Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

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viernes, 6 de mayo de 2011

Creciendo en Gracia: Dios gobierna la tierra

“¡Ya regresó! ¡El Señor está aquí! Murió, resucitó, se volvió a ir y ahora está aquí, de regreso”.
Voz en off que precede a las prédicas de José Luis de Jesús Miranda



Jesucristo es puertorriqueño. Tiene diez fornidos guardaespaldas bajo su poder. Es propietario de Telegracia, un canal de televisión. Vive en una mansión en el sector “Sugar Land”, en Houston, Texas. Cuando viaja en avión, toma asiento en primera clase y pide un whisky escocés. Se pasea por restaurantes, hoteles y casinos lujosos de todo el mundo.

Es, por así decirlo, la versión capitalista y postmodernista del Jesús carpintero de veinte siglos atrás, el que montaba asnos, calzaba sandalias y buscaba cimas altas para predicar. Éste, el nuevo, el que dice que ha regresado y se hace llamar José Luis de Jesús Miranda, viste saco y corbata, carga un Rolex en su muñeca izquierda y transmite su mensaje , vía satélite, todos los domingos en cientos de iglesias de 30 naciones diferentes. Sobretodo de países de habla hispana que simpatizan con su acento de boricua radicado en EEUU. Por cierto, dentro de la lista se encuentra Ecuador. En 1992 se fundó una iglesia en Guayaquil, como todas, denominada “Creciendo en Gracia: el Gobierno de Dios en la tierra”. Actualmente cuenta con más de 500 seguidores en esta ciudad porteña.



***



En rigor, los que han sido marcados con el “666” ya son salvos. Por eso Dean García, de 9 años, previo al consentimiento de sus padres, se dejó marcar debajo de su hombro izquierdo. Esta mañana dominguera exhibe su sello con orgullo peregrino. Estoy en la iglesia ubicada en Clemente Ballén, entre Av. Del Ejército y García Moreno, en el centro de la ciudad.

El sector es conocido por ser un auténtico festín delictivo: muchos de los carros que se estacionan por ahí pagan cara su ingenuidad y son desmembrados. Más adelante, a pocas cuadras, se ofrecen todo tipo de repuestos automotrices en una calle famosa por ofrecer todo tipo de repuestos automotrices. Y a un precio negociable. Si no tienen el repuesto que está buscando, se lo consiguen.

Las puertas exteriores de la iglesia son de vidrio y poseen unas películas oscuras que impiden ver su interior. Se puede apreciar, eso sí, el logo circular de Creciendo en Gracia, con un águila en el medio y los tres “6” que simbolizan a este grupo religioso. El auditorio es largo como una salchicha. Posee dos pisos. En el de abajo, el principal, los adultos se congregan. En el de arriba, los niños, ajenos a todo el escándalo de abajo, a los gritos, a la música chichera, a los bailes, a los videos proyectados, realizan manualidades infantiles con conteZnido religioso.

Algunos de ellos ya están marcados.

Como Dean (9), por ejemplo.

-¿Por qué decidiste sellar tu brazo?

-Mi mami me dijo que eso estaba bien.

-¿Lloraste?

Dean lanza una sonrisa tímida, encoje sus hombros, hace muecas muy propias de quien se aproxima a rebelar un pecado que lo avergüenza, y luego responde con tono pueril: “Sí, lloré. Me dolió mucho”.





Hoy han venido veintiún niños. Han sido separados en dos grupos. En el primero están los comprendidos entre los 2 y los 7 años. En el segundo, infantes de 8 años en adelante.

El tema del día es “El conteo regresivo”. Adepto a Creciendo en Gracia que se respete, ha colgado en su nevera el calendario que cuenta los días para el final (junio de 2012), cuando todo esto que hoy conocemos como tierra se acabará y el cuerpo de José Luis de Jesús Miranda y el de todos sus seguidores marcados se transformarán: se volverán inmortales e incorruptibles. “El Gobierno de Dios en la tierra”, justamente, es eso: Jesús Miranda al poder y todos los demás, los que no hemos sido marcados, seremos sus súbditos. Los que sí lo han hecho, gobernarán con él aquí en la tierra. Una tierra que, según sus promesas, será perfecta: los animales deambularan libremente, no habrá corrupción ni maldad ni enfermedades.
. Así que, ese contenido denso, cargado de simbolismos, capaz de provocar muchos dolores de cabeza para entenderlo del todo, a los niños se les inculca con ingenuos ejercicios de kínder.

Sentada en una silla celeste, Diana, de tres años, colorea o, más bien, garabatea un reloj que simboliza el conteo y que incluye los tres “666”.

-Pinte, mi amor, pinte el “666”- le dice su instructora anciana, de cabello desteñido y orejas alargadas.

Diana obedece y luego, al final, le enseña orgullosa su obra de arte de niña de jardín.




***



Se anuncia la llegada de José Luis de Jesús Miranda en la pantalla. Todos los peregrinos adultos, en un acto automático, se colocan de pié, como si fuesen alumnos de secundaria que se preparan para recibir al único profesor que respetan.

-¡Ya regresó! ¡El señor está aquí! Murió, resucito, se volvió a ir y ahora está
aquí, de regreso-
anuncia una voz en off que, como todas las voces en off, ninguno de nosotros vemos, pero sí sentimos omnipresente tono.

Y de repente aparece el Apóstol. El Padre. El Jesucristo Hombre (JH). El Dios. José Luis de Jesús Miranda. Un primer plano sobre su rostro deja ver sus rasgos más sobresalientes: cejas delgadas poco masculinas y cachetes inflados. Está pasado de peso, al parecer, por llevar una dieta muy a la americana. Observa fijamente a la cámara y, acto seguido, lanza un saludo similar al dado por los militares: dos de sus dedos chocan en su frente.





Sólo basta verlo en la pantalla para que sus seguidores se retuercen, den vueltas, griten “Haba Padre” (Aleluya Padre), “¡Ya llegó!”, “¡Aquí está!”. Y eso, así, a ese ritmo, con la misma intensidad, todos los domingos, a las 10h00, en este mismo lugar.
. José Luis de Jesús Miranda al ataque, sentado en un sillón acolchonado.“Digan: ‘Hoy es un buen día’

-Hoy es un buen día-
repite todo su rebaño guayaquileño sentado en sillas plásticas incómodas.

Hasta hace dos años, José Luis de Jesús Miranda se daba el trabajo de visitar a todos sus seguidores y ganar adeptos. A Ecuador vino en seis ocasiones. En esos viajes conquistó, según Diógenes Barros, líder principal de esta iglesia en Guayaquil y evangélico retirado, alrededor de 6000 cabezas ecuatorianas. Actualmente existen iglesias en Quito, Otavalo, Machala, Esmeraldas, Durán, Portoviejo, Manta, Ambato, Quevedo y en otras quince localidades ecuatorianas.

Hoy en día, Jesucristo Hombre se ha refugiado en esta globalización que lo puede todo y predica desde la comodidad de su sede en Houston. 287 radios en todo el mundo transmiten sus prédicas y el canal del cual es propietario, Telegracia, se encarga de repartir sus palabras domingueras pre-grabadas. Sólo él y nadie más que él está autorizado para predicar.

No existe una estadística certera de cuántos fieles tiene en el mundo. Pero recientemente, en un viaje por Honduras, él mismo se atrevió a lanzar un número: 100 000. Y si lo dice dios, por algo ha de ser. Lo dijo en una rueda de prensa en la que sacó de su bolsillo el mismo discurso que lleva a todos lados: que el Vaticano es una farsa, que no existe el pecado ni el infierno ni Satanás ni los milagros ni los santos. “Advertí en la Biblia que vendría como ladrón en la noche y llegué como ladrón en la noche”, suele repetir a menudo.




***



Oficialmente, el encargado de realizar los tatuajes en Guayaquil es Richard Quimí. Ante él se han recostado más de 80 cuerpos, ofreciendo sus espaldas, brazos, manos, frentes, pechos y hasta sus nalgas para ser marcadas con los tres “6” (“El sello de la prosperidad y la seguridad”) o con el “SSS” (Salvo Siempre Salvo) o, simplemente, con el rostro humano de su dios. Tiene 25 años y estudió en el colegio Bellas Artes, donde aprendió a dibujar.

Todo eso me lo cuenta en pleno culto, mientras Jesucristo Hombre predica. Richard está sentado a mi lado izquierdo. Frente a nosotros, una chica con trenzas exhibe su espalda descubierta y tan sólo adornada con dos tatuajes: un pequeño “666” irregular y el célebre símbolo Play Boy que habla de su pasado, seguramente, no religioso.






Llegó la hora del baile. Esto es reggaetón. Y del sucio. Pasos fuertes, rápidos, izquierda y derecha, hasta abajo, con todo. La iglesia entera se mueve a un solo ritmo, como si todo esto fuese un guión cinematográfico preparado con mucha anticipación.

“Jesucristo Hombre en la tierra está/ Diablo, muerte y pecado no existen más/Con bandera de gracia el mundo gobernará”, se escucha con un “flow” potente y rimado.
. Tanto movimiento provoca que el sombrero de campo de un hombre relleno, caiga. En él lleva impresa las siglas JH y los tres “666” color rosado. Su vestimenta es blanca de pies a cabezas. Camisa blanca, pantalón blanco, sombrero blanco. Se trata de Ramón Conformes (51), oriundo de Paján, Manabí, tierra agrícola por excelencia.

Luego viene la despedida del dios hecho hombre, el Cristo que, por tener algunos juicios en su contra y dedos que lo señalan como Anticristo, últimamente permanece escondido y tan sólo se deja ver en la pantalla. Con sus anteojos puestos que acreditan sus próximamente 64 años de vida -el 22 de abril de este año, fecha en la que sus seguidores celebrarán lo que para ellos es una suerte de navidad- lee los últimos versículos de esta mañana y luego sentencia: “Los declaro santos, reinando en vida. ¡Hasta una próxima reunión!”. La cámara lo sorprende llevándose un pañuelo blanco a la nariz. Dios amaneció con gripe.

*Crónica publicada en la revista Diners, edición #348, mayo/2011. Fotos: Amaury Martínez.

By Arturo Cervantes with 6 comments

jueves, 3 de febrero de 2011

Juan Pablo Meneses, el periodista portátil


Estuvo en el mítico campo de guerra vietnamita, disparando un fusil AK 47 y escribiendo su experiencia. Lo mismo hizo cuando participó en una película porno de Ron Jeremy, en New York. También navegó una semana en un barco Greenpeace, con un grupo de enfermos ecologistas que arriesgan su vida con tal de salvar ballenas, y hasta se animó a correr en la mortal carrera con toros de San Fermín.

El periodismo, para él, es una excusa para recorrer el mundo e incomodar su ritmo cardiaco.

El día en que la Policía Nacional se apropió del país, el chileno Meneses estaba en Guayaquil. Dictaba un taller de crónicas periodísticas en la Universidad Católica, cuando, de repente, una orden institucional lo obligó a él y a quienes lo acompañaban a refugiarse en una sala de profesores. Delincuentes armados habían ingresado a la universidad para asaltarla.

Afuera, la ciudad lucía como el dormitorio de un adolescente desordenado. Algo me dijo que ese era el ambiente ideal para conversar con alguien como él, que, a sus 41 años, todavía vive su vida con intensidad, como si se tratase de la mejor de las ficciones.


Han sido 14 años ininterrumpidos de viajes. En los últimos tres meses estuviste en Argentina, Chile, Brasil, Colombia, Perú, Uruguay y ahora estás acá, en Ecuador. ¿Hasta cuándo, Juan Pablo, hasta cuándo?
La verdad, no sé. Es una vida que ya la decidí y que no voy a poder cambiarla ni con un trabajo a tiempo completo, en una oficina. Hoy por hoy todo requiere de viajes, de dormir en hoteles y estar en contacto con personas de distintas nacionalidades. En ese sentido, lo que yo hago y denomino “Periodismo Portátil” es sólo una reacción a una demanda actual.

Periodismo Portátil es eso: viajar por el mundo para contar historias reales. Un periodista portátil utiliza cualquier cyber del planeta como oficina. Luego ofrece lo escrito a distintos editores de revistas internacionales para que publiquen sus historias.

¿Y no te cansas de viajar?
Sí, me canso. Pero cuando trabajaba en una oficina, con horario fijo, con saco y corbata, con el mismo jefe y los mismos compañeros todos los días, me cansaba muchísimo más.

A los 27 años maté mi anterior vida de oficinista. Hice una apuesta al todo o nada: compré una Compaq E 500 y una cámara digital y me fui de Santiago sin destino fijo. Mi objetivo parecía extraído de un cuento de aventuras: viajar y contar historias por el mundo. Mi familia me decía que la iba a pasar muy mal. Fue el riesgo más grande que he tomado en mi vida. Y pudo no haber funcionado.

Y ahora, que publicas en prestigiosas revistas internacionales, que tienes cuatro libros escritos, que das conferencias por el mundo, ¿eres el orgullo de la familia?
No, yo siempre fui a la oveja negra. Imagínate que tengo un hermano economista que se graduó en Harvard, él, en verdad, es la estrella de la familia. De todas formas, sí provoqué un cambio considerablemente en una familia muy tradicional, de trabajo fijo, con una tradición de oficina. Y ahora mis sobrinos que me leen en revistas, y que ven que viajo, cuando les pregunto qué quieren ser de grandes, me dicen que quieren ser escritores, guitarristas de una banda de rock, pintores u otros oficios más independientes.


¿Hace cuánto que no regresas a Chile, tu país natal?
Regreso esporádicamente, pero nunca me quedo más de dos semanas. Eso desde hace 14 años. Siempre me he sentido extranjero, inclusive, en mi propio país.


Entonces, ¿cuál es la nacionalidad de un periodista portátil?

Yo no creo en las nacionalidades, no poseo ninguna. Soy un ciudadano portátil. O, como dijo Dante en La Divina Comedia, “mi patria es el mundo en general”. Siempre me he sentido extranjero. Y cuando digo “extranjero” quiero decir que todo lo veo desde afuera. Me parece que eso, para los que nos dedicamos a escribir, es saludable. En el fondo, uno tiene ese ADN.

¿Cómo ves la vida en los hoteles?

Los hoteles son sitios de oportunidades. Yo de pequeño los veía con admiración: ahí sólo entraban personas importantes, que sabían hablar muchos idiomas. Ahora, que noto que se han convertido en mis hogares, me doy cuenta de que nunca voy a poder salir de ellos. La vida de hotel es como la de un drogadicto o la de un inmigrante: quieres, pero no puedes.

¿Has perdido la noción de dónde te encuentras: te levantas en la mañana y no sabes dónde rayos estás?

Sí, y es algo terrible. El otro día me sucedió eso en Cândido Godói (Brasil), un pueblo que es considerado la capital mundial de los gemelos. Fui a escribir esa historia para la revista SoHo y me desubiqué, me perdí, no sabía dónde estaba. Sólo un día antes había estado en Lima, presentando mi último libro.

En otra ocasión, estaba dando una conferencia de periodismo en un auditorio de La Paz y me despedí con un: “Gracias, colombianos, por haberme recibido”. Venía de Colombia y aún no había asimilado el cambio de territorio. Yo pensaba que eso sólo le ocurría a Julio Iglesias.

Pero eso se lo aprovecha. Cuando todo está en caos, como ahora con este intento de Golpe de Estado en Ecuador, yo sé que me va a ir muy bien porque el periodismo portátil es de sobrevivencia y a esas cosas se les saca partida. Cuando todo está en orden, tranquilo, yo sé que me va a ir pésimo porque no tengo nada que contar.


¿Prefieres, entonces, vivir en peligro?

Sí, porque la máxima del periodismo portátil es sobrevivir escribiendo historias por el mundo. Y las situaciones caóticas me inducen a narrar. Cuando eso ocurre, el papel y la pluma me coquetean.

La palabra “sobrevivir” es muy importante. Yo creo que el periodismo portátil en Latinoamérica podría funcionar muy bien, y yo podría dejar de ser el único que me dedico a esto. Vivimos en un continente de urgencia y aprendemos desde chicos a sobrevivir: aprendemos que los policías se pueden tomar las calles, incendiar llantas y lanzar gases lacrimógenos, pero que, de todas formas, nosotros debemos llegar a casa intactos; conocemos qué esquinas son peligrosas y cuáles no; sabemos que no se puede confiar en los extraños. Son barreras por superar, son reglas de supervivencia. Cuando vivía en Barcelona y me dedicaba a este tipo de periodismo freelance, sabía que lo mejor para mi bolsillo sería aprovechar una promoción de dos hamburguesas al precio de una que lanzó Burguer King. Eso no me lo enseñó nadie. Se trata de tener ingenio para, literalmente, sobrevivir y no morir de hambre.


¿En qué otras ocasiones has mostrado tu instinto de supervivencia?

Las veces que, ejerciendo este oficio, me han asaltado y apuntado con un arma. O cuando recibí amenazas de un grupo de ultravegetarianos argentinos, luego de escribir el libro “La vida de una vaca”, para el cual me compré uno de esos animales y lo maté. Todo para poder explicar la pasión que tienen los argentinos por la carne. O cuando una barra brava de fútbol descubrió que me infiltré en su grupo para escribir sobre ellos. O cuando fui a la Antártida y sentía que mis huesos iban a explotar. Pero, en realidad, mi mayor peligro ha sido el tipo de vida que llevo: pasar de hotel en hotel, de avión en avión y así, todo el tiempo.


Se compró una ternera, la crió por dos años y luego la tiró a la parrilla. Todo para contar la pasión argentina por la carne ("La vida de una vaca", Seix Barral 2007).

¿Sin poder conformar una familia: esposa, hijos?
Es difícil que alguien que viaje tanto logre conformar una familia. Yo no la tengo, soy divorciado y no tengo hijos. Las tres relaciones largas que he tenido han sido con mujeres que han viajado mucho más que yo. Pero ni así nos entendimos (ríe).

¿Te consideras un bicho raro?
Yo no, pero sí me han considerado. Estoy haciendo algo diferente a lo convencional y eso hace que no me aburra. Yo creo que el periodismo está lleno de aburridos, sobretodo los que trabajan con horario fijo en redacción.

¿Sentiste, alguna vez, que tu vida es lo más cercano a una ficción?
Sí. Estar en constante movimiento, de país en país, me lleva a que me pasen muchas cosas. Y yo siento que las vidas de la mayoría de mis seguidores son aburridas. Lo sospecho por el Twitter: me piden que les cuente todo lo que hago. Sus vidas no son lo suficientemente divertidas y por eso me preguntan qué me está pasando. Pero, por otro lado, también me parecen extraordinarios aquellos que tienen una vida en un mismo lugar, con una misma mujer, con un solo trabajo, y que tratan de mantener eso todos los días, con el mismo entusiasmo. Esa es una aventura para la cual todavía no estoy preparado, pero que me encantaría experimentar.
.
¿Cómo te ves a los 70 años?
No tengo idea de qué va a pasar. Quizás en 30 años las historias se cuenten de una manera que ni siquiera imaginamos. Por eso, la esencia del periodismo portátil es contar historias. La forma en que se cuenten puede ser la crónica extensa o, el día de mañana, quién sabe, talvez se lo haga en pequeños caracteres a través del Twiter. O, más adelante, quizás en código morse.
.
De lo que sí estoy seguro es que los diarios, en 30 años, ya habrán entendido lo que yo vengo predicando desde hace mucho tiempo: que tienen que dejar de dar noticias. Los diarios ya no están para dar noticias -para eso está la inmediatez del internet o de la televisión-. Los diarios están para contar historias particulares.
.
Dentro de 30 años, quizás luzca más joven (ríe). En serio: cada año que pasa, si uno sigue haciendo lo que le gusta, no envejece. No quisiera ser un viejo que sólo cuente sus experiencias, lo que alguna vez hizo. Me gustaría seguir con proyectos a los 70 años. Me preocupa, eso sí, que a esa edad ya no pueda viajar.
.
Meneses abandona la universidad. Su próximo desafío es llegar a salvo al hotel donde está hospedado, en el centro de la ciudad. La mayoría de las calles están cerradas. No hay transporte público. Muchos ciudadanos se han estrenado como ladrones. A esta hora, Guayaquil continúa siendo un rompecabezas inacabado.

*Publicado en la revista Diners, febrero/2011, edición #345

By Arturo Cervantes with 1 comment

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Fantoche: un mundo sin libreto

En agosto de 2003, Fantoche organizó el primer Match de improvisación en Ecuador y todos nos preguntábamos qué estaba pasando. Centenares de cejas levantadas y mandíbulas caídas exigíamos una explicación. ¿Teatro? ¿Deporte? El escenario era la pista de patinaje guayaquileña “San Bernardo”. Se colocaron varios graderíos metálicos, y ahí nació otro público teatral. Un público participativo. Un público que, antes de que inicie el Match, cantó su himno paradigmático; que gritó (por el equipo rojo o por el azul); que propuso títulos para que los improvisadores, a partir de ellos, inventen historias; y que, al final del partido, sacó una tarjeta de color para votar por el mejor.

El espectáculo incluía un árbitro –con uniforme de reo, silbato y un cronómetro en su muñeca izquierda- y dos asistentes encargados de hacer respetar el reglamento universal del Match de impro: no se pueden usar chistes, slogans o personajes chichés; las historias deben tener coherencia con los títulos dados por el público o por el juez; se debe respetar el número de jugadores, el tiempo y el estilo dado por el árbitro (historias al estilo de una telenovela mexicana o de una película de acción hollywoodense o de un documental de Discovery, por sólo citar unos cuantos ejemplos); y un etcétera tan exigente como el reglamento oficial de la FIFA.
.
Luego supimos que en otros países ya existía la improvisación. Y que el Match de impro, su formato más deportivo, tenía, inclusive, mundiales. Y que, como toda técnica, la impro también tenía un padre: el canadiense Keith Johnstone. Y que ese papá tenía un “hijo” en Latinoamérica llamado Ricardo Behrens (juez en aquel Match en Guayaquil). Y que fue este último, argentino, quien inyectó en las venas del grupo Fantoche el arte de crear historias sin un libreto.

***

Principios del 2003. Hugo Avilés y Ruth Coello, esposos y fundadores del grupo Fantoche, estaban en Buenos Aires. Caminaban por Corrientes, una calle que siempre huele a teatro. Cargaban un letrero invisible que decía: “Turistas”. De repente vieron otro, visible, que indicaba que esa noche el grupo LPI, dirigido por Ricardo Behrens, presentaría un “Match de impro”.

Entraron con curiosidad guayaquileña y se sorprendieron: un teatro que no era teatro, sino, más bien, un patio diminuto. Actores que no eran actores. O, al menos, no como hasta entonces, pensaban que eran los actores: seres anclados a un texto teatral, con vestuarios para cada personaje, sin la virtud de la espontaneidad. “El libreto es como una camisa de fuerza a la que, lastimosamente, los actores tenemos que estar ceñidos”, me diría, muchos años después, Hugo.

Así que esta pareja teatral, que llevaba 20 años sobre las tablas y ya había saboreado casi todos los géneros teatrales, regresó a Guayaquil con rostro de niño que acaba de descubrir un juego nuevo. Y con una necesidad irrefrenable de contar, a todos sus colegas, la novedad que habían visto en la tierra de Gardel.


Hugo Avilés, fundador del grupo Fantoche

Recién en Ecuador, contactaron a Behrens. Lo invitaron a que dicte talleres de su especialidad en Guayaquil y funde la Liga Ecuatoriana de Improvisación (LEI), pues él era el único autorizado en Latinoamérica para inaugurar ligas de ese tipo. Aceptó. A cambio de una amabilidad económica, claro. De inmediato, Hugo, Ruth y otra integrante del grupo, Raquel Rodríguez, lanzaron una convocatoria dirigida a “actores profesionales y no profesionales que estén interesados en formar un grupo de teatro impro”. La respuesta fue inmediata.

Cuarenta personas, entre esas Karen Mendoza, María Fernanda Gutiérrez, Antonella Rossi y Fabricio Mantilla, se acercaron de manera cautelosa, sin tener muy claro por dónde iba el asunto, y participaron de una pre-selección. Dieciocho afortunados fueron seleccionados para recibir el taller de capacitación con Behrens. Aprendieron destrezas generales de improvisación y las reglas del Match de Impro. El taller culminó con la presentación de aquel histórico Match de improvisación ecuatoriano, formato teatral-deportivo que Fantoche siguió practicando en diferentes escenarios.

Un año después, en el 2004, trajeron a Gustavo Miranda (director de “Acción impro”), un nombre que sigue sonando fuerte en Colombia, su país de cuna. Su grupo había participado en dos mundiales de improvisación, en Argentina y México. Contaba con una sala ubicada en el barrio más pudiente de Medellín: El Poblado. Con presentaciones todos los fines de semana. Con un público devoto que lo seguía a todos lados. Con un elenco de improvisadores frescos, recién salidos del horno, de la universidad. Con ese perfil auspicioso llegó Gustavo a Guayaquil para enseñarles a crear formatos de improvisación largos.




Después del taller dictado por Gustavo, Fantoche voló muy alto. En el 2005, el grupo organizó el I Festival de Teatro de Improvisación de Guayaquil. Vinieron tres grupos de improvisación foráneos: Acción impro (Colombia), Ketó (Perú) y la LMI (México). Pasaje, estadía y honorarios: cortesía de la casa. Fantoche tan solo tenía tres años en la actividad, pero ya había alcanzado un sueño recurrente en los grupos de improvisación: crear un formato propio. “Zona impro”, una patente que, con éxito, pusieron en escena en ese festival internacional.

Los siguientes años, en cambio, fueron ellos los invitados a festivales en Colombia, Brasil y Chile. Se mezclaron con los pesos pesados de la improvisación: como Impromadrid (España), Lospleimovil (Chile) y Jogando no Quintal (Brasil). Llevaron otro formato de improvisación de su autoría: “Momentos improlongados”. En esos viajes, notaron que las posibilidades de improvisación son ilimitadas (vieron desde impro-danza hasta impro-percusión) y que la mayoría de los grupos latinoamericanos de impro tenían casas de teatro, adecuadas para el caso, en galpones. Se vieron al espejo: ellos aún eran un grupo nómada. Así nació la Casa Fantoche, que tiene serios motivos para justificar su nombre: una cocina con un refrigerador repleto de cervezas, una sala para poner en escena las improvisaciones, un baño y tres cuartos (uno de ellos, con un plasma en el que siempre se exhiben cortometrajes y una pequeña mesa con hojas para jugar Chantón). El público, con cerveza en mano, se sienta en el suelo, en cojines multicolores, pide algún piqueo y observa a pocos centímetros todo el espectáculo.


Uno que vi se llama “Fun fun impro”. Y, en serio, todo es diversión. Vestida con una minifalda y blusa escotada, Katherine Donoso sale con una bandeja y reparte shots de aguardiente. Casi al mismo tiempo ingresan, bailando, tres improvisadores con vestuario colorido: Hugo Avilés, Fabricio Mantilla y Ruth Coello, quienes rebajan sus pechos hasta pasar por un chupete gigante. Por último, Juan José Jaramillo, presentador del espectáculo, entra al escenario con un chaleco blanco y un gigantesco sombrero morado. Lanza un dado gigante, que rueda gracias a las manos en alto de los espectadores. Aquella noche, se detuvo en el número cinco. Y, por eso, jugaron “Abecedario”, que funciona con dos jugadores. Cada uno de ellos debe utilizar -en orden- las letras del alfabeto para cada uno de sus diálogos, y así fabricar una sola historia. El público (compuesto mayoritariamente por estudiantes o profesionales de Diseño o Publicidad) dio el tema: “La PJ (Policía Judicial)”. Hugo y Ruth comenzaron con la letra “P”, y dieron una vuelta magistral a todo el abecedario con una ingeniosa historia de dos presos. El dado siguió rodando. Esta vez, deben jugar “Principio y final”. ¿Cómo inicia la historia?, pregunta el presentador al público. “Dentro de una cartera”, grito. Mi pedido es aceptado. “¿Y cómo termina?”, vuelve a preguntar. “Jugando a las escondidas”, sugiere una pelirroja. “En un bar alternativo”, pide una chica de ojos marrones, casi al mismo tiempo. “Entonces, la historia termina: ‘Jugando a las escondidas en un bar alternativo’. ¡Que comience la impro!”, ordena el presentador. Y la historia sorprende a todos. Dos enanos que roban cosas dentro de la cartera de una gigante. La gigante los descubre y los usa como muñecos: los monta en un coche deportivo de la Barbie y terminan, efectivamente, jugando a las escondidas en un bar gay.

El espectáculo concluye. Los improvisadores se van al camerino, gritan “Mucha mierda”, se visten como personas normales, y regresan donde el desesperado público que los espera, con rostros de groupies, para tomarse fotos y felicitarlos.
.
Todo era perfecto. Quería descubrir qué había detrás de todo esto. Al igual que un maniaco tras la receta de la Coca Cola, yo estaba obsesionado por saber cómo inventaban historias de la nada.


***

Estoy infiltrado en un entrenamiento. Hugo Avilés realiza estiramientos en una esquina de la Casa Fantoche. Llama al grupo para que se acerque. Aparece Ruth Coello, quien acaba de consumir un tabaco en un balcón con vista a las Peñas. Pocos segundos después, Fabricio Mantilla se acerca al mismo tiempo que se despereza y Juan José Jaramillo hace lo mismo, pero con su celular en la mano. Karen Mendoza y María José Jaramillo, las dos restantes integrantes del grupo en la actualidad, no pudieron venir hoy.

Los improvisadores se vendan sus ojos y se quitan los zapatos. Entonces comienzan a caminar ciegos por un espacio reducido y, rara vez, tropiezan. El ejercicio sirve para estimular otros sentidos diferentes al visual. Improvisador que se respete, dicen, “mira” con los oídos, con el cuerpo, con la percepción, con los ojos y con el tacto. Luego se quitan las vendas y siguen caminando en diferentes direcciones.

Hugo da instrucciones para realizar un ejercicio sensorial: sólo uno de los cuatro puede detenerse, sin ponerse de acuerdo. Fabricio es el primero en hacerlo. Los tres restantes continúan caminando. Con esto se busca mejorar la sincronización y la visión periférica, atributos dignos en un jugador de impro.
.
Ahora sí, comienzan a fabricar historias. Hugo les da temas al azar y les ordena colocarse unas máscaras tipo RoboCop, que sirven para restringir la gestualidad de los rostros y poner énfasis en la expresividad del cuerpo. Un improvisador debe dominar su comunicación corporal. Hugo, cual entrenador de fútbol, está en cuclillas y aprueba o rechaza cada una de las actuaciones de sus dirigidos.
.
Por último, se sientan en círculo. Deben realizar una carta oral. Cada improvisador está autorizado a pronunciar una sola palabra y, enseguida, otro debe continuar. El juego sirve para adquirir destrezas narrativas.

La carta, editada, pues la original contenía un atractivo vocabulario malhablado, quedó así: “Ladronzuelo, estoy furioso porque nuevamente me has robado cosas caras. Quiero recuperarlas, así que más te vale que las devuelvas. Espero que las advertencias que te estoy haciendo sean atendidas; caso contrario, enviaré a unos negros para que te violen. Con cariño, Juanjo”. Todo dicho con una fluidez envidiable y con imperceptibles pausas entre turno y turno. “Parece preparado”, les dije sin remordimiento. Luego supe que ese es el mayor halago que puede recibir un improvisador.
.
*Revista Diners, edición #343, diciembre/ 2010

By Arturo Cervantes with 2 comments

domingo, 8 de agosto de 2010

El llanto de las armas de Chimbo


El llanto de las armas de Chimbo
Por Arturo Cervantes

Fotos: Omar Sotomayor

El ambiente armero se siente inclusive antes de llegar. Fernando Jiménez, el taxista que me lleva desde Guaranda hasta Chimbo, elaboraba hasta hace poco revólveres. El trayecto es corto, demora alrededor de veinte minutos. El viaje lo amenizan extensas plantaciones de maíz (con trabajadores vestidos a la altura de la moda indígena), tres moteles de nombres risibles ("Tú y yo", "Sol y Luna" y "Venus, la diosa del amor") una que otra tapicería y mecánica automotriz y numerosas casas rústicas, todas rodeadas por el torrentoso río Chimbo.

Para pisar San José de Chimbo es necesario descender. A pesar de sus considerables 2.500 metros sobre el nivel del mar, el pueblo se encuentra en una hoya, lo que hace necesario que Fernando baje su Chevrolet Corsa amarillo por una cuesta empedrada. Esa casualidad geográfica, me regala una generosa vista del cantón que estoy a punto de conocer. Visto desde arriba, este es un pueblo inacabado. La mayoría de sus construcciones están a medio recorrido: sin enlucir, sin pintar, dejando ver sus costuras, sus enormes ladrillos y fierros que brotan de los pilares que las sostienen, así como sus improvisadas terrazas que, en un futuro, podrían convertirse en pisos adicionales. La mayoría de las casas tienen techos de teja, balcones y chimeneas rústicas.

Camino por las adoquinadas calles de Chimbo. Todos los talleres que visito lucen polvorientos, desolados. Los armeros, sin excepción, se refieren a las armas en pasado. Encienden las luces de sus pequeñas fábricas y cuentan historias que, da la impresión, se encuentra a años luz de distancia.

Bajo con la premura propia de cuando se pisa una calle construida en una pendiente. Aplico, cada tanto, los frenos de mis zapatos para no caer de orejas. No tengo intenciones de detenerme en ningún taller hasta llegar a suelo plano, pero un señor vestido con impecable terno y sombrero negro –que, al verme pasar, seguramente nota mi apariencia forastera- me hace cambiar de opinión: "Yo soy Gilberto Mora, el herrero más viejo de Chimbo. ¿Qué desea?, ¿qué está buscando?", me pregunta con voz debilitada. Gilberto, de 86 años, está sentado en una silla de plástico, a la entrada de su local, observando el poco movimiento exterior.

Hace veinte años, las manos de Gilberto fueron las encargadas de hacer gatillos, tubos, cachas y tambores: piezas indispensables para la fabricación de las armas. Haciendo uso del entonces muy empleado querosín, prendía fuego y, con la ayuda de una lima especial y un taladro, daba vida al hierro. Pero nada de eso queda en su taller. Lo único que permanece es lo adquirido en los grandes almacenes de Guayaquil. A Gilberto Mora también se le ocurrió la grandiosa idea de viajar a esa ciudad porteña para comprar materiales de construcción que no existían en Chimbo. Fue el primer chimbeño que pensó de esa forma.

Pero ahora ya no hace nada de eso. Ahora su taller es un museo de reliquias. Todo lo que en repisas y en vitrinas se exhibe, se quedó en el pasado. Rulimanes de todos los tamaños, inmensas tijeras para cortar alambres, cinceles disímiles, resortes de distintas clases, llantas para máquinas, pistones para carretas. Todo, absolutamente todo, está oxidado y polvoriento. Gilberto se quedó en los tiempos del sucre; lo cual es literal: él sigue cotizando sus productos con esa moneda en desuso. Lo cierto es que ya nadie va a su taller. Hace veinte años que dejó de trabajar. Sus días transcurren con relativa tranquilidad. Permanece, la mayor parte del tiempo, sentado fuera de su negocio ficticio, disfrutando la cómoda vida que le han regalado sus hijos: una empleada que cuida de él y de su esposa, y todo el dinero necesario para la alimentación, vestimenta y salud de ambos.


Gilberto Mora

Continúo. Bajo la cuesta. A pocas cuadras del taller de Gilberto, se encuentra el de Isidro Peña. Con 48 años a cuestas, Isidro recuerda la época en la que a Chimbo llegaban clientes de todo el país para comprar sus cotizadas carabinas de cacería. Las compraban camaroneros para espantar a los animales depredadores de sus criaderos; o simples cazadores de tortolitas, conejos, capibaras, venados, loros y monos.

Isidro pronuncia el código que lo identifica como fabricante de armas: ECO70. Para los armeros, las series de ese tipo equivalían a los números de la cédula de identidad. Ese código, validado por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, era incrustado en las armas fabricadas por Isidro. No es que al Gobierno le importaran mucho los derechos de autor. Lo que se buscaba con esto, más bien, era llevar un control de las armas. Limitar el número de fabricación para los autorizados y que no lo hiciera cualquier erudito sin permiso.

Me retiro de otro taller que -sirvan mis dedos como evidencia- también está bañado en polvo. Me dirijo hacia el barrio Tamban, ubicado en el punto más alto de San José de Chimbo. Esta vez es necesario coger un taxi. Podría ir caminando, pero eso sería un castigo muy despiadado para un costeño que acaba de pisar la región interandina.

Mi objetivo tiene nombre y apellido: Rómulo Sánchez. Desde que llegué a Chimbo, no he dejado de escuchar su nombre. Es, por así decirlo, una leyenda viviente. Es una de las personas a quien se le atribuye la primera escopeta de chimenea de Chimbo. Y es, también, un baúl sobrecargado de recuerdos. Pero esta vez, el abandono se siente mucho más. Nadie responde mis llamados. Así que decido ingresar a las penumbras en las que se encuentra inmerso el taller. Me dirijo hacia una puerta exterior que tiene salida a la casa rústica donde vive Don Rómulo y vuelvo a gritar su nombre, esta vez hasta incluyo su apellido. ¿Quién es?, pregunta la empleada doméstica del señor Sánchez.

Se respira polvo. Se respira historia. Rómulo Sánchez tiene 87 años, habla como el Doctor Chapatín y tiene piel canela. En su taller, además de toda su maquinaria manual (ninguna de sus herramientas de trabajo funciona con electricidad), consta un diploma otorgado en el año 1976 por el Ministerio de Trabajo. En la I Exposición de Artesanías y manualidades del Ecuador, realizada en Quito, una de sus escopetas obtuvo el primer premio. Muchos años más tarde, dándole valor a ese galardón, el entonces presidente de la República del Ecuador, Jaime Roldós Aguilera, prometió llevarlo a Israel para que lo capacitaran en el arte de fabricar armas. Rómulo fue uno de los ecuatorianos que más sufrió cuando supo que el avión en el que viajaba Roldós se estrelló. En ese avión, también murió la ilusión que tenía de pisar suelo extranjero para tecnificar su oficio.

"Yo fui el primer presidente del Gremio de Armeros de Chimbo. Y, durante la presidencia de Guillermo Rodríguez Lara, un intendente que se llamaba José Vaca nos chantajeó diciendo que si no le dábamos 1.000 sucres cada uno (de los 42 miembros del gremio), nos cerraba los talleres", cuenta Rómulo, quien persuadió al grupo que dirigía para que no aceptaran el chantaje del intendente. Éste, como represalia, clausuró todos los talleres, alegando que en Chimbo se fabricaban armas para matar al presidente.

Rómulo Sánchez viajó a Quito, acompañado del entonces presidente del Sindicato de Trabajadores del Guayas, para hablar con el General Rodríguez Lara. Una vez que estuvo ante él, denunció el chantaje. "Pero eso que ustedes fabrican, mata", le reclamó el presidente. "Cierto es, mi General. Pero es para la gallareta, para el montubio", le explicó Sánchez. "A ver, párate allá, trae una pistola, y vas a ver que sí te puedo matar", le retó Rodríguez Lara. Al final, llegaron a un acuerdo: "Mañana anda a las nueve de la mañana al Ministerio de Defensa y retira el permiso para todo tu personal", le dijo el presidente. El sindicalista del Guayas intervino: "Vea, señor presidente, si usted a las nueve no le da el permiso a mi compañero Sánchez, le advierto que somos más de 800 mil trabajadores en todo el Ecuador. Y mañana o pasado podemos estar sobre su palacio. Usted sabe que los monos somos revoltosos".


Rómulo Sánchez

La primera vez que el gobierno retiró los permisos de los armeros de Chimbo, el Ecuador estaba en plena dictadura. La última vez fue en este año.

***
La relación Chimbo-armas comienza en la época de la colonia y termina el 24 de marzo de 2010. En la etapa colonial, los habitantes de esta pequeña ciudad, situada a 14 kilómetros al sur de Guaranda y fundada en 1535, eran los encargados de dar mantenimiento al armamento de los patriotas. "En las Batallas del Camino Real estuvieron nuestros antepasados dando apoyo, reparando los mosquetes y las diferentes armas que se utilizaban en nuestro país", comenta Napoleón Guillén, presidente de la Asociación de Armeros de Chimbo 22 de Abril.

La popularidad herrera de los chimbeños continuó en los siguientes siglos, con la elaboración de herraje para caballos, mulas y burros. Luego vendría la fabricación de armas. Fue, justamente, el tío abuelo de Guillén –Matías Guillén- quien junto a Rómulo Sánchez fabricaron en la década de los 30 la primera escopeta de chimenea de Chimbo. Años más tarde, Napoleón Guillén continuaría con la fama precursora de su familia al crear la primera escopeta repetidora de cinco tiros del país. Para entonces, las armas ya eran uno de los principales ingresos de las familias del pueblo.

Y así fue hasta una nublada mañana del 24 de marzo del presente año, cuando un contundente operativo policial incautó gran parte de las herramientas de trabajo y la mercadería de los armeros de Chimbo. Como era de esperarse, los chimbeños guardaron resistencia y, tras varias medidas de presión -entre las que se incluyó el temporal secuestro del gobernador de la Provincia de Bolívar-, las maquinarias fueron devueltas. Sin embargo, después de aquel día, "la ciudad de Benalcázar" no volvió a ser la misma. Ese fue el último "disparo" del gobierno hacia los armeros, luego de una serie de medidas gubernamentales que terminaron poniendo punto final a su ancestral oficio.

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Primer disparo. Herida de guerra.

Se da el 30 de noviembre de 2007. El artículo 82 de la Ley Reformatoria para la Equidad Tributaria del Ecuador golpea a los armeros de Chimbo. Las "armas de fuego, armas deportivas y municiones", ingresan al grupo de "consumos especiales" y se les da un 300% de arancel.

"Un revolver de $100; más el impuesto del 300%, llegaría a los $400; más el IVA, $448; y más la ganancia, ese revólver costaría $500. ¿Quién nos va a comprar a ese precio tan elevado?", pregunta Guillén.

Segundo disparo. Casi un traumatismo.

Ocurre el 30 de junio de 2009. Los ministros de gobierno, Gustavo Jalkh, y de Defensa Nacional, Javier Ponce, según Acuerdo Interministerial No. 001, disponen la prohibición del porte y la tenencia de toda clase de armas, "exceptuando a las empresas de guardianía y seguridad privada, hasta que la Policía Nacional inicie la expedición de dichos permisos". Con ello, el mercado de los armeros se vio drásticamente limitado. Desde ese día, sus ventas sólo apuntaron a un sector: a las empresas de seguridad.

Los ciudadanos que ya poseían armas, sin embargo, podían optar por la recalificación de su bien, no sin antes someterse a exigentes pruebas que avalaran la regularidad tanto del arma como del portador. "Esta medida va encaminada a crear mayores niveles de seguridad ciudadana. Esto va a facilitar mucho el trabajo de la Policía Nacional", aseguró, por esas fechas, el ministro Jalkh. Sin embargo, Juan Verdesota, especialista en armas, afirma que "Ellos (los del Gobierno) creyeron que prohibiendo esto iban a aminorar la delincuencia. Pero la delincuencia nunca se va a nutrir de armas hechas legalmente. Deben ser duros con el mercado negro, no con el legal. Ahora todo el mercado lo han acaparado los proveedores clandestinos".

Tercer disparo, el letal.

El 24 de marzo de este año, el gobierno ordena un operativo policial. Centenares de uniformados, con cascos y escudos antimotines, con toletes y pistolas, y, algunos de ellos, con perros policías e imponentes caballos, retiraron la mercadería y las herramientas de trabajo de los armeros de Chimbo. Esa misma noche, el Ministerio de Gobierno ordenó que se devuelva todo lo incautado, excepto los permisos para la fabricación y comercialización de las armas.

Casi un mes después, el 23 de abril (el mismo día en que la provincia de Bolívar celebró 126 años de fundación), autoridades gubernamentales llegaron a Chimbo con un supuesto plan para dar trabajo a los armeros desempleados, pero se limitaron a solicitarles la fabricación de mobiliario para algunas oficinas estatales. Aunque no todos los armeros poseen la infraestructura necesaria para realizar dicha tarea, hay algunos que han logrado adaptar sus talleres para poder trabajar en el pedido. Sin embargo, según Napoleón Guillén, este tan sólo serviría para mantenerlos con trabajo por dos meses. El Gobierno ha dicho que pretende ayudar a Chimbo a convertirse en un pueblo metalmecánico. Pero nadie sabe cómo ni cuándo sucederá eso. Sólo se sabe que, mientras tanto, los ex armeros se siguen sumeriendo en un abandono cada vez más evidente.

*Crónica publicada en la edición #339, agosto/2010, de la revista Diners.

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lunes, 24 de mayo de 2010

Francisco Olivares: un ser que acaricia la muerte

Texto: Arturo Cervantes
Fotos: Javier Borja

El que muere, muere. Y, claro está, necesita un ataúd. Pero yo no había muerto. Tampoco tenía intenciones de comprar un féretro y, así, anticiciparme al día en que jale las patas Mi objetivo era netamente periodístico: encontrar al magnate de los ataúdes en Guayaquil. Una especie de Isabel Noboa pero en terreno mortuorio. Cada que entraba a una funeraria guayaquileña recibía la misma respuesta. Aunque con diferentes denominaciones:“Vaya donde Pancho Olivares”, “pase donde el señor Olivares”, “visite a don Francisco Olivares, él es el duro de las cajas para muertos”.


Al igual que casi una veintena de funerarias, la de Francisco Olivares Jama queda a orillas del Hospital Luis Vernaza. Cerca, muy cerca, a la espera de los muertos que, diariamente, entrega el que es considerado uno de los hospitales más antiguos de América del Sur. La Funeraria Olivares tiene 44 años de existencia. Su fundador aún no ha probado los productos que ofrece. Sigue vivo. No ha sido enterrado en cajas de laurel ni de metal ni de plywood. Y eso es raro: la mayoría de los fundadores de los negocios mortuorios aledaños al hospital, ya han muerto y han dejado a sus hijos a cargo de sus lúgubres empresas. En manos de sus herederos, muchas funerarias han quebrado o, según pude constatar, están a punto de quebrar.


Para llegar a la oficina del “Manos frías” Olivares, como algunos lo llaman, primero hay que pasar por el cerro de ataúdes que se ofrecen, que están a la venta. En repisas, una arriba de la otra. Existen dos ambientes bien distinguidos: el espacio donde se exhibe la mercadería -que se encuentra en la parte frontal del local- y la oficina del señor Olivares, ubicada en la parte trasera. Este último, cerrado con paneles de vidrio y con marcos de madera. Al ingresar, la nariz del visitante sufrirá un atentado: la dieta de Francisco incluye diez cigarrillos diarios, de manera que su oficina siempre estará perfumada con nicotina. Cada vez que lo visité inhalé ese perfume que, dicen, es dañino. Siempre: ya sea cuando lo entrevisté de mañana, en la tarde o en la noche. Su negocio, cabe recalcar, está abierto las 24 horas. La razón es simple: los mortales no anotamos en nuestra agenda la fecha y hora en la que moriremos.


La primera vez que vi a Francisco Olivares estaba sentado en su imponente asiento de cuerina negro, revisando papeles, firmándolos. Piel canela, cabeza poco poblada, cabellos que el tiempo ha transformado, de a poco, en blancos y unos pómulos ligeramente caídos. Setenta y cuatro años a cuestas, “bien camuflados”, pensé.


En las paredes de su oficina se exhiben fotos en las que se puede ver a Francisco en diferentes etapas de su vida. Y en diferentes actividades: como diputado alterno en el Congreso Nacional; como agricultor en su hacienda en Juján; como padre cargando en brazos a uno de sus trece hijos.


* * *

Seamos sinceros: nadie planea comprar un ataúd. Esa es la última opción. Primero se reza al Divino Niño, se paga a un chamán, se vive atado a máquinas artificiales de respiración, se ruega al Cristo del Consuelo, y luego, cuando todo eso falla, se compra una caja mortuoria. Así mismo, nadie planea convertirse en un empresario de cajas para muerto. Nadie tiene intenciones de administrar una funeraria, con todo lo que eso implica: tener que ver, todos los días, rostros de desesperación, personas con ojeras y lágrimas en los ojos, y tener que escuchar, siempre, sin excepción, gritos de impotencia, de dolor, palabras de angustia. Ningún niño dice: “Mamá, papá, de grande quiero ser el dueño de una funeraria”. No, eso no sucede, eso nunca ha estado dentro de los planes de nadie. Ni siquiera en los de Francisco Olivares.


Francisco Olivares (segundo de izquierda a derecha) junto a Leonardo Escobar, Julio Coll y León Febres Cordero, en la época en que se desempeñó como diputado alterno, por el partido CFP, durante el gobierno de Febres Cordero.


* * *

Pero sucedió. “Manos frías” Olivares tenía 23 años. En realidad, todavía no era “Manos frías” Olivares, sólo era Francisco. Estaba en un bus, intentando llegar vivo al Hospital Luis Vernaza. Su piel parecía pintada, pintada de color morado. Abría y cerraba la boca con rapidez, como si intentase tragarse el mundo entero, su abdomen se inflaba y desinflaba de forma veloz. Se estaba asfixiando. Todos los tripulantes estaban aterrados. A los pocos minutos, se desmayó. Jaime Pino, un enfermero del hospital y que de casualidad viajaba en el mismo bus, lo cargó sobre su hombro y lo llevó a la sección de Emergencias. Le pusieron oxígeno, le inyectaron Aminofilina y Adrenalina y, después de unos minutos, recuperó el conocimiento. Le salvaron la vida. Una vez más.


En ese instante, Francisco supo que debía tomar alguna decisión radical. Un enfermo de asma en la década de los 60 debía tomar decisiones radicales. Sufría de esa enfermedad desde los 15 años de edad y no era la primera vez que acariciaba la muerte. Al poco tiempo de ese incidente en el bus, decidió que se instalaría en el Hospital. Decidió que viviría ahí, que dormiría ahí, en las bancas de las salas de espera, y, con suerte, y dependiendo de la buena voluntad de terceras personas, hasta podría comer ahí. Lo que no sabía es que, con el tiempo, podría sacar provecho de ese sitio. Atrás quedarían los días de su precaria niñez. Días en los que tenía que vender periódicos, enteros de lotería y bandejas con carnes y pescados.

Pero primero vendrían años muy difíciles. Duros, muy duros. Una vez instalado en el Luis Vernaza, específicamente en la Sala de la Consulta Externa, Francisco observó a su alrededor. Veía enfermos, algunos de ellos con leves recaídas, otros con problemas más serios. Enfermos graves que luego morían. Veía muertos. Los veía a diario: el comerciante de la habitación 14 que se murió de un ataque al corazón; el campesino de la 17, que no resistió a picadura de una culebra; la señora de la 26, que falleció de una pulmonía. Muertos y más muertos que necesitan cajas para ser enterrados.



No fue el primero al que se le ocurrió la idea de ser agente funerario: el oficio ideal para quien no dispone del capital suficiente para abrir una funeraria. En el Luis Vernaza habían ocho jóvenes que se dedicaban a esa actividad. Pero ellos no vivían allí, por lo cual Francisco gozaba de cierta ventaja al ofrecer servicios fúnebres a los familiares de los recién fallecidos. Se trataba de un clan que hacía las de intermediarios entre los dueños de las funerarias y sus posibles clientes. La idea, justamente, era esa: conseguir clientes para las funerarias. Decir “las funerarias”, en la década de los 60, en Guayaquil, suena a muchas. Y eran pocas, muy pocas. De hecho, en esos años, cerca del Luis Vernaza sólo existía un negocio fúnebre: la Funeraria Reyes. Sin embargo, Julio Reyes (+), el dueño, no trabajaba con agentes. Por considerarlos una raza oportunista, el señor Reyes prefería que los clientes tocaran la puerta de su negocio por voluntad propia, sin ayuda de terceros. Pero había otra funeraria. Aunque un poco alejada del hospital, también estaba la Funeraria Alache, ubicada en Chimborazo 920 y Avenida Olmedo. Era manejada por Gustavo Alache. Él sí aceptaba la ayuda de los agentes funerarios, quienes también eran llamados “Los coge muertos”. Él sí necesitaba de Francisco Olivares. Y viceversa.


* * *

Era de madrugada. Llovía salvajemente. Una lluvia de invierno. Todos dormían, menos Francisco. Todos, menos él, se recuperaban de un viaje largo, duro, de seis horas: cinco en un carro station, maltrecho, que parecía que se desbarataba, desde Guayaquil hasta Vinces; y una hora a pie, luchando contra un camino enlodado hasta llegar a un pequeño recinto de la provincia de Manabí. El ataúd, con muerto incluido, había sido cargado por Francisco. Cuando llegaron, como ya era de noche, un familiar del hombre que descansaba en la caja mortuoria les ofreció camas y hamacas para que Francisco y sus acompañantes pasen la noche. Aceptaron la propuesta. Habían pasado algunas horas. Era de madrugada, llovía y todos dormían. Todos, menos Francisco, quien nuevamente estaba morado, asfixiándose, muriéndose en casa ajena. Esta vez no traía consigo las jeringas para inyectarse las medicinas que siempre lo acompañaban. Un residente lo observó, tomó prestado el caballo de un vecino y cabalgó hasta la farmacia más cercana, en un pueblo en el que nada es cercano. Finalmente, trajo las inyecciones y Francisco pudo inyectarse las dos medicinas que cargaba en sus manos. Pasó mal toda la noche. Pero al menos tenía la certeza de que había cumplido a la perfección con la responsabilidad que se le encomendó: el muerto ya estaba en su pueblo natal. Estaba “a salvo”.


Francisco Olivares en una hacienda ubicada en el cantón Simón Bolívar (provincia del Guayas), en uno de sus tantos viajes como “Coge muertos


Al amanecer, el desayuno ya estaba listo. Desayuno para todos. En pleno boom bananero, en la costa, siempre había desayuno para todos. ¿El menú? Un cerro de arroz con pescado frito y patacones; un bolón, grandes rodajas de queso criollo y café. Los dueños de la casa, finalmente, pagaron por el servicio que prestaron los “coge muertos”: ochocientos sucres -en efectivo- y un chancho. “Olivares montó un caballo y se largó con el chancho, que se supone era para todos. ¡Quién sabe dónde estará ese chancho ahorita!”, comenta, entre risas, Miguel Espinoza, uno de los agentes y quien acompañó en esa ocasión a Francisco.


El trato era así: la mitad para los agentes y la otra para el dueño de la funeraria. Por lo general, los agentes viajaban juntos y en esa ocasión, además de Espinoza, Francisco viajó con Santiago Vargas y Juana Minda.

- Siempre se dividían entre todos el dinero, por eso tenían que ir juntos: para ver las ganancias y que no se estafen entre ellos- explica Gustavo Alache, jefe de Francisco en esa época.


En otra ocasión, Francisco Olivares viajaba a Juaneche (provincia de Los Ríos). La tripulación la completaban los agentes “El Brujo” Espinoza y “El Gabo” Ferrusola; Gustavo Alache, un familiar del fallecido y el fallecido. Todos montados en una camioneta Chevrolet, verde oliva, del año 50. El carro se negó a continuar por un camino totalmente enlodado de la vía, y se quedó ahí, parado. No quiso avanzar más. O, más bien, no pudo. Se detuvo bajo una lluvia torrencial. Una lluvia de noche. Nuevamente a caballo. Dos horas de cabalgata hasta llegar al destino final. Incluso los caballos tambaleaban a causa del suelo enlodado, que amenazaba con tragarse todo aquello que se atreviera a pisarlo. Francisco y sus acompañantes pasaron la noche ahí, dándole guerra a miles de mosquitos que habitaban en el sector. En la mañana siguiente les esperaba un pollo entero y mil cien sucres. La mitad para Gustavo Alache y la otra para los “coge muertos”. Esa vez Francisco no escapó con el pollo.


En su época de agente funerario, desde los veinticuatro hasta los veintinueve años, Francisco conoció más sitios que lo que hubiese podido conocer un futbolista pueblerino en toda su carrera deportiva. Olivares dejó muertos en Samborondón, Paján, Quevedo, Balzar, Salinas, Pedro Carbo, Machala, Huaquillas, Esmeraldas, Nobol, Daule, Santa Lucía, y más. La mayoría de viajes, por el mal estado en el que se encontrabanas carreteras nacionales, superaban las cinco horas de recorrido. A ciertos pueblos, como a Samborondón, sólo era posible llegar a través de gabarras. Zarpaba desde el Muelle Cuatro, que quedaba en el actual Auditorio Simón Bolívar (en el Malecón 2000), para cumplir un capricho muy criollo: el del muerto ecuatoriano, que siempre quiere que lo entierren en su tierra natal. Y en una época en la que sólo habían funerarias en las ciudades principales del Ecuador.


Alejandro Romero (sin camisa) es un artesano que fabrica, desde hace 44 años, ataúdes para la Funeraria Olivares.



* * *

En 1966, con 29 años a cuestas, Francisco abrió su primer local, la primera Funeraria Olivares. Y desde ahí no paró hasta llenar toda la ciudad con su apellido. Ese primer local estaba ubicado en las calles Escobedo y Loja. Al poco tiempo lo cerró: “El local era alquilado y el dueño me lo pidió. Entonces me tuve que ir”, cuenta. Comenzó con pocos ataúdes, no más de cinco, y pocos adornos que forman parte de las denominadas “Capillas ardientes”, utilizadas en las velaciones.


Tenía varios agentes, que justamente eran sus amigos cercanos, pero después los hizo marchar.


-Se sentaban en la silla, ponían los pies encima del escritorio. Ferrusola, Espinoza todo ellos, cuando venía un cliente, hacían como si fuesen ellos los dueños de la funeraria. Se cogían la

plata y después no pagaban. Pero siempre cuando Francisco no estaba en el negocio. Olivares les había dado mucha autoridad, mucha

confianza. Él se peleó y los botó. A pesar de que eran sus consentidos, sus amigos- cuenta Gustavo Alache.


Los ingresos que recibió en su flamante funeraria le sirvieron para que, en 1972, viaje a EEUU y se cure totalmente del asma. Actualmente, “El manos frías” Olivares ya no utiliza agentes. Y satisface cualquier exigencia de sus clientes: desde poner salsa, en las carrozas que van camino a los cementerios, para los muertos que en vida disfrutaron de ese ritmo, hasta vender ataúdes exclusivos para las mascotas de Elsa Bucaram.


Tiene mucha destreza para tratar a los familiares de los fallecidos. Con una voz un tanto carrasposa, siempre pronuncia palabras que tranquilizan. “En toda familia siempre hay una persona que está más tranquila. Mi papá siempre habla con esa persona. Él sabe cómo tranquilizarlos, cómo tratarlos. Sabe qué decirles”, dice Viviana Olivares, su hija, quien administra una de las sucursales, ubicada en Durán.


“Mi papá les da a los clientes un trato tan especial, que siempre regresan”, agrega Viviana. Y es cierto, la primera vez que abandoné su funeraria me embargó un pensamiento muy convincente: tarde o temprano, vivo o muerto, tendría que regresar. En efecto, a los pocos días regresé.



*Crónica publicada en la edición 336 de la revista Diners (Ecuador), mayo/2010.

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