Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

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domingo, 17 de julio de 2011

Dos semanas como reportero del Extra

1Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda. He tomado la polémica decisión de laborar, por dos semanas, en el diario más sanguinario del Ecuador y, la verdad, no sé si podré permanecer de pie frente a un cuerpo mutilado, si tendré el valor para entrevistar a familiares que guardan duelo o si lograré mantener los ojos abiertos por madrugadas enteras, en espera de que ocurra una noticia.

Primer día, 08h30. El sol cae en las cabezas como un piano. Me presento en la sala de redacción del diario en Guayaquil. Realizo un inventario rápido del lugar: 28 computadoras, 3 oficinas, un montón de diarios del día, 2 ceniceros de metal, un dispensador de agua, varios posters con las chicas de los “Lunes Sexy” (sus pezones tapados con estrellitas), dos televisores que siempre sintonizan noticieros.


-Para que nada de lo que vas a ver te afecte, debes entender que este es un negocio. El muerto es tu mercadería. La desgracia de otros es nuestra noticia- me dice, a manera de bienvenida, Bryan Hidalgo, joven reportero del Extra.


En teoría, existen tres horarios de trabajo: de 07h00 a 15h00; de 15h00 a 23h00; y de 23h00 a 07h00. En la práctica, los reporteros tenemos una hora de entrada, pero no de salida. Todo depende de qué tan movido se muestre el día. Le pregunto a Henry Holguín, editor general del diario Extra, por el horario con más acción, el menos flojo, y él fabrica una respuesta tan obvia que me siento pendejo: “Los muertos no tienen hora. Se mueren cuando les da la gana”.


Está decido: durante mi no tan breve estadía por este medio impreso tan señalado, tan acusado, pero, aún así, tan vendido, me pasearé por todos los horarios. Inclusive por aquellas horas que la mayoría destina para descansar y otros, algunos bastardos quita-vidas, nuestros “socios”, para bañar de sangre la ciudad. ¿Alguien dijo miedo?


El resto del día permanezco en el diario. No salgo a las calles guayacas, donde las papas siempre queman. Converso con Holguín, colombiano radicado desde hace 48 años en el país y la cabeza principal de este rotativo que salió a la luz en 1974. Aquí todos lo llamamos “Jefe”. Él, en cambio, y en un intento de disimular lo difícil que le resulta memorizar mi nombre, me llamará “SoHo” de aquí en adelante.


De repente ingresa, a la oficina de Holguín (que tiene colgada en su puerta un letrero amenazante que reza: “NO USAR LA COMPUTADORA DEL EDITOR SIN PREVIA AUTORIZACIÓN”) Wilfrido, el diagramador del Extra, un tipo que siempre recibe golpes cariñosos para que acelere su trabajo y no se distraiga en Facebook.


-¿Le tapo las chichis a la man de la portada?- le pregunta Wilfrido a Holguín. Se refiere a una esmeraldeña que aparece con una camiseta mojada (por debajo: sus pezones visiblemente descubiertos) en un frenético carnaval en Quinindé, Esmeraldas.


-No le tape nada. No sea curuchupa- le replica Holguín.


Holguín es, por mucho, el tipo que más sabe de crónica roja en el Ecuador. En Colombia dirigió dos diarios sensacionalistas y está a cargo del Extra desde 1988. El mismo día que asumió el cargo de editor general del diario, el Extra dio un giro de 180 grados. Con él, los muertos saltaron a la primera página; con él, los cuerpos femeninos se destaparon y con él, también, las ventas subieron en un 600%: en sólo dos años, el Extra pasó de vender 17 300 ejemplares diarios a 112 602. Este era un negocio rentable, estaba confirmado.



Por estas fechas, en las que juego a ser cronista rojo, el diario imprime 350 mil periódicos todos los días. Y, lo más importante, los vende como si se tratasen de panes recién salidos del horno. Eso a pesar de que, en los últimos cuatro años, se ha introducido una política editorial más cautelosa, que ya no exhibe cadáveres en un estado muy crudo. El Extra se ha convertido, para la clase baja y media ecuatoriana, en una suerte de desayuno indispensable. “Puede faltar la librita de arroz, pero el Extra nunca”, me comentó el taxista de venida.


2Decir que el Extra es un gran negocio puede ser tan obvio como asegurar que después del día viene la noche. El asunto va mucho más allá: se trata del único diario ecuatoriano que, en plena crisis del papel, no ha disminuido sus ventas. Algunos diarios “serios” del país se han visto obligados a sacar una línea adicional sensacionalista. Actualmente, todos los canales de TV publican noticias de crónica roja y han decidido darle micrófono al pueblo, en los tan señalados noticieros comunitarios. Este es un fenómeno tan masivo como menospreciado.

Todos los medios han adoptado una fórmula segura, en cuanto a resultados económicos: colocar en pantalla a individuos a los que, en vida, nunca se les prestó importancia. Se ha conformado, además, una suerte de tribuna de lamentos en la que los televidentes y lectores ecuatorianos pueden quejarse tanto por la basura que se acumula en su barrio como por el no-pago de pensión del marido irresponsable. Los medios como intermediarios entre el pueblo, los municipios y el Estado.


Llevo cinco días aquí y no he visto ningún muerto. Eso es grave, créanme. Y no solo eso, también es extraño. Sobretodo en Guayaquil, una ciudad que registra un promedio de casi 2 muertes violentas por día.


-Así pasa a veces. Hay temporadas de sequía, brother -me dice un colega rojo-. La cosa, aquí, es por temporadas. Hay temporadas de violaciones, de robos masivos, de crímenes pasionales...
Hasta ahora, me he turnado en el horario de la mañana y en el de la tarde-noche. El recorrido, a bordo de una Toyota Land Cruiser vieja, del 83, con chofer y camarógrafo incluidos, siempre es el mismo: primero nos detenemos en la morgue del norte de Guayaquil y, luego, en la instalaciones de la Policía Judicial (PJ). Ese, cuando no pasa nada interesante en las calles, es una especie de tour-diario-preestablecido-invariable.





En la morgue y en la PJ, la misma pregunta de todos los días a los oficiales que vigilan la entrada: ¿Qué hay de nuevo? Y nunca hay nada de nuevo. O casi nada. Sólo pequeños robos, peleas intrafamiliares, secuestros express, estafas menores. Ningún hecho grave que merezca estar en la portada del diario. Ningún suceso digno de asignarle algo más que un pequeño recuadro en el interior del periódico. Ningún muerto: la materia prima más importante de esta industria sensacionalista.

3Al séptimo día, decido probar suerte en el horario de la madrugada. El más peligroso, de paso. El de mayor adrenalina, por lo tanto. Cronista rojo que se respete, ha pasado noches en vela, pegado a una radio maltrecha que detecta frecuencias de la Policía Nacional, esperando escuchar alguno de los códigos que estos periodistas ya han memorizado, como si se fuesen líneas del Padre Nuestro. Si uno escucha un 512, por ejemplo, eso significa que hay un incendio. Un i69, ocurrió un accidente de tránsito. Un 1245, asalto o robo. Y un 804... la gloria, el cielo, el número capaz de salvar la noche e, inclusive, de resguardar el puesto de trabajo. Cuando uno escucha ese código, significa que alguien acaba de morir.

Son las 02h37. Me acompaña José Morales, el único reportero que labora en este horario en el que uno puede ser testigo del amanecer. Carga unos lentes de miope y un peinado inamovible, a prueba de lluvia. Con su voz de locutor deportivo, le pide al chofer que nos lleve a la PJ. Y esperamos. Eso es lo que uno hace cuando no sucede nada: esperar.


Y encontrarnos con más reporteros de crónica roja de otros medios. Al llegar a la PJ, observo seis camionetas de diferentes canales y periódicos estacionadas. Todos los reporteros y choferes están reunidos en el balde de una Chevrolet Corsa plateada. Se respira un ambiente de camaradería. José me presenta al grupo. Les explica en qué consiste mi fugaz pasantía. Siempre andan juntos y han formado una suerte de escudo: se protegen de cualquier peligro, se apoyan brindándose información. Nadie busca la exclusiva. El que intenta conseguirla, es llamado “Come-solito” y marginado para siempre del grupo.

El resto de horas ociosas estos reporteros colorados las matan contándome historias de muertos: que sí, que recién vieron un cadáver que tenía los ojos abiertos y los brazos estirados, apuntando al cielo; que sí, que los ahogados apestan como ningún otro y que, cuando se descomponen, flotan; que sí, que una vez vieron a un vagabundo que lo decapitaron y luego lo echaron en la Perimetral.


-¿Aún les afecta cuando les toca ver un muerto?- les pregunto a todos, en manada.


-Para mí ver un muerto es como ir a una fiesta y encontrarse con caras conocidas. Un muerto más, un muerto menos- me responde un camarógrafo de RTS de barriga abultada. Luego le da un primer mordisco a la hamburguesa bañada en colesterol que acaba de comprar en una carretilla cercana.


-Ya uno se acostumbra. Incluso acostumbra su nariz al olor a muerto. ¿Has olfateado alguna vez el tufo que expiran los muertos? Es fuerte. Es capaz de impregnarse en tu ropa todo el día- me cuenta un reportero de tez canela de El Universo.


No, aún no he visto muertos. Un suceso extraño y hasta histórico, tomando en cuenta que ya llevo siete días en un diario que vive de ellos. Justo cuando estoy a punto de perder las esperanzas de ver uno siquiera, un reportero recibe una llamada. Dos vehículos chocaron en el Km 19 de la Vía a Daule. ¿Hay muertos?, pregunto desesperado. Eso todavía no se sabe. Hay que ir, volar, al lugar de los hechos, para averiguarlo.

En el camino, no sé por qué, recuerdo una de las tantas frases de Holguín, esa de que un buen reportero debe estar preparado hasta para cubrir el funeral de su madre.

Son las 03h46. Al llegar, examino, rápidamente, la gravedad del accidente: un Hyundai Terracan a un costado de la vía, sin parabrisas, sin pasajeros. Huyeron. Un poco más allá, una Luv D-max que seguramente era nueva, pero que ahora luce como un acordeón. En su interior, un anciano apachurrado por los fierros, aún vivo.

La gente está amontonada, presenciando el drama. Media hora más tarde, después de la prensa, llegan los bomberos. El maratónico rescate del señor regado en sangre demora treinta minutos más, con gritos y aplausos incluidos. Todos los moradores del sector se desesperan por salir en las cámaras, por colocar su voz en mi grabadora. Todos quieren hablar, incluso aquellos que llegaron tarde y no vieron el choque. Todos desesperan por su minuto de fama. Un señor alto y con una cicatriz en su rostro saprovecha la oportunidad para quejarse de que en su barrio no hay una carpa policial. ¿Todo lo que dije sale mañana en el Extra?, me pregunta una señora de cabello maltrecho y en pijama. Viendo el interés popular, uno entiende por qué este diario es tan requerido.

Regreso a la redacción. Escribo la noticia que nunca sale publicada. No hubo ningún muerto, y eso ya es mucho. El criterio editorial muchas veces lo exige. Es como si a un pesquero subcontratado se le asigna la misión de pescar en una lancha y, luego de varias horas fracasadas, regresa donde su jefe con la red vacía, sin pescados. Así mismo, uno no puede acercarse donde el editor y decirle: “Sabe qué, no encontré nada. Resulta que hoy nadie murió”. La mañana inmediata, que yo destino para dormir, me invade un pensamiento vampírico: quiero sangre. Quiero ver un muerto.

4Al treceavo día, en el interior del diario, ya es oficial: debo ser uno de los reporteros del Extra con más larga racha sin ver un muerto. Un Record Guinness me quedaría corto. Un cronista rojo que no ve sangre se siente tan ridículo como un gorila rasurado. Y experimenta, también, la misma frustración de un bateador que no ha conectado ni un solo tiro.


En tan sólo dos días mi pasantía expirará. Si no fuese porque el periódico cuenta con 30 corresponsales repartidos en todo el Ecuador y en algunas ciudades de España, EEUU e Italia, y porque otros colegas, aquí en Guayaquil, en otros horarios, sí han cubierto asesinatos y homicidios en estos últimos 13 días, el Extra hace rato ya hubiese quebrado. Si dependiese de mi “buen” ojo para ver cadáveres, hubiese llevado al diario a la banca rota.

Me percato que el día de hoy, todos en redacción fueron inyectados con una pequeña dosis de euforia: ya tienen lista la portada de la edición que circulará en pocas horas, a las 7 pm. Se trata de una foto extraída del Facebook de quien, en vida, fue una diseñadora gráfica. Por segundo día consecutivo, esta noticia ocupará primera plana. Fue degollada, junto con su hija de seis años, por su esposo esquizofrénico. El asesino de manos frías utilizó un alambre y un cuchillo. “¡PARECÍAN UNA FAMILIA FELIZ!”: así decide titular Holguín esta nota periodística, en la primera página. Y, para acompañar el título, dos fotos extraídas de la red social: la pareja con su hija disfrutando de un paseo en un buque; a un lado, la misma familia cenando tranquilamente en un restaurant. “Dame un Facebook y te armaré un periódico”, grita emocionado Juan Manuel Yépez, coordinador general del Extra. Todos lo escuchamos.

Esa no es la única artimaña que utiliza el diario para cumplir, fielmente, con el slogan que satura algunas radios, vallas de camiones repartidores y canales de TV. Ese que asegura que el “Extra: Informa primero y mejor” y que “El Extra es el Extra”. En ocasiones, los periodistas le piden a la señora que saca copias, frente a la morgue que, cada que un familiar de una víctima se acerque para realizar una reproducción de la cédula de un fallecido, reserve un duplicado para un periodista del diario. A veces, hasta toca llorar frente a una persona que acaba de perder su hijo. Darle el pésame, consolarlo y, luego, poco a poco, lograr que dé declaraciones. Que hable. A veces, se acosa a los policías y jueces, con decenas de cámaras y grabadoras, para que digan algo. Todo vale. Sobretodo si se quiere permanecer en la cima como el periódico más vendido del país. Se puede recurrir a cualquier sapiencia criolla, aquella que no enseñan las escuelas de periodismo. Esas que, cuando piensan en el Extra, piensan en la peor de las malas palabras.


Yo, por mi parte, recibo la noticia más esperada de mi fugaz carrera sanguinaria: una pareja fue encontrada muerta en un departamento en el centro de la ciudad. Me toca cubrir la noticia. El mensaje del suceso me llega a la hora del almuerzo.


-Estos muertos no respetan ni la comida de uno- se queja, de manera burlesca, un fotógrafo de nariz chata. Enseguida nos montamos en la camioneta que, por contener el logo rojo de la empresa, todos regresan a ver en las calles como si se tratase de un demonio con llantas. Con recelo, con miedo.

5Estamos en camino. Karina Medina, la reportera de la tarde que me acompaña, pellizca mi brazo izquierdo cada que observa un auto escarabajo. Se trata de un clásico-juego-infantil que, dada la circunstancia, no logro entender con qué ánimo alguien podría recurrir a él. Karina luce despreocupada mientras escucha “Just the way you are” en su BlackBerry. Es una niña de 22 años que se convierte en adulta cada que le toca ver cadáveres: frente a un cuerpo demacrado, actúa con soltura y muestra nervios de acero. Pero, por ahora, juega. Me acaba de quitar mi libreta que registra toda esta historia y amenaza con leerla. Luego de unos cuantos forcejeos, me la devuelve. Mi brazo luce morado. Llegamos.

Toda la prensa está agolpada en las afueras del edificio en el que ocurrió el crimen. Decenas de curiosos hacen lo mismo. Sólo viendo a toda esta gente amontonada uno comprende por qué el Extra vende tanto. No importa cuánto querían a las víctimas o cuánto las odiaban o si no las conocían. La muerte es un espectáculo. Y un negocio. La puerta de ingreso a la recepción está cerrada. Los agentes de Criminalística dieron la orden de cerrarla. Nadie puede ingresar al piso 12, en el que se halla la pareja asesinada (él, de 54 años; ella, de 58).

Unos dicen que fue un “lío de faldas”. Otros, que se trató de un “ajuste de cuentas”, por deudas no canceladas a unos chulqueros colombianos. Los familiares se niegan a hablar y, misteriosamente, ninguno de ellos ha derramado una sola lágrima siquiera. Misteriosamente, ningún policía, ningún fiscal, acepta dar declaraciones. Misteriosamente, el levantamiento de los cuerpos ha demorado alrededor de 4 horas. Demasiado. Misteriosamente, una de las víctimas, dicen, pasó de la noche a la mañana de ser un comerciante de calzoncillos y medias en la Bahía a ser un empresario con un capital majestuoso. Finalmente, los cadáveres son trasladados a la morgue, donde pasarán la noche. Mañana se les realizará la autopsia de rigor.

Regresamos a la sala de redacción y escribo, junto con Karina, la notica con todas las versiones obtenidas: la manera más inteligente de no meter en problemas al diario cuando se presentan crímenes como estos, oscuros. Uno escribe y, la verdad, no es tan consciente de que el día de mañana lo leerá un número equivalente a la cifra que registra el Monumental de Barcelona cuando se llena. Multiplicado por cinco. Uno escribe, y lo hace siguiendo las instrucciones de estilo dadas por los editores: utilizar un lenguaje coloquial, intercalar declaraciones hechas por terceros con la narración, en sí, del periodista, comprobar diez mil veces si la información que se maneja es verídica, colocar un título, un subtítulo y hasta un antetítulo, darle importancia a lo que haya dicho el “pueblo”.

La noticia sale publicada, en portada, bajo el festivo titular: “¡MUERE OTRA PAREJA DE ESPOSOS!”, en letras prodigiosamente grandes y amarillas, como para que resalten con el fondo azul. El Extra, en su página de portada, es una suerte de libro de kínder: muchos colores, muchas imágenes, poco texto, titulares inmensos e ingeniosos rodeados de signos de admiración.


-Cuando saco los signos de admiración, las ventas bajan. La gente se ha acostumbrado a que le grite- me confesó Holguín, el encargado de provocar llantos, sudores y hasta carcajadas a través de sus titulares.


El “¡EN EXCLUSIVA!”, “¡INSÓLITO!”, “¡DE ÚLTIMA HORA!”, también son otros recursos empleados.

Esa noche, duermo más tranquilo. Oficialmente, aún no he visto ni un muerto, pero estoy cerca. Muy cerca. Ya tengo una noticia sangrienta. Y, mañana, tendré que darle seguimiento. En la morgue.

6Día catorce, el último. Son las 07h05 y me encuentro en las afueras de la morgue. Me acompaña Germania Salazar, reportera bautizada por todo el gremio rojo como “La Loca”. ¿Por qué? Por sobra de méritos, me chismosearon. Por gritar en plena sala de redacción, cada que se estresa; por sentir un cariño especial por los casos paranormales y por las cárceles; por ser muy atrevida a la hora de entrevistar a familiares de víctimas y, luego, escribir con la nerviosa felicidad de quien sobrevive de milagro. Más de un insulto y golpe se ha ganado.

-Es una loca pero es mi loca- suele decir Holguín de su periodista mimada. Ese oficio es peligroso. Por eso, él siempre carga una Calibre 38 (“La única mujer que no miente ni engaña). Continuamente, desconocidos lo llaman a amenazarlo de muerte. Algunas veces han probado suerte.

Germania me incentiva a tomar una decisión arriesgada que, a la larga, hará más dramática esta historia. Me invita a disfrazarme de estudiante de Medina. ¿La meta? Presenciar la autopsia de la pareja asesinada la tarde de ayer. Todo vale.

Me presenta con el director de Medicina Legal bajo la etiqueta de universitario. Él acepta. Me permite observar la autopsia. Y ahí estoy yo, cubierto con una bata blanca y una mascarilla, disfrazado de aquello que no soy, a punto de presenciar lo que le fue negado a toda la prensa esta mañana. Seré el único periodista que podrá ver a la pareja amortajada, pienso. Un golpe periodístico, una exclusiva, dirían algunos.

Nauseas. Serias ganas de vomitar. El cráneo del señor de palidez fantasmal ha sido abierto, frente a mis narices. Despojan su cabellera como si se tratase de una peluca. Luego trazan, con la ayuda de un cuchillo, una línea larga que abre su cuerpo. Y extraen sus riñones, su hígado, sus pulmones, su corazón. Todo. Lo mismo hacen con su esposa cuatro años mayor que él.

En ese preciso instante abominable, recuerdo lo que me dijo uno de los editores del Extra. Eso de que el periodista que trabaja en crónica roja ya se ha graduado, que ha llegado a la cumbre. Que después de ver un cuerpo desparramado, todo, absolutamente todo, es tolerable. Que aquí se ve si uno es periodista de verdad. Pienso en todo eso y, en realidad, no sé si lo pienso o ya desmayé. El formol (sustancia que le echan a los cuerpos para que no se descompongan tan pronto) es tan fuerte que me hace lagrimear. Cada tanto, abandono el lugar para tomar aire puro. El olor, por ratos, se vuelve intolerable.

Una vez superado el impacto inicial, recuerdo a lo que vine. Con el pasar de los días, uno hasta comprende por qué se les da un trato preferencial, tanta importancia a los fallecidos. Uno entiende la importancia de tomar riesgos como estos. Son ellos los que nos alimentan. Soy parte de un diario que, paradójicamente, vive de los muertos.
Decido apuntar con la cámara de mi celular. Un buen retoque en Photoshop y esta será la portada de mañana. Las fotos están prohibidas en el interior de la morgue, así que procuro esquivar toda mirada. Mi mano temblorosa provoca que la imagen salga movida. Vuelvo a intentar. Lo mismo. Un tercer intento. Bingo. Lo logré. Eso fue todo. Mi ambición desenfrenada me lleva a tomar más fotos. Me descubren. Uno de los doctores toma mi celular y borra todas las fotos. Luego me lo devuelve, pero con la memoria vacía, como si nada hubiese pasado. Mierda.


Al final, soy objeto de un sinnúmero de interrogatorios: ¿Por qué tomó esas fotos? ¿Quién es usted? ¿Cómo ingresó? Déjeme ver su carnet de estudiante de Medicina. Abandono el lugar, casi obligado. En los exteriores de la morgue, los familiares de la mujer que acabo de ver, lloran. Ayer no lo hacían. Hoy amanecieron con lágrimas en los ojos.

Entonces vienen las preguntas. La piedad no puede ser virtud de un cronista rojo. Uno congela sus sentimientos y lanza lo mejor de su artillería. Y ahí estoy yo, como periodista, cumpliendo los objetivos empresariales del diario. Y ahí están ellos, como víctimas, aprovechando su drama para ser escuchados, quizás por única vez en sus vidas, públicamente. ¿Los fallecidos tenían problemas familiares? ¿Deudas? ¿Amenazas de muerte? Y, luego, una que otra consulta estúpida, sin sentido: ¿Cómo se siente?

El fotógrafo del Extra, de bigote abultado, sentado en un rincón solitario, como si no hiciese nada, logra capturar con su Canon 7D los rostros lagrimosos de todas esas personas. Y lo hace a muchos metros de distancia. Las fotos, que serán parte del titular de mañana, salen nítidas. Los familiares, ignoran que acaban de ser eternizados en el diario que todo lo eterniza.
Llego a la redacción. El cierre de edición se acerca. Los teclados suenan con más fuerza. El diario se convierte en un griterío propio de una plaza. El ilustrador del diario, amante del death y black metal y ex miembro de un grupo de música con tintes satánicos, le da los últimos retoques a una ilustración que recrea un crimen pasional. Es un hecho industrial: el diario tiene que cerrar y cierra con lo que tiene.

-¡Cerrando, cerrando, cerrando, cerrando!- grita Holguín-. ¿Quién tiene la 5? ¡Falta la página 5!La noticia que me compete sale publicada, con los resultados oficiales de la autopsia
Esa noche, no logro dormir. Mi cerebro no puede olvidar el cuadro que parece extraído de una película de Takashi Mike: el hombre, completamente desnudo, con un cuchillo incrustado en su corazón; su mujer, con un sinnúmero de morados en todo su cuerpo, con el rostro terroríficamente inflado, como si recién le hubiesen extraído las muelas del juicio, también acuchillada. Estaba confirmado: el marido, agitado por ese instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen a sus víctimas a puñaladas, golpeó desmesuradamente a su esposa hasta matarla. Luego se clavó el cuchillo en el pecho y chao, eso fue todo, señores y señoras. Se acabó. Adiós mundo cruel.

Al día siguiente, ya fuera del diario, me obsesiona la idea de observar los diferentes usos que se le da al periódico en el que trabajé. Un taxista coloca un viejo ejemplar del Extra en su ventana, para cubrirse del sol. Un mecánico colecciona las portadas de las chicas del Lunes Sexy y las cuelga en su negocio. Un albañil llena el crucigrama de la página 26. Un carnicero envuelve carne roja con el diario. Un canillita coloca varios ejemplares del día en un porta-periódicos. Y los vende. Y grita: “Extra, Extra, ¡fue un crimen pasional!”. Es mi noticia. Me acerco. Le digo que soy periodista. Que yo escribí esa noticia. Que me dé un ejemplar. Saco los mismos 0.40 centavos de toda la vida y él me corrige. Me dice que ahora cuesta 0.50. Se los doy. Y, en ese preciso instante, me regala una sonrisa cómplice, como de quien se aproxima a recordar un hecho que lo hace sentir orgulloso o a revelar el mayor logro de su vida:

-Yo una vez salí en el Extra. Aún guardo ese ejemplar.

*Crónica publicada en la revista SoHo, edición #101, julio/ 2011. Fue premiada en la vigésimo segunda edición del Concurso de Periodismo Jorge mantilla Ortega (JMO) e incuida en el libro 'Crónicas' (publicada por la editorial Dinediciones, en el año 2015). 

*Fotos: Cortesía diario Extra y José Andrés Santos

By Arturo Cervantes with 8 comments

viernes, 6 de mayo de 2011

Creciendo en Gracia: Dios gobierna la tierra

“¡Ya regresó! ¡El Señor está aquí! Murió, resucitó, se volvió a ir y ahora está aquí, de regreso”.
Voz en off que precede a las prédicas de José Luis de Jesús Miranda



Jesucristo es puertorriqueño. Tiene diez fornidos guardaespaldas bajo su poder. Es propietario de Telegracia, un canal de televisión. Vive en una mansión en el sector “Sugar Land”, en Houston, Texas. Cuando viaja en avión, toma asiento en primera clase y pide un whisky escocés. Se pasea por restaurantes, hoteles y casinos lujosos de todo el mundo.

Es, por así decirlo, la versión capitalista y postmodernista del Jesús carpintero de veinte siglos atrás, el que montaba asnos, calzaba sandalias y buscaba cimas altas para predicar. Éste, el nuevo, el que dice que ha regresado y se hace llamar José Luis de Jesús Miranda, viste saco y corbata, carga un Rolex en su muñeca izquierda y transmite su mensaje , vía satélite, todos los domingos en cientos de iglesias de 30 naciones diferentes. Sobretodo de países de habla hispana que simpatizan con su acento de boricua radicado en EEUU. Por cierto, dentro de la lista se encuentra Ecuador. En 1992 se fundó una iglesia en Guayaquil, como todas, denominada “Creciendo en Gracia: el Gobierno de Dios en la tierra”. Actualmente cuenta con más de 500 seguidores en esta ciudad porteña.



***



En rigor, los que han sido marcados con el “666” ya son salvos. Por eso Dean García, de 9 años, previo al consentimiento de sus padres, se dejó marcar debajo de su hombro izquierdo. Esta mañana dominguera exhibe su sello con orgullo peregrino. Estoy en la iglesia ubicada en Clemente Ballén, entre Av. Del Ejército y García Moreno, en el centro de la ciudad.

El sector es conocido por ser un auténtico festín delictivo: muchos de los carros que se estacionan por ahí pagan cara su ingenuidad y son desmembrados. Más adelante, a pocas cuadras, se ofrecen todo tipo de repuestos automotrices en una calle famosa por ofrecer todo tipo de repuestos automotrices. Y a un precio negociable. Si no tienen el repuesto que está buscando, se lo consiguen.

Las puertas exteriores de la iglesia son de vidrio y poseen unas películas oscuras que impiden ver su interior. Se puede apreciar, eso sí, el logo circular de Creciendo en Gracia, con un águila en el medio y los tres “6” que simbolizan a este grupo religioso. El auditorio es largo como una salchicha. Posee dos pisos. En el de abajo, el principal, los adultos se congregan. En el de arriba, los niños, ajenos a todo el escándalo de abajo, a los gritos, a la música chichera, a los bailes, a los videos proyectados, realizan manualidades infantiles con conteZnido religioso.

Algunos de ellos ya están marcados.

Como Dean (9), por ejemplo.

-¿Por qué decidiste sellar tu brazo?

-Mi mami me dijo que eso estaba bien.

-¿Lloraste?

Dean lanza una sonrisa tímida, encoje sus hombros, hace muecas muy propias de quien se aproxima a rebelar un pecado que lo avergüenza, y luego responde con tono pueril: “Sí, lloré. Me dolió mucho”.





Hoy han venido veintiún niños. Han sido separados en dos grupos. En el primero están los comprendidos entre los 2 y los 7 años. En el segundo, infantes de 8 años en adelante.

El tema del día es “El conteo regresivo”. Adepto a Creciendo en Gracia que se respete, ha colgado en su nevera el calendario que cuenta los días para el final (junio de 2012), cuando todo esto que hoy conocemos como tierra se acabará y el cuerpo de José Luis de Jesús Miranda y el de todos sus seguidores marcados se transformarán: se volverán inmortales e incorruptibles. “El Gobierno de Dios en la tierra”, justamente, es eso: Jesús Miranda al poder y todos los demás, los que no hemos sido marcados, seremos sus súbditos. Los que sí lo han hecho, gobernarán con él aquí en la tierra. Una tierra que, según sus promesas, será perfecta: los animales deambularan libremente, no habrá corrupción ni maldad ni enfermedades.
. Así que, ese contenido denso, cargado de simbolismos, capaz de provocar muchos dolores de cabeza para entenderlo del todo, a los niños se les inculca con ingenuos ejercicios de kínder.

Sentada en una silla celeste, Diana, de tres años, colorea o, más bien, garabatea un reloj que simboliza el conteo y que incluye los tres “666”.

-Pinte, mi amor, pinte el “666”- le dice su instructora anciana, de cabello desteñido y orejas alargadas.

Diana obedece y luego, al final, le enseña orgullosa su obra de arte de niña de jardín.




***



Se anuncia la llegada de José Luis de Jesús Miranda en la pantalla. Todos los peregrinos adultos, en un acto automático, se colocan de pié, como si fuesen alumnos de secundaria que se preparan para recibir al único profesor que respetan.

-¡Ya regresó! ¡El señor está aquí! Murió, resucito, se volvió a ir y ahora está
aquí, de regreso-
anuncia una voz en off que, como todas las voces en off, ninguno de nosotros vemos, pero sí sentimos omnipresente tono.

Y de repente aparece el Apóstol. El Padre. El Jesucristo Hombre (JH). El Dios. José Luis de Jesús Miranda. Un primer plano sobre su rostro deja ver sus rasgos más sobresalientes: cejas delgadas poco masculinas y cachetes inflados. Está pasado de peso, al parecer, por llevar una dieta muy a la americana. Observa fijamente a la cámara y, acto seguido, lanza un saludo similar al dado por los militares: dos de sus dedos chocan en su frente.





Sólo basta verlo en la pantalla para que sus seguidores se retuercen, den vueltas, griten “Haba Padre” (Aleluya Padre), “¡Ya llegó!”, “¡Aquí está!”. Y eso, así, a ese ritmo, con la misma intensidad, todos los domingos, a las 10h00, en este mismo lugar.
. José Luis de Jesús Miranda al ataque, sentado en un sillón acolchonado.“Digan: ‘Hoy es un buen día’

-Hoy es un buen día-
repite todo su rebaño guayaquileño sentado en sillas plásticas incómodas.

Hasta hace dos años, José Luis de Jesús Miranda se daba el trabajo de visitar a todos sus seguidores y ganar adeptos. A Ecuador vino en seis ocasiones. En esos viajes conquistó, según Diógenes Barros, líder principal de esta iglesia en Guayaquil y evangélico retirado, alrededor de 6000 cabezas ecuatorianas. Actualmente existen iglesias en Quito, Otavalo, Machala, Esmeraldas, Durán, Portoviejo, Manta, Ambato, Quevedo y en otras quince localidades ecuatorianas.

Hoy en día, Jesucristo Hombre se ha refugiado en esta globalización que lo puede todo y predica desde la comodidad de su sede en Houston. 287 radios en todo el mundo transmiten sus prédicas y el canal del cual es propietario, Telegracia, se encarga de repartir sus palabras domingueras pre-grabadas. Sólo él y nadie más que él está autorizado para predicar.

No existe una estadística certera de cuántos fieles tiene en el mundo. Pero recientemente, en un viaje por Honduras, él mismo se atrevió a lanzar un número: 100 000. Y si lo dice dios, por algo ha de ser. Lo dijo en una rueda de prensa en la que sacó de su bolsillo el mismo discurso que lleva a todos lados: que el Vaticano es una farsa, que no existe el pecado ni el infierno ni Satanás ni los milagros ni los santos. “Advertí en la Biblia que vendría como ladrón en la noche y llegué como ladrón en la noche”, suele repetir a menudo.




***



Oficialmente, el encargado de realizar los tatuajes en Guayaquil es Richard Quimí. Ante él se han recostado más de 80 cuerpos, ofreciendo sus espaldas, brazos, manos, frentes, pechos y hasta sus nalgas para ser marcadas con los tres “6” (“El sello de la prosperidad y la seguridad”) o con el “SSS” (Salvo Siempre Salvo) o, simplemente, con el rostro humano de su dios. Tiene 25 años y estudió en el colegio Bellas Artes, donde aprendió a dibujar.

Todo eso me lo cuenta en pleno culto, mientras Jesucristo Hombre predica. Richard está sentado a mi lado izquierdo. Frente a nosotros, una chica con trenzas exhibe su espalda descubierta y tan sólo adornada con dos tatuajes: un pequeño “666” irregular y el célebre símbolo Play Boy que habla de su pasado, seguramente, no religioso.






Llegó la hora del baile. Esto es reggaetón. Y del sucio. Pasos fuertes, rápidos, izquierda y derecha, hasta abajo, con todo. La iglesia entera se mueve a un solo ritmo, como si todo esto fuese un guión cinematográfico preparado con mucha anticipación.

“Jesucristo Hombre en la tierra está/ Diablo, muerte y pecado no existen más/Con bandera de gracia el mundo gobernará”, se escucha con un “flow” potente y rimado.
. Tanto movimiento provoca que el sombrero de campo de un hombre relleno, caiga. En él lleva impresa las siglas JH y los tres “666” color rosado. Su vestimenta es blanca de pies a cabezas. Camisa blanca, pantalón blanco, sombrero blanco. Se trata de Ramón Conformes (51), oriundo de Paján, Manabí, tierra agrícola por excelencia.

Luego viene la despedida del dios hecho hombre, el Cristo que, por tener algunos juicios en su contra y dedos que lo señalan como Anticristo, últimamente permanece escondido y tan sólo se deja ver en la pantalla. Con sus anteojos puestos que acreditan sus próximamente 64 años de vida -el 22 de abril de este año, fecha en la que sus seguidores celebrarán lo que para ellos es una suerte de navidad- lee los últimos versículos de esta mañana y luego sentencia: “Los declaro santos, reinando en vida. ¡Hasta una próxima reunión!”. La cámara lo sorprende llevándose un pañuelo blanco a la nariz. Dios amaneció con gripe.

*Crónica publicada en la revista Diners, edición #348, mayo/2011. Fotos: Amaury Martínez.

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sábado, 26 de febrero de 2011

El entrenamiento de un perro de Antinarcóticos

Teo jamás ha probado una hembra. Está condenado a una eterna virginidad. Y eso, sin haber hecho el voto de castidad de rigor.

Todo eso lo sé antes de conocerlo, inclusive. La noticia, por un segundo, hasta me inspira lástima ajena. Estoy en el Centro de Adiestramiento Canino, colocado, por razones logísticas, en la misma vecindad donde se halla el Aeropuerto de Guayaquil y, en menos de lo que tarda un pestañeo, voy a conocer a ese canino que está sumergido en el más penoso de los celibatos. Aquí se entrenan a los únicos 35 canes que, cuando trabajan, no son precisamente los mejores amigos del hombre. O, al menos, no de las de los cientos de mulas que, diariamente, dan pasos nerviosos por los aeropuertos y carreteras de este país. País que, por cierto, es algo así como un túnel obligado por el que tiene que pasar la droga proveniente de naciones productoras como Colombia o Perú.

-Tráelo al Teo- ordena el teniente Jorge Chérrez a alguien que, a juzgar por el tono de voz empleado, es de un rango policial inferior a él. Chérrez (ambateño) es el oficial operativo de la Unidad Canina Antinarcóticos del Aeropuerto José Joaquín de Olmedo.

De repente aparece un macho que, en realidad, es mucho más que eso: una mole de casi un metro de altura y 60 kilos. Teo es, en rigor, un Golden Retriever y los Golden Retriever, de por sí, tienen un olfato extremadamente sensible. Los humanos, en un esfuerzo sobrehumano, somos capaces de oler hasta 700 partículas. Ellos, casi sin despeinarse, pueden percibir más de 9 millones de sustancias.

Teo posa su barbilla sobre su pecho y me mira de reojo, con una mirada de venado, tímida. Su estatura de caballo no le quita su apariencia tierna. Es, por así decirlo, el Brad Pitt de este centro de adiestramiento de perros antinarcóticos. En la sala de pre embarque internacional del aeropuerto que ostenta un nombre de poeta, las chicas se acercan donde él, le dicen: “¡Qué lindo!”, con ese tono tan femenino, tan cursi, y se desdoblan mientras lo dicen. Piden, mueren por acariciar su pelaje dorado, pero eso está prohibido. El Cabo Segura Lino, su guía personalizado de toda la vida y un tipo con una paciencia infinita, no lo permite. Él sabe que Teo es una suerte de Caballo de Troya: detrás de ese disfraz de ternura se esconde una auténtica máquina captadora de droga. Un imán de cocaína, heroína, éxtasis y marihuana camuflada, siempre, con un ingenio que García Márquez envidiaría.

Sólo en el 2010, aprehendió 268 kilos con 855 gramos de droga. Sólo en ese año, realizó 11 hallazgos y metió tras las rejas a 12 ecuatorianos. Sólo en su último triunfo, el 9 de noviembre del año pasado, impidió una comercialización redonda de 3´000.000 de dólares o, lo que es lo mismo, que 20 kilos de cocaína ingresan a Miami en tiempos como el actual, en que el kilo de esa droga, en el mercado yanqui, está valorado en $150 000. Nada más, nada menos.

Pero Teo se convirtió en una celebridad mucho antes que eso. El 20 de abril de 2010, su aclamada nariz descubrió lo que la prensa, con esa rapidez que la caracteriza, denominó el “Caso Poleas”: una burla por cuatro meses a los controles antinarcóticos, haciendo uso de un complejo sistema de poleas instalado en el cielo raso del aeropuerto José Joaquín de Olmedo de Guayaquil.

El Caso Poleas

Teo no trabaja, juega. El aeropuerto guayaquileño es, para él, un gigantesco parque de diversiones. Su guía simula lanzar una pelotita de tenis y él la busca. La busca con energía pueril. Cuando encuentra droga, se sienta. Así de sencillo. Luego, su entrenador vuelve a fingir sacar la pelotita, pero, esta vez, de la maleta o del objeto donde Teo haya encontrado la droga. Teo agarra con su hocico la pelota, y se larga. Él no busca droga, él busca su mugriento juguete esférico. Eso desmiente lo que todos, por lo menos una vez en nuestras vidas, hemos pensado: que los perros antinarcóticos son más grifos que Bob Marley. La misma metodología que, más bien, parece una pobre tomadura de pelo a un inocente perro, fue utilizada en el “Caso Poleas”, que generó ganancias, como la mayoría de comercializaciones narcotraficantes, no determinadas, aunque, se sabe, fueron cifras que no pertenecen a este mundo.



Era de noche, y Teo se paseaba con su guía en la sala de pre embarque internacional del Aeropuerto de Guayaquil. Muchos policías, disfrazados de civiles, estaban atentos a cualquiera de sus alertas. De repente dio una: giró con violencia su cabeza, en dirección a un trabajador del aeropuerto con una delgadez digna de una escoba. Se trataba de Cristóbal Cruz, auxiliar de limpieza del aeropuerto, quien cargaba un tacho de basura. A medida que Teo se acercaba, Cruz mostraba una palidez cada vez más fantasmal. Nervioso, vio cómo la nariz canina protagonista de esta historia olfateaba el tacho. Teo se sentó, y eso ya sabemos qué significa. Los policías abrieron el tacho y se tropezaron con 14 paquetes de clorhidrato que iban a ser entregados a un pasajero con destino a España. Cruz jamás olvidará el rostro angelical del canino que le obsequió hospedaje gratuito en la Penitenciaría de Guayaquil por 12 años.

El caso sirvió para que el Unidad de Antinarcóticos abriera bien los ojos, y descubra un mecanismo que se venía practicando desde hace cuatro meses atrás. La droga llegaba a los parqueaderos del aeropuerto y era colocada en tachos de basura. Personal de limpieza la recogía y caminaba con ella hasta un cuarto de mantenimiento de acceso restringido. Desde ahí iniciaba el sistema de poleas que se había instalado sobre el tumbado, y que llegaba hasta los baños de la sala de pre embarque, evitando, de esta forma, los controles migratorios y las máquinas de rayos X. La droga, nuevamente, era recogida de los baños por trabajadores del aeropuerto en tachos de basura para, finalmente, ser entregadas a pasajeros dispuestos a cargar con esa cruz en sus travesías a Europa o EEUU.


Cinco empleados de Tagsa, la empresa que administra el terminal aeroportuario de Guayaquil, fueron detenidos por tener participación directa en este caso. Es probable que, en algún lugar del mundo, alguien que seguramente vive prófugo por ser un capo duro de la droga y haber manejado a la distancia esta red de narcotráfico en Ecuador, está manifestando, en este preciso instante, un odio muy sincero hacia Teo.

***

Teo es gringo. Nació un 20 de mayo de 2005 en un centro de adiestramiento canino de Virginia. O sea, está próximo a celebrar seis años de vida-canina (42 años-humanos). Cuando cumpla diez será, oficialmente, un perro jubilado. Y lo más probablemente es que pase los últimos años de su agitada vida en la casa de su entrenador, pero descansando, como una mascota más. Antes, los perros antinarcóticos que cumplían sus años útiles de trabajo tenían un destino que parece extraído de algún relato de Edgar Allan Poe: eran enterrados bajo tierra. Se los inyectaba para que reciban una muerte sin sufrimiento. Con esto se evitaba que lleguen a manos de poderosos narcotraficantes, y que los estudien con detenimiento para descubrir sus debilidades.

Teo llegó a Quito a los ocho meses de edad. Recibió un entrenamiento en la Capital de seis meses y, de inmediato, fue enviado a Guayaquil para que, en plena adolescencia, cual miembro de familia necesitada, empiece a camellar. Lo recibieron en el Centro de Adiestramiento Canino que, también, tiene mucho de gringo. Gran parte de su capital proviene del gobierno norteamericano (el restante, del Estado ecuatoriano). EEUU, por poseer un buen porcentaje de población grifa, es el país que más invierte en equipamientos antinarcóticos y los reparte en puntos estratégicos. Ecuador, en teoría, es un punto estratégico.


A este Golden Retriever lo tratan como a rey. Tiene un peluquero, un veterinario, un entrenador-psicólogo, un guardia de seguridad, un limpiador. Su casa es de cemento y pequeña. Dos por cuatro, a lo mucho. La parte frontal de su hogar está enrejada y, a estas horas que lo visito, en que el sol amenaza con largarse, apenas ingresa una luz tibia que deja ver un plato metálico totalmente vacío.

Su rutina de baño es muy a lo Chavo del 8: una vez por semana, los domingos. Come, a las 4 pm, el equivalente a ocho tazas de balanceado PRO-CAN. Teo devora esos 840 gramos a la velocidad de una máquina trituradora. Su pelaje de oso recién levantado es cepillado dos veces al día y con diferentes objetivos: primero para desenredarlo y, luego, para eliminar cualquier bicho extraño que atente con postrarse en el cuerpo de Su Majestad. Por eso, también se le colocó un collar anti-garrapatas. Por eso, sus dedos que, más bien, parecen salchichas tamaño coctel, y todo su cuerpo son limpiados, diariamente y en seco, con una dedicación solemne. Cada tres semanas aparece el peluquero para darle un look policial nuevo. Cada dos meses y medio se asoma el veterinario para, de ser necesario, desparasitarlo y hacerle una limpieza de oídos a este animal de orejas largas como un burro.

***

Una funda de heroína en mis narices. El teniente Chérrez me la acaba de enseñar antes de introducirla en una maleta negra, gastada. El Centro de Adiestramiento Canino tiene más maletas negras y gastadas de lo que cualquier mente viajera pudiera imaginar. Sirven, por supuesto, para los entrenamientos. Sobre el suelo se colocan varios equipajes para lo que será una simulación de una aprehensión de droga. Teo está listo. Le enseñan la pelotita. Teo quiere jugar.

Y juega. El guía amaga con lanzar la pelotita de tenis. Y Teo corre, corre como sólo corre un canino de la su linaje. Si esto fuera un partido de fútbol nacional, los comentaristas dirían que va camino al título. Olfatea todas las maletas. Pasa la primera. Pasa la segunda. Pasa la tercera. Pasa la cuarta y se regresa, algo sospechoso hay en ella. Se detiene un instante. La olfatea con más rigor. Sus ojos se tornan rojos, se agita, empieza a mover su cabeza de manera desesperada, como un energúmeno. Y se sienta. Finalmente se siente.

Luego, lo de siempre: Teo recibe su pelotita y, cual niño, se desconecta del mundo.

En la práctica, el asunto parecería más difícil: las mulas camuflan la droga en tallos de flores, suelas de zapatos, dobles fondos de maletas, desodorantes, cangrejos y hasta en cuyes. Mezclan, en un acto de ignorancia único, la droga con pimienta, ají, mostaza, ajo, y (en una ocasión) hasta con orina de león. Y se introducen a los aviones pensando que, con toda esa mezcolanza repugnante, pueden confundir a perros del tipo de Teo. Piensan mal: uno de los entrenamientos consiste en encerrar a estos caninos en un cuarto repleto de sustancias para que aprendan a diferenciar olores.

Me despido del teniente Chérrez. Le digo que voy a regresar para averiguar más. Él me dice que no puedo regresar. Que eso es todo. Que ya vi suficiente, que ya sé suficiente. Que después los narcos se ponen moscas, y que se enteran de cosas que no deberían enterarse. ¿Los narcos leen revistas?, pienso de manera estúpida. Me voy, pero, antes, echo un vistazo a la agenda de Teo y me doy cuenta que para eso es necesario un largavistas: tiene trabajo fijo por los próximos treinta días.

*Publicado en la revista SoHo (Ecuador), edición #97, febrero/marzo 2011; e incluida en el libro 'Crónicas', que publicó la editorial Dinediciones en el 2015 Fotos: Amaury Martínez.

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Fantoche: un mundo sin libreto

En agosto de 2003, Fantoche organizó el primer Match de improvisación en Ecuador y todos nos preguntábamos qué estaba pasando. Centenares de cejas levantadas y mandíbulas caídas exigíamos una explicación. ¿Teatro? ¿Deporte? El escenario era la pista de patinaje guayaquileña “San Bernardo”. Se colocaron varios graderíos metálicos, y ahí nació otro público teatral. Un público participativo. Un público que, antes de que inicie el Match, cantó su himno paradigmático; que gritó (por el equipo rojo o por el azul); que propuso títulos para que los improvisadores, a partir de ellos, inventen historias; y que, al final del partido, sacó una tarjeta de color para votar por el mejor.

El espectáculo incluía un árbitro –con uniforme de reo, silbato y un cronómetro en su muñeca izquierda- y dos asistentes encargados de hacer respetar el reglamento universal del Match de impro: no se pueden usar chistes, slogans o personajes chichés; las historias deben tener coherencia con los títulos dados por el público o por el juez; se debe respetar el número de jugadores, el tiempo y el estilo dado por el árbitro (historias al estilo de una telenovela mexicana o de una película de acción hollywoodense o de un documental de Discovery, por sólo citar unos cuantos ejemplos); y un etcétera tan exigente como el reglamento oficial de la FIFA.
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Luego supimos que en otros países ya existía la improvisación. Y que el Match de impro, su formato más deportivo, tenía, inclusive, mundiales. Y que, como toda técnica, la impro también tenía un padre: el canadiense Keith Johnstone. Y que ese papá tenía un “hijo” en Latinoamérica llamado Ricardo Behrens (juez en aquel Match en Guayaquil). Y que fue este último, argentino, quien inyectó en las venas del grupo Fantoche el arte de crear historias sin un libreto.

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Principios del 2003. Hugo Avilés y Ruth Coello, esposos y fundadores del grupo Fantoche, estaban en Buenos Aires. Caminaban por Corrientes, una calle que siempre huele a teatro. Cargaban un letrero invisible que decía: “Turistas”. De repente vieron otro, visible, que indicaba que esa noche el grupo LPI, dirigido por Ricardo Behrens, presentaría un “Match de impro”.

Entraron con curiosidad guayaquileña y se sorprendieron: un teatro que no era teatro, sino, más bien, un patio diminuto. Actores que no eran actores. O, al menos, no como hasta entonces, pensaban que eran los actores: seres anclados a un texto teatral, con vestuarios para cada personaje, sin la virtud de la espontaneidad. “El libreto es como una camisa de fuerza a la que, lastimosamente, los actores tenemos que estar ceñidos”, me diría, muchos años después, Hugo.

Así que esta pareja teatral, que llevaba 20 años sobre las tablas y ya había saboreado casi todos los géneros teatrales, regresó a Guayaquil con rostro de niño que acaba de descubrir un juego nuevo. Y con una necesidad irrefrenable de contar, a todos sus colegas, la novedad que habían visto en la tierra de Gardel.


Hugo Avilés, fundador del grupo Fantoche

Recién en Ecuador, contactaron a Behrens. Lo invitaron a que dicte talleres de su especialidad en Guayaquil y funde la Liga Ecuatoriana de Improvisación (LEI), pues él era el único autorizado en Latinoamérica para inaugurar ligas de ese tipo. Aceptó. A cambio de una amabilidad económica, claro. De inmediato, Hugo, Ruth y otra integrante del grupo, Raquel Rodríguez, lanzaron una convocatoria dirigida a “actores profesionales y no profesionales que estén interesados en formar un grupo de teatro impro”. La respuesta fue inmediata.

Cuarenta personas, entre esas Karen Mendoza, María Fernanda Gutiérrez, Antonella Rossi y Fabricio Mantilla, se acercaron de manera cautelosa, sin tener muy claro por dónde iba el asunto, y participaron de una pre-selección. Dieciocho afortunados fueron seleccionados para recibir el taller de capacitación con Behrens. Aprendieron destrezas generales de improvisación y las reglas del Match de Impro. El taller culminó con la presentación de aquel histórico Match de improvisación ecuatoriano, formato teatral-deportivo que Fantoche siguió practicando en diferentes escenarios.

Un año después, en el 2004, trajeron a Gustavo Miranda (director de “Acción impro”), un nombre que sigue sonando fuerte en Colombia, su país de cuna. Su grupo había participado en dos mundiales de improvisación, en Argentina y México. Contaba con una sala ubicada en el barrio más pudiente de Medellín: El Poblado. Con presentaciones todos los fines de semana. Con un público devoto que lo seguía a todos lados. Con un elenco de improvisadores frescos, recién salidos del horno, de la universidad. Con ese perfil auspicioso llegó Gustavo a Guayaquil para enseñarles a crear formatos de improvisación largos.




Después del taller dictado por Gustavo, Fantoche voló muy alto. En el 2005, el grupo organizó el I Festival de Teatro de Improvisación de Guayaquil. Vinieron tres grupos de improvisación foráneos: Acción impro (Colombia), Ketó (Perú) y la LMI (México). Pasaje, estadía y honorarios: cortesía de la casa. Fantoche tan solo tenía tres años en la actividad, pero ya había alcanzado un sueño recurrente en los grupos de improvisación: crear un formato propio. “Zona impro”, una patente que, con éxito, pusieron en escena en ese festival internacional.

Los siguientes años, en cambio, fueron ellos los invitados a festivales en Colombia, Brasil y Chile. Se mezclaron con los pesos pesados de la improvisación: como Impromadrid (España), Lospleimovil (Chile) y Jogando no Quintal (Brasil). Llevaron otro formato de improvisación de su autoría: “Momentos improlongados”. En esos viajes, notaron que las posibilidades de improvisación son ilimitadas (vieron desde impro-danza hasta impro-percusión) y que la mayoría de los grupos latinoamericanos de impro tenían casas de teatro, adecuadas para el caso, en galpones. Se vieron al espejo: ellos aún eran un grupo nómada. Así nació la Casa Fantoche, que tiene serios motivos para justificar su nombre: una cocina con un refrigerador repleto de cervezas, una sala para poner en escena las improvisaciones, un baño y tres cuartos (uno de ellos, con un plasma en el que siempre se exhiben cortometrajes y una pequeña mesa con hojas para jugar Chantón). El público, con cerveza en mano, se sienta en el suelo, en cojines multicolores, pide algún piqueo y observa a pocos centímetros todo el espectáculo.


Uno que vi se llama “Fun fun impro”. Y, en serio, todo es diversión. Vestida con una minifalda y blusa escotada, Katherine Donoso sale con una bandeja y reparte shots de aguardiente. Casi al mismo tiempo ingresan, bailando, tres improvisadores con vestuario colorido: Hugo Avilés, Fabricio Mantilla y Ruth Coello, quienes rebajan sus pechos hasta pasar por un chupete gigante. Por último, Juan José Jaramillo, presentador del espectáculo, entra al escenario con un chaleco blanco y un gigantesco sombrero morado. Lanza un dado gigante, que rueda gracias a las manos en alto de los espectadores. Aquella noche, se detuvo en el número cinco. Y, por eso, jugaron “Abecedario”, que funciona con dos jugadores. Cada uno de ellos debe utilizar -en orden- las letras del alfabeto para cada uno de sus diálogos, y así fabricar una sola historia. El público (compuesto mayoritariamente por estudiantes o profesionales de Diseño o Publicidad) dio el tema: “La PJ (Policía Judicial)”. Hugo y Ruth comenzaron con la letra “P”, y dieron una vuelta magistral a todo el abecedario con una ingeniosa historia de dos presos. El dado siguió rodando. Esta vez, deben jugar “Principio y final”. ¿Cómo inicia la historia?, pregunta el presentador al público. “Dentro de una cartera”, grito. Mi pedido es aceptado. “¿Y cómo termina?”, vuelve a preguntar. “Jugando a las escondidas”, sugiere una pelirroja. “En un bar alternativo”, pide una chica de ojos marrones, casi al mismo tiempo. “Entonces, la historia termina: ‘Jugando a las escondidas en un bar alternativo’. ¡Que comience la impro!”, ordena el presentador. Y la historia sorprende a todos. Dos enanos que roban cosas dentro de la cartera de una gigante. La gigante los descubre y los usa como muñecos: los monta en un coche deportivo de la Barbie y terminan, efectivamente, jugando a las escondidas en un bar gay.

El espectáculo concluye. Los improvisadores se van al camerino, gritan “Mucha mierda”, se visten como personas normales, y regresan donde el desesperado público que los espera, con rostros de groupies, para tomarse fotos y felicitarlos.
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Todo era perfecto. Quería descubrir qué había detrás de todo esto. Al igual que un maniaco tras la receta de la Coca Cola, yo estaba obsesionado por saber cómo inventaban historias de la nada.


***

Estoy infiltrado en un entrenamiento. Hugo Avilés realiza estiramientos en una esquina de la Casa Fantoche. Llama al grupo para que se acerque. Aparece Ruth Coello, quien acaba de consumir un tabaco en un balcón con vista a las Peñas. Pocos segundos después, Fabricio Mantilla se acerca al mismo tiempo que se despereza y Juan José Jaramillo hace lo mismo, pero con su celular en la mano. Karen Mendoza y María José Jaramillo, las dos restantes integrantes del grupo en la actualidad, no pudieron venir hoy.

Los improvisadores se vendan sus ojos y se quitan los zapatos. Entonces comienzan a caminar ciegos por un espacio reducido y, rara vez, tropiezan. El ejercicio sirve para estimular otros sentidos diferentes al visual. Improvisador que se respete, dicen, “mira” con los oídos, con el cuerpo, con la percepción, con los ojos y con el tacto. Luego se quitan las vendas y siguen caminando en diferentes direcciones.

Hugo da instrucciones para realizar un ejercicio sensorial: sólo uno de los cuatro puede detenerse, sin ponerse de acuerdo. Fabricio es el primero en hacerlo. Los tres restantes continúan caminando. Con esto se busca mejorar la sincronización y la visión periférica, atributos dignos en un jugador de impro.
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Ahora sí, comienzan a fabricar historias. Hugo les da temas al azar y les ordena colocarse unas máscaras tipo RoboCop, que sirven para restringir la gestualidad de los rostros y poner énfasis en la expresividad del cuerpo. Un improvisador debe dominar su comunicación corporal. Hugo, cual entrenador de fútbol, está en cuclillas y aprueba o rechaza cada una de las actuaciones de sus dirigidos.
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Por último, se sientan en círculo. Deben realizar una carta oral. Cada improvisador está autorizado a pronunciar una sola palabra y, enseguida, otro debe continuar. El juego sirve para adquirir destrezas narrativas.

La carta, editada, pues la original contenía un atractivo vocabulario malhablado, quedó así: “Ladronzuelo, estoy furioso porque nuevamente me has robado cosas caras. Quiero recuperarlas, así que más te vale que las devuelvas. Espero que las advertencias que te estoy haciendo sean atendidas; caso contrario, enviaré a unos negros para que te violen. Con cariño, Juanjo”. Todo dicho con una fluidez envidiable y con imperceptibles pausas entre turno y turno. “Parece preparado”, les dije sin remordimiento. Luego supe que ese es el mayor halago que puede recibir un improvisador.
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*Revista Diners, edición #343, diciembre/ 2010

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sábado, 25 de diciembre de 2010

Mirely Barzola: la Mama Noela ecuatoriana

Al final de esta historia, alguien acaricia las piernas de Mirely. Le alza con delicadeza el vestido y pasea sus manos debajo de ese traje de tigresa que tan bien le calza. Pero eso sucede al final de esta historia navideña, que ahora está por empezar.

Estamos en el hotel-boutique “Mansión del Río”, en el barrio Las Peñas de Guayaquil. Mirely (24) fue citada a este lugar, único en su especie en la ciudad, para una sesión fotográfica navideña con todas las de ley. El concepto “hotel-botique” viene de Francia y ostenta un principio extrañamente ambicioso: poseer pocos dormitorios para brindar una atención personalizada. Fiel a aquel apartado, este sitio tan sólo tiene siete habitaciones. Es el único hospedaje instalado en el sector más antiguo y cotizado de Guayaquil. Es el único que se da el lujo de mirar cara a cara, sin temor, al nada temible Río Guayas.

Rodeada de estatuas de mármol, sillas forradas con piel de tigrillo, consolas que datan del siglo IXX y pinturas en lienzo en todas las paredes, la presentadora farandulera de “En Corto” y “La Plena” de Teleamazonas, derrocha sensualidad con cualquiera de sus poses fabricadas.

-¿De qué personaje navideño te has disfrazado?- le pregunto mientras maquillan sus pupilas que están ligeramente levantadas

-De Mama Noela- responde con una inocencia peligrosa en una estrella de televisión.

No es necesario esforzarse para imaginársela con un traje rojo de tela velluda y tupida. Con un cinturón negro y brillante, como su cabello, que apriete su cintura. Y con un gorro navideño de punta encorvada para completar el sexy-kit. Todo entallado, todo hecho a la medida. Lo hizo hace dos años: se puso un vestido rojizo y escotado en una fiesta navideña que tenía como invitados de honor a niños contagiados con el VIH.

El acto fue parte de las actividades de la fundación “Bellezas por la vida”, establecimiento sin fines de lucro que saca pecho por tener a una mujer de pantalla como presidenta.
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El mundo está hecho de contradicciones. Muchos años antes, de niña, en su época escolar, Mirely se disfrazó de la Virgen María en unas de las tradicionales posadas del colegio católico en el que se graduó. El mismo cuerpo que a sus 23 años apareció en SoHo totalmente descobijado, natural, como Dios lo envió al mundo, en aquella ocasión se cubrió de santidad. Con un vestido largo, color blanco pureza y una túnica que envolvía su cabeza, simuló estar embarazada y tener en su vientre al mismísimo niño Jesús.



Mirelly fue la primera ecuatoriana en aparecer totalmente desnuda en SoHo (Ecuador).


La tricampeona en certámenes internacionales de belleza, justamente por esa capacidad demoledora para ganar torneos en los que se mide su hermosura, en una ocasión pasó una nochebuena en el extranjero, a años luz de su familia en la única noche del año en que, casi por obligación, todos debemos pasar con nuestras familias.

Era diciembre del 2007 y se encontraba en Cali, una ciudad que es algo así como una fábrica de bellezas, participando en un torneo con nombre empalagoso: la Reina Mundial de la Caña de Azúcar. La noche del 24 de ese mes festivo la encontró en el país del norte, compitiendo por ser la más bella en la capital mundial de la belleza. Cenó con sus oponentes e hizo las llamadas de rigor a sus parientes. Ella mismo se encargó de obsequiarles el mejor de los regalos navideños, cinco días después, cuando llegó al Ecuador con un nuevo título de “nobleza”. Un año antes ya había ganado el Miss West Indies (en el Caribe) y el Miss Tourism World (en Inglaterra).

Es normal que Mirely conserve una dieta estricta. Que sus días transcurran en un gimnasio. Que observe a los carbohidratos y alimentos bañados en grasa como quien observa al diablo. Que los evite. Es normal todo eso, es parte de su día a día. Pero en noche buena, olvida sus rutinas ordinarias y come a la velocidad de una máquina trituradora. Pavo, arroz navideño y vino en grandes porciones. Uvas y chocolates suizos, sus aperitivos preferidos.


De manera tradicional, la cena navideña la comparte con su familia, pero daría lo que fuera por pasarla con el sex-symbol del cine, Johnny Deep. Y le importaría un rábano que a su novio, un ser al que prefiere conservar en el anonimato y que es cinco años mayor a ella, le dé un ataque de celos. Sí, desafortunados lectores de esta revista, siento decepcionarlos pero esta coleccionista de coronas tiene una relación formal.

La sesión de fotos continúa. Estás calientita, eh. Es que estás contorsionándote todo el tiempo”, le dice el encargado de peinarla mientras explora su piel. Mirely lleva su cabello recogido a los lados. Le acaban de retocar sus labios que están ligeramente abiertos. Sus párpados están azulados por el maquillaje y está a punto de probarse un nuevo vestuario, el cuarto de la noche, uno negruzco con manchas beich que, además, tiene pedrería y un tul.

-Trata de mostrar el escote de la espalda- le sugiere el fotógrafo

-¿Así?- pregunta Mireli mientras arquea su cuerpo como si se tratase de plastilina.

-Eso, ahí, no te muevas, no respires, ahí, ahí. ¡Perfecto!

En ese momento aparece el maquillador. Rocía un iluminador potente sobre los brazos y piernas de Mirely y lo esparce. Ahora levanta ligeramente su vestido y continúa distribuyendo la mezcla, ahora por sus muslos. La presentadora de TV adquiere una tonalidad bronceada en una noche fría, como ninguna otra, en Guayaquil. No sonríe. No hace muecas. El fotógrafo da por terminada la sesión y abandona el sitio con una sonrisa peligrosamente contagiosa.
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*Revista Caras, diciembre 2010 (portada).

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viernes, 17 de diciembre de 2010

Brenda González: la muralista sordomuda


La primera vez que vi un mural de Brenda González, no sabía que lo que estaba viendo era un mural de Brenda González. Admiré, así, sin saber el nombre de la autora, las casi tres mil piezas de cerámica al horno, con cientos de espirales y figuras geométricas multicolores, con pequeños espejos que dan la sensación de movimiento, y con luces que, desde aquel día, dieron vida a lo que en el pasado era un desabrido y tradicional paso peatonal de cemento. Mientras manejaba por la Avenida Barcelona, lancé al aire la misma pregunta que todos los guayaquileños, por lo menos una vez en sus vidas, han arrojado: ¿quién es la culpable de la colorida e imponente obra abstracta, ubicada a pocos metros del estadio Monumental de Barcelona?

Brenda parece extraída de una agencia de modelos europea. Es rubia, tiene unos inmensos ojos limones y pecas en los brazos. Soltera y sordomuda en un país no apto para sordomudos: con pocos canales de televisión que ofrecen, en su programación diaria, el universal lenguaje de las señas; con escuelas, colegios y universidades sin la capacitación necesaria para acoger a personas con este tipo de discapacidad; con una Constitución que reconoce el lenguaje de las señas, pero que no impulsa su educación. Si uno nace sordomudo en el tercer mundo (región que posee el 80% de sordomudos del planeta), tiene todas las de perder.

Nunca ha querido tener un maestro. Lo suyo es el arte por el arte: coger el pincel y pintar lo que su espíritu le sugiera. Una autodidacta por excelencia. Alguna vez, sin embargo, cuando recién estaba dando sus primeros pasos en el arte de pintar sin hablar, sus hermanas (quienes llevan su imagen artística) le colocaron un profesor de arte para “pulir su técnica”. El profesional abandonó cabizbajo la casa de Brenda, por la puerta trasera, casi a patadas, luego de intentar -sin éxito- plagiar el estilo de su alumna predilecta.


Tampoco ha querido aprender el universal lenguaje de señas. Ella prefiere expresarse en sus cuadros, la mayoría de ellos, caracterizados por gozar de una gama eterna de colores. El arco iris completo. El círculo cromático en vivo y en directo. Si sus cuadros hablaran por ella, dirían que Brenda es feliz.

El momento cumbre de su carrera ocurrió en el 2007, cuando el alcalde que ostenta el bigote más grande del Ecuador, Jaime Nebot, visitó la casa de Brenda y le solicitó fabricar un mural en el puente peatonal de la Avenida Barcelona, luego de quedar maravillado en una de sus exposiciones de arte. El diseño final estuvo listo algunos meses después, e inmediatamente se autorizó a un muralista del Cabildo para que comience con la obra. La única que ha permitido masificar el arte de Brenda, la misma que provoca diariamente más de un rostro que, en lenguaje emoticón, sería el de una boca ovalada. Rostros boquiabiertos provocados por el pecado de transitar por la zona donde la plantilla de jugadores de Barcelona tiene su morada.

El mural fue construido con cerámica. Ese fue uno de los pedidos de Brenda: que no se utilice nada de pintura, pues quería evitar la naturaleza efímera de ese material. Su exigencia tuvo un precio digerible: 75 mil dólares y 150 días de trabajo artesanal. Nada más, nada menos.
Finalmente, el 30 de agosto de 2007, el mismo alcalde Nebot fue el encargado de inaugurar oficialmente la obra. Hasta ahora son diez años que el Municipio se ha dedicado a vestir, artísticamente, decenas de viaductos guayaquileños. Y esa fue la primera ocasión en que le confió a una talentosa artista sordomuda una de sus tareas municipales.


En el futuro, Brenda tiene pensado decorar el paso a desnivel ubicado a la entrada a Samborondón, donde reside en un departamento con vista al centro comercial Riocentro Entre Ríos. Por ahora, la idea sigue cristalizada en una foto ficticia: un hermoso dibujo abstracto y azulado que con ayuda virtual fue colocado sobre lo que, en la vida real, aún es cemento. Una pared natural nada coqueta que podría dejar de serlo en caso de que el proyecto de Brenda se concrete.



Su casa es, además, su galería-estudio. El lugar donde Brenda reposa su mano mágica, la hace funcionar para crear algo nuevo y recibe a sus clientes-fans. Ahí se concretan las ventas, le dicen: ` ¡Qué hermoso cuadro!´, `Qué maravilla de textura´, `Perfecta combinación de colores´, y luego, encima, le pagan por los halagos. No tiene una rutina de trabajo. Pinta cuando le da la gana. Y eso, en términos de tiempo, puede ser en la madrugada o al amanecer. Uno, dos y hasta tres cuadros al mismo tiempo. No tiene ninguna influencia artística. No asiste a exposiciones. Sospecha que eso podría embarrar su talento artístico tan innato.

Los cuadros de Brenda no tienen títulos. No le interesa titular sus obras, encerrar el significado de su arte con un nombre, limitar las interpretaciones de sus trabajos. Prefiere la pluralidad de reflexiones en torno a todo lo que hace.

Excepto el único mural que ha hecho, el único que lleva su firma, el ubicado en la Av. Barcelona. A esa obra artística tituló: “Guayaquil de fiesta”. Y uno, luego de enterarse de esa denominación, no puede evitar preguntarse por qué le dio a toda una ciudad un título que representa, más biensu forma de afrontar la vida. Y de pintarla.

*Revista Caras, julio/2010

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domingo, 15 de agosto de 2010

Aquí va:


Jamás se me cruzó por la cabeza: ¿escribir las reacciones que provocó la última crónica que publiqué en SoHo (N°91)? No podría decir que no lo consideré necesario. Simplemente, insisto, ni siquiera se me ocurrió hacerlo.

Pero es necesario.

Talvez porque estoy dando mis primeros pasos en esta carrera.

O porque no es tan sencillo soportar tanta carga. Tantas críticas.

Porque, ingenuo quizás, jamás imaginé que una crónica podría generar tantas llamadas a mi celular, tantas cartas a mi e-mail.

Porque ni siquiera sabía que me leían tanto.

Y, más que nada, porque, al escribir esto, estoy agradeciendo a una talentosa ex periodista, con quien tuve una larga conversación y que me dio esta grandiosa idea.

"Yo quisiera leer una segunda parte", me dijo. "¿Qué pasó después de que publicaste la crónica?".
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¿Pues qué les diré? Mis hermanas no me hablaron por semanas, mis viejos tomaron la misma actitud y algunos amigos me estrecharon la mano y me abrazaron, como si hubiese ganado algún premio importante. Es extraño. Otras crónicas mías han pasado desapercibidas. Es extraño, pero tiene lógica. Los temas que hasta entonces había escrito eran diferentes. No hay que ser un genio del mercadeo para comprender que el tema que me ofrecieron vende.

Cuando decidí dedicarme al periodismo, decidí estar dispuesto a todo. Cualquier tema, si se le da un trato delicado, puede ser periodístico. Cualquiera. Si me envían a tierras lejanas a buscar a Osama Bin Laden, lo hago. Si se trata de entrevistar al abogado del Diablo, ahí estaré, frente con frente, averiguando por qué lo defiende.

¿Por qué acepté la propuesta de la revista: probar los anuncios de la "Zona picante" del diario Extra y escribir mi experiencia?

Primero, porque sabía que la primera persona iba a estar latente. Porque me fascinan las crónicas testimoniales, en las cuales la voz del periodista se siente, y detesto las crónicas frías, con narradores que se creen Dios. Sabía que el tema se prestaba para jugar, para no ser tan serio, para ser irónico. La propuesta, entonces, periodísticamente hablando, me pareció interesante.

Segundo, porque lo hice para una revista inteligente, que utiliza el tema sexual de la misma forma como los griegos usaron el Caballo de Troya. En palabras de Daniel Samper, el editor general, las fotos de modelos famosas en situaciones eróticas ha sido una especie de trampa, pues dentro hay artículos y crónicas muy interesantes, de firmas muy reconocidas a nivel mundial (no me incluyo, por supuesto). Porque no escribiría lo mismo para el diario Extra, el medio al que, justamente, critico de una forma disimulada en la crónica que escribí.

Y tercero, porque aún poseo la virtud (si es que se la puede llamar así) de escribir sin pensar dos veces. Porque, si moriría y me reencarnaría en el cuerpo de un escritor, volvería a escribir lo mismo.
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Reciéntemente, la crónica de un amigo de la U, publicada en la revista de la facultad, recibió más críticas que el anuncio de Obama de construir una mezquita cerca de la "Zona cero". Con un lenguaje desenfadado y un estilo de escritura atractivamente frío, su crónica (una crítica a la idiosincracia de la política de la facultad: el sexo y el alcohol como artimañas para captar los votos de los estudiantes del preuniversitario) dividió a la facultad. Un día, me acerqué donde él y le pregunté cómo se sentía. Antes de su interminable discurso, él sonrió. Es el mismo gesto que me descubro gracias al protector de pantalla de la computadora en la que, nuevamente, si pensarlo dos veces, escribo este texto.

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domingo, 8 de agosto de 2010

El llanto de las armas de Chimbo


El llanto de las armas de Chimbo
Por Arturo Cervantes

Fotos: Omar Sotomayor

El ambiente armero se siente inclusive antes de llegar. Fernando Jiménez, el taxista que me lleva desde Guaranda hasta Chimbo, elaboraba hasta hace poco revólveres. El trayecto es corto, demora alrededor de veinte minutos. El viaje lo amenizan extensas plantaciones de maíz (con trabajadores vestidos a la altura de la moda indígena), tres moteles de nombres risibles ("Tú y yo", "Sol y Luna" y "Venus, la diosa del amor") una que otra tapicería y mecánica automotriz y numerosas casas rústicas, todas rodeadas por el torrentoso río Chimbo.

Para pisar San José de Chimbo es necesario descender. A pesar de sus considerables 2.500 metros sobre el nivel del mar, el pueblo se encuentra en una hoya, lo que hace necesario que Fernando baje su Chevrolet Corsa amarillo por una cuesta empedrada. Esa casualidad geográfica, me regala una generosa vista del cantón que estoy a punto de conocer. Visto desde arriba, este es un pueblo inacabado. La mayoría de sus construcciones están a medio recorrido: sin enlucir, sin pintar, dejando ver sus costuras, sus enormes ladrillos y fierros que brotan de los pilares que las sostienen, así como sus improvisadas terrazas que, en un futuro, podrían convertirse en pisos adicionales. La mayoría de las casas tienen techos de teja, balcones y chimeneas rústicas.

Camino por las adoquinadas calles de Chimbo. Todos los talleres que visito lucen polvorientos, desolados. Los armeros, sin excepción, se refieren a las armas en pasado. Encienden las luces de sus pequeñas fábricas y cuentan historias que, da la impresión, se encuentra a años luz de distancia.

Bajo con la premura propia de cuando se pisa una calle construida en una pendiente. Aplico, cada tanto, los frenos de mis zapatos para no caer de orejas. No tengo intenciones de detenerme en ningún taller hasta llegar a suelo plano, pero un señor vestido con impecable terno y sombrero negro –que, al verme pasar, seguramente nota mi apariencia forastera- me hace cambiar de opinión: "Yo soy Gilberto Mora, el herrero más viejo de Chimbo. ¿Qué desea?, ¿qué está buscando?", me pregunta con voz debilitada. Gilberto, de 86 años, está sentado en una silla de plástico, a la entrada de su local, observando el poco movimiento exterior.

Hace veinte años, las manos de Gilberto fueron las encargadas de hacer gatillos, tubos, cachas y tambores: piezas indispensables para la fabricación de las armas. Haciendo uso del entonces muy empleado querosín, prendía fuego y, con la ayuda de una lima especial y un taladro, daba vida al hierro. Pero nada de eso queda en su taller. Lo único que permanece es lo adquirido en los grandes almacenes de Guayaquil. A Gilberto Mora también se le ocurrió la grandiosa idea de viajar a esa ciudad porteña para comprar materiales de construcción que no existían en Chimbo. Fue el primer chimbeño que pensó de esa forma.

Pero ahora ya no hace nada de eso. Ahora su taller es un museo de reliquias. Todo lo que en repisas y en vitrinas se exhibe, se quedó en el pasado. Rulimanes de todos los tamaños, inmensas tijeras para cortar alambres, cinceles disímiles, resortes de distintas clases, llantas para máquinas, pistones para carretas. Todo, absolutamente todo, está oxidado y polvoriento. Gilberto se quedó en los tiempos del sucre; lo cual es literal: él sigue cotizando sus productos con esa moneda en desuso. Lo cierto es que ya nadie va a su taller. Hace veinte años que dejó de trabajar. Sus días transcurren con relativa tranquilidad. Permanece, la mayor parte del tiempo, sentado fuera de su negocio ficticio, disfrutando la cómoda vida que le han regalado sus hijos: una empleada que cuida de él y de su esposa, y todo el dinero necesario para la alimentación, vestimenta y salud de ambos.


Gilberto Mora

Continúo. Bajo la cuesta. A pocas cuadras del taller de Gilberto, se encuentra el de Isidro Peña. Con 48 años a cuestas, Isidro recuerda la época en la que a Chimbo llegaban clientes de todo el país para comprar sus cotizadas carabinas de cacería. Las compraban camaroneros para espantar a los animales depredadores de sus criaderos; o simples cazadores de tortolitas, conejos, capibaras, venados, loros y monos.

Isidro pronuncia el código que lo identifica como fabricante de armas: ECO70. Para los armeros, las series de ese tipo equivalían a los números de la cédula de identidad. Ese código, validado por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, era incrustado en las armas fabricadas por Isidro. No es que al Gobierno le importaran mucho los derechos de autor. Lo que se buscaba con esto, más bien, era llevar un control de las armas. Limitar el número de fabricación para los autorizados y que no lo hiciera cualquier erudito sin permiso.

Me retiro de otro taller que -sirvan mis dedos como evidencia- también está bañado en polvo. Me dirijo hacia el barrio Tamban, ubicado en el punto más alto de San José de Chimbo. Esta vez es necesario coger un taxi. Podría ir caminando, pero eso sería un castigo muy despiadado para un costeño que acaba de pisar la región interandina.

Mi objetivo tiene nombre y apellido: Rómulo Sánchez. Desde que llegué a Chimbo, no he dejado de escuchar su nombre. Es, por así decirlo, una leyenda viviente. Es una de las personas a quien se le atribuye la primera escopeta de chimenea de Chimbo. Y es, también, un baúl sobrecargado de recuerdos. Pero esta vez, el abandono se siente mucho más. Nadie responde mis llamados. Así que decido ingresar a las penumbras en las que se encuentra inmerso el taller. Me dirijo hacia una puerta exterior que tiene salida a la casa rústica donde vive Don Rómulo y vuelvo a gritar su nombre, esta vez hasta incluyo su apellido. ¿Quién es?, pregunta la empleada doméstica del señor Sánchez.

Se respira polvo. Se respira historia. Rómulo Sánchez tiene 87 años, habla como el Doctor Chapatín y tiene piel canela. En su taller, además de toda su maquinaria manual (ninguna de sus herramientas de trabajo funciona con electricidad), consta un diploma otorgado en el año 1976 por el Ministerio de Trabajo. En la I Exposición de Artesanías y manualidades del Ecuador, realizada en Quito, una de sus escopetas obtuvo el primer premio. Muchos años más tarde, dándole valor a ese galardón, el entonces presidente de la República del Ecuador, Jaime Roldós Aguilera, prometió llevarlo a Israel para que lo capacitaran en el arte de fabricar armas. Rómulo fue uno de los ecuatorianos que más sufrió cuando supo que el avión en el que viajaba Roldós se estrelló. En ese avión, también murió la ilusión que tenía de pisar suelo extranjero para tecnificar su oficio.

"Yo fui el primer presidente del Gremio de Armeros de Chimbo. Y, durante la presidencia de Guillermo Rodríguez Lara, un intendente que se llamaba José Vaca nos chantajeó diciendo que si no le dábamos 1.000 sucres cada uno (de los 42 miembros del gremio), nos cerraba los talleres", cuenta Rómulo, quien persuadió al grupo que dirigía para que no aceptaran el chantaje del intendente. Éste, como represalia, clausuró todos los talleres, alegando que en Chimbo se fabricaban armas para matar al presidente.

Rómulo Sánchez viajó a Quito, acompañado del entonces presidente del Sindicato de Trabajadores del Guayas, para hablar con el General Rodríguez Lara. Una vez que estuvo ante él, denunció el chantaje. "Pero eso que ustedes fabrican, mata", le reclamó el presidente. "Cierto es, mi General. Pero es para la gallareta, para el montubio", le explicó Sánchez. "A ver, párate allá, trae una pistola, y vas a ver que sí te puedo matar", le retó Rodríguez Lara. Al final, llegaron a un acuerdo: "Mañana anda a las nueve de la mañana al Ministerio de Defensa y retira el permiso para todo tu personal", le dijo el presidente. El sindicalista del Guayas intervino: "Vea, señor presidente, si usted a las nueve no le da el permiso a mi compañero Sánchez, le advierto que somos más de 800 mil trabajadores en todo el Ecuador. Y mañana o pasado podemos estar sobre su palacio. Usted sabe que los monos somos revoltosos".


Rómulo Sánchez

La primera vez que el gobierno retiró los permisos de los armeros de Chimbo, el Ecuador estaba en plena dictadura. La última vez fue en este año.

***
La relación Chimbo-armas comienza en la época de la colonia y termina el 24 de marzo de 2010. En la etapa colonial, los habitantes de esta pequeña ciudad, situada a 14 kilómetros al sur de Guaranda y fundada en 1535, eran los encargados de dar mantenimiento al armamento de los patriotas. "En las Batallas del Camino Real estuvieron nuestros antepasados dando apoyo, reparando los mosquetes y las diferentes armas que se utilizaban en nuestro país", comenta Napoleón Guillén, presidente de la Asociación de Armeros de Chimbo 22 de Abril.

La popularidad herrera de los chimbeños continuó en los siguientes siglos, con la elaboración de herraje para caballos, mulas y burros. Luego vendría la fabricación de armas. Fue, justamente, el tío abuelo de Guillén –Matías Guillén- quien junto a Rómulo Sánchez fabricaron en la década de los 30 la primera escopeta de chimenea de Chimbo. Años más tarde, Napoleón Guillén continuaría con la fama precursora de su familia al crear la primera escopeta repetidora de cinco tiros del país. Para entonces, las armas ya eran uno de los principales ingresos de las familias del pueblo.

Y así fue hasta una nublada mañana del 24 de marzo del presente año, cuando un contundente operativo policial incautó gran parte de las herramientas de trabajo y la mercadería de los armeros de Chimbo. Como era de esperarse, los chimbeños guardaron resistencia y, tras varias medidas de presión -entre las que se incluyó el temporal secuestro del gobernador de la Provincia de Bolívar-, las maquinarias fueron devueltas. Sin embargo, después de aquel día, "la ciudad de Benalcázar" no volvió a ser la misma. Ese fue el último "disparo" del gobierno hacia los armeros, luego de una serie de medidas gubernamentales que terminaron poniendo punto final a su ancestral oficio.

***

Primer disparo. Herida de guerra.

Se da el 30 de noviembre de 2007. El artículo 82 de la Ley Reformatoria para la Equidad Tributaria del Ecuador golpea a los armeros de Chimbo. Las "armas de fuego, armas deportivas y municiones", ingresan al grupo de "consumos especiales" y se les da un 300% de arancel.

"Un revolver de $100; más el impuesto del 300%, llegaría a los $400; más el IVA, $448; y más la ganancia, ese revólver costaría $500. ¿Quién nos va a comprar a ese precio tan elevado?", pregunta Guillén.

Segundo disparo. Casi un traumatismo.

Ocurre el 30 de junio de 2009. Los ministros de gobierno, Gustavo Jalkh, y de Defensa Nacional, Javier Ponce, según Acuerdo Interministerial No. 001, disponen la prohibición del porte y la tenencia de toda clase de armas, "exceptuando a las empresas de guardianía y seguridad privada, hasta que la Policía Nacional inicie la expedición de dichos permisos". Con ello, el mercado de los armeros se vio drásticamente limitado. Desde ese día, sus ventas sólo apuntaron a un sector: a las empresas de seguridad.

Los ciudadanos que ya poseían armas, sin embargo, podían optar por la recalificación de su bien, no sin antes someterse a exigentes pruebas que avalaran la regularidad tanto del arma como del portador. "Esta medida va encaminada a crear mayores niveles de seguridad ciudadana. Esto va a facilitar mucho el trabajo de la Policía Nacional", aseguró, por esas fechas, el ministro Jalkh. Sin embargo, Juan Verdesota, especialista en armas, afirma que "Ellos (los del Gobierno) creyeron que prohibiendo esto iban a aminorar la delincuencia. Pero la delincuencia nunca se va a nutrir de armas hechas legalmente. Deben ser duros con el mercado negro, no con el legal. Ahora todo el mercado lo han acaparado los proveedores clandestinos".

Tercer disparo, el letal.

El 24 de marzo de este año, el gobierno ordena un operativo policial. Centenares de uniformados, con cascos y escudos antimotines, con toletes y pistolas, y, algunos de ellos, con perros policías e imponentes caballos, retiraron la mercadería y las herramientas de trabajo de los armeros de Chimbo. Esa misma noche, el Ministerio de Gobierno ordenó que se devuelva todo lo incautado, excepto los permisos para la fabricación y comercialización de las armas.

Casi un mes después, el 23 de abril (el mismo día en que la provincia de Bolívar celebró 126 años de fundación), autoridades gubernamentales llegaron a Chimbo con un supuesto plan para dar trabajo a los armeros desempleados, pero se limitaron a solicitarles la fabricación de mobiliario para algunas oficinas estatales. Aunque no todos los armeros poseen la infraestructura necesaria para realizar dicha tarea, hay algunos que han logrado adaptar sus talleres para poder trabajar en el pedido. Sin embargo, según Napoleón Guillén, este tan sólo serviría para mantenerlos con trabajo por dos meses. El Gobierno ha dicho que pretende ayudar a Chimbo a convertirse en un pueblo metalmecánico. Pero nadie sabe cómo ni cuándo sucederá eso. Sólo se sabe que, mientras tanto, los ex armeros se siguen sumeriendo en un abandono cada vez más evidente.

*Crónica publicada en la edición #339, agosto/2010, de la revista Diners.

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