te gusta, yo sé que eso te gustaría´ Yo le dije que sí. No le dije nada (más), le agradecí, me despedí de todo el mundo y me fui. Y, mira, después de un tiempo, ya la Gaby me ha ido a ver a algunas obras, hice una obra en su casa –El Amante-, ¿cómo es la vida, no?”


Desde ese momento, María Alejandra decidió dedicarse a la actuación. Inclusive el destino jugó de su lado: en el ITV, donde hasta entonces estudiaba Comunicación Social, se abrió la carrera Actuación y Dirección Escénica. “Voy a intentarlo”, se dijo. Y lo intentó: homologó algunas materias de Comunicación y entró a la carrera que siempre supo debía estudiar. ¡Bingo! Alejandra terminó su profesión. Mientras tanto, su carrera actoral iba en ascenso.


En esa época universitaria, Alejandra actuó en muchas actividades en las que se requería su capacidad histriónica: series televisivas, comerciales de TV, cine. Inclusive, incursionó en el modelaje. Pero al teatro, acaso su primer amor, lo había olvidado. Hasta que Gestus –grupo de teatro guayaquileño- rescató a María Alejandra, y con ello, un talento nacional. “Yo lo conocí a Virgilio (Valero, director de Gestus) hace mucho tiempo. Virgilio trabajaba en Ecuavisa y a mí me invitaron a hacer unos comerciales. Ahí nos conocimos, él me dirigió, y nos fue excelente. Después nos volvimos a ver en El hombre de la casa. En esa serie, yo me hice amiga también de Azucena (Mora). Los tres (Azucena, Virgilio y ella) andábamos de arriba para abajo, conversábamos, salíamos a comer. Era una cosa que no nos podíamos separar. Después Virgilio me invitó al grupo. Yo le había dicho a Virgilio: `Virgilio, cuando tú quieras hacer teatro, y creas que yo puedo estar, avísame´. Yo a Virgilio le debo eso, porque él creyó en mí y pude retomar a las tablas gracias a él y su grupo. Un día él me dijo: “Vamos a hacer `Contigo Pan y Cebolla´. Tú eres “Lalita”; Azucena es “Lala”, la mamá; y yo soy Anselmo, el papá” Desde ahí nos fuimos de largo.


Alejandra Paredes junto al grupo Gestus en la obra "Pervertimento"


Contigo Pan y Cebolla -del dramaturgo cubano Héctor Quintero- fue el debut de Alejandra en Gestus. En esa obra hizo el papel de “Lalita”, una joven que no tiene mayores aspiraciones y que sólo sueña con casarse para largarse de su humilde casa. Después vino Pervertimento, una obra muy densa, en donde se critica al teatro y a sus gestores. “Yo la pasé muy mal porque al comienzo no entendía la obra. A Pervertimento no le puedes dar mucha vuelta porque, o si no, no la entiendes. Y eso me estaba pasando, como actriz, me estaba confundiendo mucho tratando de entenderlo todo, cuando debería haber analizado directamente lo que estaba ahí en el texto. Como es cargadísimo de símbolos, tú mismo le das el matiz a lo que quieres decir”.


Algo extraño sucede con Alejandra en estos días. Sus noches ya no son tan placenteras, le es difícil conciliar el sueño. Recientemente se levantó y lo primero que pensó fue: “Dios mío, ¿actué bien el domingo?” A pesar de que los aplausos fueron efusivos, y que luego de la función recibió decenas de felicitaciones, a María Alejandra le perturba la posibilidad de que la obra que recientemente protagonizó –denominada El Amante (del Premio Nobel Harold Pinter)- no haya salido del todo perfecta. “No sé por qué siento eso. Creo que ya son cosas personales, de cada quien”.


La obra El Amante ha sido ubicada, por la crítica, dentro de la corriente de lo Absurdo. Sin embargo, para Alejandra, todo es posible en la realidad y, por esa razón, las acciones que se observan en la obra de Pinter podrían suceder. “La realidad supera a la ficción, supera a cualquier cosa que uno pueda imaginarse. En la realidad todo se puede dar, y en las relaciones de parejas también porque son dos personas que llegan a un acuerdo, son dos personas que se conocen tanto que pueden llegar a decírselo todo. Talvez no haya problema que (eso que se dicen) pueda ser terrible o favorable. Todo es según como ellos lo quieran vivir. Yo no puedo juzgar a ninguna pareja, yo no puedo juzgar los comportamientos porque eso no me compete. En realidad lo que nosotros expusimos en El Amante es una obra un poco densa, un poco fuerte porque marca y hace resaltar todos los parámetros que la sociedad tiene: la mujer de la casa, el hombre que se va a trabajar. Lo más curioso aquí es que cuando el amante (Alejandro Fajardo) la visita a ella (Alejandra Paredes), se pelean. Supuestamente la relación con un amante debería ser la mejor, pero acá no. Acá todo se transgrede, todo se lo invierte. Es más, nos llevamos mejor como marido o mujer que como amantes, pero tenemos que tener este juego del amante, o este cambio de roles ya que son muy necesarios”.


Alejandra Paredes junto con el actor Alejandro Fajardo, en la obra "El amante"


Cree que el teatro ecuatoriano está en pleno auge y que existen muchas ganas del público por ver buen teatro. Para esta joven guayaquileña la comedia es una opción pero no la única. “Tengo amigas y amigos que me dicen: `hay qué chévere, me voy al teatro, me voy a ir a reír.´ El teatro no es solamente comedia. Tú les puedes enseñar al público otras cosas, tú les puedes dar mucho más que eso”


Alejandra –quien sueña con algún día ser una chica Almodóvar- no ignora el hecho de que aún existan dificultades para que el teatro ecuatoriano pueda alcanzar un auténtico desarrollo. “Los teatros tienen una nueva política. Es difícil alquilar una sala de teatro porque resulta caro. (Los teatros) te cobran precios que van de acuerdo a la taquilla. Según cuánta gente vaya tú tienes que pagarles un extra aparte del alquiler por día”.


Toda la trayectoria de María Alejandra, fácilmente, podría caber en el curriculum vitae de una persona que bordea el medio siglo de vida. Ella vive deprisa pues es conciente de que la vida pueda durar menos de lo que tardó en enfriarse los dos sanduches que siguen vírgenes sobre la bandeja. O menos aún de lo que ella se tardó en conquistar al teatro, que es su Ken, su único amor, su todo.


*Crónica escrita el 4 de agosto de 2009


By Arturo Cervantes with 4 comments