Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

jueves, 31 de marzo de 2011

Loja II

Me estafaron, una vez más. Y digo una vez más porque hace poco pagué por montar una lancha maltrecha, que llevaba un jardín de infantes completo, con la promesa de que observaría ballenas jorobadas apareándose (sólo a eso vienen al Ecuador: a aparearse. Estas aguas deben ser, para ellas, algo así como un paraíso afrodisiaco), y tuve que conformarme con verlas saltar pero desde mi dormitorio, gracias al Discovery Chanel.

La primera gran mentira es decir que Loja tiene el mejor clima del país. A mí, al menos, me recibió con una lluvia apocalíptica y un frío glaciar. Debe tener el peor alcantarillado del país: bastaron unos pocos minutos para que toda la ciudad se convirtiera en un río.

Y en un río sucio, lo que es peor. Eso desmiente otro de los mitos, la segunda gran mentira: que esta es la ciudad más limpia del mundo. Botellas vacías que seguían el veloz ritmo de la corriente, cáscaras de frutas, fundas de cachitos picantes y hasta restos de lo que un día fue un cuy. Señores de Vachagnon, pilas, podrían hacer negocio en estas tierras, lo prometo.

Llegué al hotel, pronuncié mis datos en la recepción, con esa velocidad Ferrari digna de nosotros los costeños, pero fue en vano. Ni yo pude entender a la recepcionista nativa ni ella a mí. Lo que sigue, es un intento de diálogo:

-Su nombrEEEEE, por favor.

-Arturocervante(s)

-¿AlbertOOOO CedeñOOOO?

-A-R-T-U-R-O - C-E-R-V-A-N-T-E-S

-Su númerOOO de cédulAAA.

-0920….

-¿Escribirlo, podría, mejor, por favor?

-Sí, me quiero inscribir. Gracias.

-No, ESCRIBIR, quise decir, si podría, su número de cédula.

-…

Lojanos: seres que anteponen los verbos antes de los sujetos. Es como si lo obligaran a uno a ejecutar las acciones con los ojos vendados, sin saber, primero, de qué se trata la cosa. No arrastran las “rr”: las barren, las trapean y luego las dejan brillantes, relucientes. Todos, sin excepción, tienen acento de tenores de una vieja ópera parisina. No hablan, cantan. Venir a Loja, equivale a presenciar un musical de Tim Burtom. ¿Los lojanos tienen la mejor pronunciación del mundo? Next.

By Arturo Cervantes with 5 comments

sábado, 5 de marzo de 2011

Loja I

Todos los que hablan de Loja hablan bien de Loja. Todos: ya sea que quien lo diga sea un lojano o un turista nacional con acento adefeciosamente catalán o un extranjero de esos que siempre cargan mochilas largas en sus espaldas. Dicen, por ejemplo, que posee el mejor clima del país. Dicen que tuvo el mejor alcalde del país. Dicen que sus habitantes tienen la mejor pronunciación del país. Dicen que tienen el agua y el aire más puro del país. Dicen que es la ciudad más segura del país. Dicen que también es la más limpia. Dicen que su gente posee el promedio de esperanza de vida más alto del país. Así que, si decido viajar 9 horas desde Guayaquil, si decido levantarme a las 5 am, hacer la maleta de rigor, meter lo necesario para sobrevivir cuatro días fuera de la ciudad, ni más ni menos, sólo lo necesario, y movilizarme hasta el punto más bajo del país, a ese punto que llama tanto la atención porque uno sólo lo ha visto en el mapa, si decido hacer todo eso, no es por gusto. En el fondo, lo único que uno aspira es comprobar si todo eso que se dice de Loja es cierto. Así de simple. Asegurarse de que todo lo que a uno le enseñaron en la escuela es verdad y no lo estafaron.

By Arturo Cervantes with 2 comments

sábado, 26 de febrero de 2011

El entrenamiento de un perro de Antinarcóticos

Teo jamás ha probado una hembra. Está condenado a una eterna virginidad. Y eso, sin haber hecho el voto de castidad de rigor.

Todo eso lo sé antes de conocerlo, inclusive. La noticia, por un segundo, hasta me inspira lástima ajena. Estoy en el Centro de Adiestramiento Canino, colocado, por razones logísticas, en la misma vecindad donde se halla el Aeropuerto de Guayaquil y, en menos de lo que tarda un pestañeo, voy a conocer a ese canino que está sumergido en el más penoso de los celibatos. Aquí se entrenan a los únicos 35 canes que, cuando trabajan, no son precisamente los mejores amigos del hombre. O, al menos, no de las de los cientos de mulas que, diariamente, dan pasos nerviosos por los aeropuertos y carreteras de este país. País que, por cierto, es algo así como un túnel obligado por el que tiene que pasar la droga proveniente de naciones productoras como Colombia o Perú.

-Tráelo al Teo- ordena el teniente Jorge Chérrez a alguien que, a juzgar por el tono de voz empleado, es de un rango policial inferior a él. Chérrez (ambateño) es el oficial operativo de la Unidad Canina Antinarcóticos del Aeropuerto José Joaquín de Olmedo.

De repente aparece un macho que, en realidad, es mucho más que eso: una mole de casi un metro de altura y 60 kilos. Teo es, en rigor, un Golden Retriever y los Golden Retriever, de por sí, tienen un olfato extremadamente sensible. Los humanos, en un esfuerzo sobrehumano, somos capaces de oler hasta 700 partículas. Ellos, casi sin despeinarse, pueden percibir más de 9 millones de sustancias.

Teo posa su barbilla sobre su pecho y me mira de reojo, con una mirada de venado, tímida. Su estatura de caballo no le quita su apariencia tierna. Es, por así decirlo, el Brad Pitt de este centro de adiestramiento de perros antinarcóticos. En la sala de pre embarque internacional del aeropuerto que ostenta un nombre de poeta, las chicas se acercan donde él, le dicen: “¡Qué lindo!”, con ese tono tan femenino, tan cursi, y se desdoblan mientras lo dicen. Piden, mueren por acariciar su pelaje dorado, pero eso está prohibido. El Cabo Segura Lino, su guía personalizado de toda la vida y un tipo con una paciencia infinita, no lo permite. Él sabe que Teo es una suerte de Caballo de Troya: detrás de ese disfraz de ternura se esconde una auténtica máquina captadora de droga. Un imán de cocaína, heroína, éxtasis y marihuana camuflada, siempre, con un ingenio que García Márquez envidiaría.

Sólo en el 2010, aprehendió 268 kilos con 855 gramos de droga. Sólo en ese año, realizó 11 hallazgos y metió tras las rejas a 12 ecuatorianos. Sólo en su último triunfo, el 9 de noviembre del año pasado, impidió una comercialización redonda de 3´000.000 de dólares o, lo que es lo mismo, que 20 kilos de cocaína ingresan a Miami en tiempos como el actual, en que el kilo de esa droga, en el mercado yanqui, está valorado en $150 000. Nada más, nada menos.

Pero Teo se convirtió en una celebridad mucho antes que eso. El 20 de abril de 2010, su aclamada nariz descubrió lo que la prensa, con esa rapidez que la caracteriza, denominó el “Caso Poleas”: una burla por cuatro meses a los controles antinarcóticos, haciendo uso de un complejo sistema de poleas instalado en el cielo raso del aeropuerto José Joaquín de Olmedo de Guayaquil.

El Caso Poleas

Teo no trabaja, juega. El aeropuerto guayaquileño es, para él, un gigantesco parque de diversiones. Su guía simula lanzar una pelotita de tenis y él la busca. La busca con energía pueril. Cuando encuentra droga, se sienta. Así de sencillo. Luego, su entrenador vuelve a fingir sacar la pelotita, pero, esta vez, de la maleta o del objeto donde Teo haya encontrado la droga. Teo agarra con su hocico la pelota, y se larga. Él no busca droga, él busca su mugriento juguete esférico. Eso desmiente lo que todos, por lo menos una vez en nuestras vidas, hemos pensado: que los perros antinarcóticos son más grifos que Bob Marley. La misma metodología que, más bien, parece una pobre tomadura de pelo a un inocente perro, fue utilizada en el “Caso Poleas”, que generó ganancias, como la mayoría de comercializaciones narcotraficantes, no determinadas, aunque, se sabe, fueron cifras que no pertenecen a este mundo.



Era de noche, y Teo se paseaba con su guía en la sala de pre embarque internacional del Aeropuerto de Guayaquil. Muchos policías, disfrazados de civiles, estaban atentos a cualquiera de sus alertas. De repente dio una: giró con violencia su cabeza, en dirección a un trabajador del aeropuerto con una delgadez digna de una escoba. Se trataba de Cristóbal Cruz, auxiliar de limpieza del aeropuerto, quien cargaba un tacho de basura. A medida que Teo se acercaba, Cruz mostraba una palidez cada vez más fantasmal. Nervioso, vio cómo la nariz canina protagonista de esta historia olfateaba el tacho. Teo se sentó, y eso ya sabemos qué significa. Los policías abrieron el tacho y se tropezaron con 14 paquetes de clorhidrato que iban a ser entregados a un pasajero con destino a España. Cruz jamás olvidará el rostro angelical del canino que le obsequió hospedaje gratuito en la Penitenciaría de Guayaquil por 12 años.

El caso sirvió para que el Unidad de Antinarcóticos abriera bien los ojos, y descubra un mecanismo que se venía practicando desde hace cuatro meses atrás. La droga llegaba a los parqueaderos del aeropuerto y era colocada en tachos de basura. Personal de limpieza la recogía y caminaba con ella hasta un cuarto de mantenimiento de acceso restringido. Desde ahí iniciaba el sistema de poleas que se había instalado sobre el tumbado, y que llegaba hasta los baños de la sala de pre embarque, evitando, de esta forma, los controles migratorios y las máquinas de rayos X. La droga, nuevamente, era recogida de los baños por trabajadores del aeropuerto en tachos de basura para, finalmente, ser entregadas a pasajeros dispuestos a cargar con esa cruz en sus travesías a Europa o EEUU.


Cinco empleados de Tagsa, la empresa que administra el terminal aeroportuario de Guayaquil, fueron detenidos por tener participación directa en este caso. Es probable que, en algún lugar del mundo, alguien que seguramente vive prófugo por ser un capo duro de la droga y haber manejado a la distancia esta red de narcotráfico en Ecuador, está manifestando, en este preciso instante, un odio muy sincero hacia Teo.

***

Teo es gringo. Nació un 20 de mayo de 2005 en un centro de adiestramiento canino de Virginia. O sea, está próximo a celebrar seis años de vida-canina (42 años-humanos). Cuando cumpla diez será, oficialmente, un perro jubilado. Y lo más probablemente es que pase los últimos años de su agitada vida en la casa de su entrenador, pero descansando, como una mascota más. Antes, los perros antinarcóticos que cumplían sus años útiles de trabajo tenían un destino que parece extraído de algún relato de Edgar Allan Poe: eran enterrados bajo tierra. Se los inyectaba para que reciban una muerte sin sufrimiento. Con esto se evitaba que lleguen a manos de poderosos narcotraficantes, y que los estudien con detenimiento para descubrir sus debilidades.

Teo llegó a Quito a los ocho meses de edad. Recibió un entrenamiento en la Capital de seis meses y, de inmediato, fue enviado a Guayaquil para que, en plena adolescencia, cual miembro de familia necesitada, empiece a camellar. Lo recibieron en el Centro de Adiestramiento Canino que, también, tiene mucho de gringo. Gran parte de su capital proviene del gobierno norteamericano (el restante, del Estado ecuatoriano). EEUU, por poseer un buen porcentaje de población grifa, es el país que más invierte en equipamientos antinarcóticos y los reparte en puntos estratégicos. Ecuador, en teoría, es un punto estratégico.


A este Golden Retriever lo tratan como a rey. Tiene un peluquero, un veterinario, un entrenador-psicólogo, un guardia de seguridad, un limpiador. Su casa es de cemento y pequeña. Dos por cuatro, a lo mucho. La parte frontal de su hogar está enrejada y, a estas horas que lo visito, en que el sol amenaza con largarse, apenas ingresa una luz tibia que deja ver un plato metálico totalmente vacío.

Su rutina de baño es muy a lo Chavo del 8: una vez por semana, los domingos. Come, a las 4 pm, el equivalente a ocho tazas de balanceado PRO-CAN. Teo devora esos 840 gramos a la velocidad de una máquina trituradora. Su pelaje de oso recién levantado es cepillado dos veces al día y con diferentes objetivos: primero para desenredarlo y, luego, para eliminar cualquier bicho extraño que atente con postrarse en el cuerpo de Su Majestad. Por eso, también se le colocó un collar anti-garrapatas. Por eso, sus dedos que, más bien, parecen salchichas tamaño coctel, y todo su cuerpo son limpiados, diariamente y en seco, con una dedicación solemne. Cada tres semanas aparece el peluquero para darle un look policial nuevo. Cada dos meses y medio se asoma el veterinario para, de ser necesario, desparasitarlo y hacerle una limpieza de oídos a este animal de orejas largas como un burro.

***

Una funda de heroína en mis narices. El teniente Chérrez me la acaba de enseñar antes de introducirla en una maleta negra, gastada. El Centro de Adiestramiento Canino tiene más maletas negras y gastadas de lo que cualquier mente viajera pudiera imaginar. Sirven, por supuesto, para los entrenamientos. Sobre el suelo se colocan varios equipajes para lo que será una simulación de una aprehensión de droga. Teo está listo. Le enseñan la pelotita. Teo quiere jugar.

Y juega. El guía amaga con lanzar la pelotita de tenis. Y Teo corre, corre como sólo corre un canino de la su linaje. Si esto fuera un partido de fútbol nacional, los comentaristas dirían que va camino al título. Olfatea todas las maletas. Pasa la primera. Pasa la segunda. Pasa la tercera. Pasa la cuarta y se regresa, algo sospechoso hay en ella. Se detiene un instante. La olfatea con más rigor. Sus ojos se tornan rojos, se agita, empieza a mover su cabeza de manera desesperada, como un energúmeno. Y se sienta. Finalmente se siente.

Luego, lo de siempre: Teo recibe su pelotita y, cual niño, se desconecta del mundo.

En la práctica, el asunto parecería más difícil: las mulas camuflan la droga en tallos de flores, suelas de zapatos, dobles fondos de maletas, desodorantes, cangrejos y hasta en cuyes. Mezclan, en un acto de ignorancia único, la droga con pimienta, ají, mostaza, ajo, y (en una ocasión) hasta con orina de león. Y se introducen a los aviones pensando que, con toda esa mezcolanza repugnante, pueden confundir a perros del tipo de Teo. Piensan mal: uno de los entrenamientos consiste en encerrar a estos caninos en un cuarto repleto de sustancias para que aprendan a diferenciar olores.

Me despido del teniente Chérrez. Le digo que voy a regresar para averiguar más. Él me dice que no puedo regresar. Que eso es todo. Que ya vi suficiente, que ya sé suficiente. Que después los narcos se ponen moscas, y que se enteran de cosas que no deberían enterarse. ¿Los narcos leen revistas?, pienso de manera estúpida. Me voy, pero, antes, echo un vistazo a la agenda de Teo y me doy cuenta que para eso es necesario un largavistas: tiene trabajo fijo por los próximos treinta días.

*Publicado en la revista SoHo (Ecuador), edición #97, febrero/marzo 2011; e incluida en el libro 'Crónicas', que publicó la editorial Dinediciones en el 2015 Fotos: Amaury Martínez.

By Arturo Cervantes with 4 comments

martes, 15 de febrero de 2011

Gotas biográficas II (mi intento de tenista)

Todos me regresaron a ver, sintiendo una sincera lástima ajena. Un vendedor de helados, que cargaba un gorro de aspecto jocoso y que pasaba por ahí haciendo bulla con su carrito chillón, dejó de hacerlo cuando me vio. Un niño, que iba agarrado de la mano de su madre, me señaló como se señala a los trapecistas deformes o a los gigantes de dos metros y medio en los circos. Y sólo una anciana de fealdad sobresaliente (¡qué sería de este país sin las ancianas de fealdad sobresaliente!), con cabello maltrecho y con un rostro lleno de grietas, tuvo las agallas de preguntarme qué diablos me pasaba.

Caminaba por la congestionada Av. 9 de Octubre, cuando sucedió: mi brazo, rebelde ante cualquiera de mis órdenes, se movió por voluntad propia, cobró vida, y simuló el mejor de los derechazos tenísticos. Luego lanzó un revés al aire sólo digno de Roger Federer. Y, así, se fue de largo, continuó con un drop shot, luego se estiró para realizar un remate demoledor y casi rasguña el suelo para elaborar un slice de ataque más corto punzante que un estilete.

Me sucede a menudo.
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Y en cualquier sitio.
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Y a cualquier hora.
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Yo lo llamo el síndrome post-tenístico. La Ciencia ya perdió todas las esperanzas conmigo y sólo se limita a decirme lo que ya sé: que fueron muchos años los que intenté ser tenista, que esos reflejos me acompañarán hasta mis últimos días, que no hay cura para ese mal.

Recuerdo que en mi primer año de tenista no gané ni los sorteos. Recuerdo que, en la primera ronda de un torneo en Quito, me ganaron 6-0, 6-0 y que mi rival se desperezaba antes de conectar cada servicio. Recuerdo que más demoró mi vuelo a la capital que aquel partido. Recuerdo que la primera vez que gané un encuentro fue por W. O (no presentación del rival). Y recuerdo también que la única vez que jugué una final fue en un sueño. Algo es algo, pensé cuando me levanté.

Hubiese seguido así, de largo, necio como un ateo, de no ser porque un amigo, que administraba una página web de deportes y que se enteró que constantemente viajaba por el Ecuador para jugar torneos juveniles, me cogió de pato. O sea, de reportero deportivo. La idea me atrajo: me descalificaban de todos los torneos en menos de lo que tarda un parpadeo y, luego, me dedicaba a escribir todo lo que veía. Con mi pluma despedazaba los talentos tenísticos ajenos. Con mi pluma criticaba los estados de las canchas y a los organizadores. Con mi pluma, hasta tuve aires de meteorólogo de CNN y me animaba a anticipar el clima que se avecinaba antes de los partidos.

Hasta que, un día, un día de esos en que el cielo te regala un rayo de verdad, me di cuenta que era más fácil hacerlo fuera de la cancha que dentro de ella. Lo mismo que, creo, le debe haber sucedido al barrigón de Carlos Victor Morales (¿se lo imaginan corriendo?) o a Vito Muñoz (¿se puede cabecear con su cabeza cuadrada?). Y, si todo esto es verdad, si en verdad existimos y la vida no es una farsa, aquí estoy, con los dedos morados de tanto darle al teclado. Una vez más.
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*Publicado en la Revista La U, febrero/2011, edición #346

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jueves, 3 de febrero de 2011

Juan Pablo Meneses, el periodista portátil


Estuvo en el mítico campo de guerra vietnamita, disparando un fusil AK 47 y escribiendo su experiencia. Lo mismo hizo cuando participó en una película porno de Ron Jeremy, en New York. También navegó una semana en un barco Greenpeace, con un grupo de enfermos ecologistas que arriesgan su vida con tal de salvar ballenas, y hasta se animó a correr en la mortal carrera con toros de San Fermín.

El periodismo, para él, es una excusa para recorrer el mundo e incomodar su ritmo cardiaco.

El día en que la Policía Nacional se apropió del país, el chileno Meneses estaba en Guayaquil. Dictaba un taller de crónicas periodísticas en la Universidad Católica, cuando, de repente, una orden institucional lo obligó a él y a quienes lo acompañaban a refugiarse en una sala de profesores. Delincuentes armados habían ingresado a la universidad para asaltarla.

Afuera, la ciudad lucía como el dormitorio de un adolescente desordenado. Algo me dijo que ese era el ambiente ideal para conversar con alguien como él, que, a sus 41 años, todavía vive su vida con intensidad, como si se tratase de la mejor de las ficciones.


Han sido 14 años ininterrumpidos de viajes. En los últimos tres meses estuviste en Argentina, Chile, Brasil, Colombia, Perú, Uruguay y ahora estás acá, en Ecuador. ¿Hasta cuándo, Juan Pablo, hasta cuándo?
La verdad, no sé. Es una vida que ya la decidí y que no voy a poder cambiarla ni con un trabajo a tiempo completo, en una oficina. Hoy por hoy todo requiere de viajes, de dormir en hoteles y estar en contacto con personas de distintas nacionalidades. En ese sentido, lo que yo hago y denomino “Periodismo Portátil” es sólo una reacción a una demanda actual.

Periodismo Portátil es eso: viajar por el mundo para contar historias reales. Un periodista portátil utiliza cualquier cyber del planeta como oficina. Luego ofrece lo escrito a distintos editores de revistas internacionales para que publiquen sus historias.

¿Y no te cansas de viajar?
Sí, me canso. Pero cuando trabajaba en una oficina, con horario fijo, con saco y corbata, con el mismo jefe y los mismos compañeros todos los días, me cansaba muchísimo más.

A los 27 años maté mi anterior vida de oficinista. Hice una apuesta al todo o nada: compré una Compaq E 500 y una cámara digital y me fui de Santiago sin destino fijo. Mi objetivo parecía extraído de un cuento de aventuras: viajar y contar historias por el mundo. Mi familia me decía que la iba a pasar muy mal. Fue el riesgo más grande que he tomado en mi vida. Y pudo no haber funcionado.

Y ahora, que publicas en prestigiosas revistas internacionales, que tienes cuatro libros escritos, que das conferencias por el mundo, ¿eres el orgullo de la familia?
No, yo siempre fui a la oveja negra. Imagínate que tengo un hermano economista que se graduó en Harvard, él, en verdad, es la estrella de la familia. De todas formas, sí provoqué un cambio considerablemente en una familia muy tradicional, de trabajo fijo, con una tradición de oficina. Y ahora mis sobrinos que me leen en revistas, y que ven que viajo, cuando les pregunto qué quieren ser de grandes, me dicen que quieren ser escritores, guitarristas de una banda de rock, pintores u otros oficios más independientes.


¿Hace cuánto que no regresas a Chile, tu país natal?
Regreso esporádicamente, pero nunca me quedo más de dos semanas. Eso desde hace 14 años. Siempre me he sentido extranjero, inclusive, en mi propio país.


Entonces, ¿cuál es la nacionalidad de un periodista portátil?

Yo no creo en las nacionalidades, no poseo ninguna. Soy un ciudadano portátil. O, como dijo Dante en La Divina Comedia, “mi patria es el mundo en general”. Siempre me he sentido extranjero. Y cuando digo “extranjero” quiero decir que todo lo veo desde afuera. Me parece que eso, para los que nos dedicamos a escribir, es saludable. En el fondo, uno tiene ese ADN.

¿Cómo ves la vida en los hoteles?

Los hoteles son sitios de oportunidades. Yo de pequeño los veía con admiración: ahí sólo entraban personas importantes, que sabían hablar muchos idiomas. Ahora, que noto que se han convertido en mis hogares, me doy cuenta de que nunca voy a poder salir de ellos. La vida de hotel es como la de un drogadicto o la de un inmigrante: quieres, pero no puedes.

¿Has perdido la noción de dónde te encuentras: te levantas en la mañana y no sabes dónde rayos estás?

Sí, y es algo terrible. El otro día me sucedió eso en Cândido Godói (Brasil), un pueblo que es considerado la capital mundial de los gemelos. Fui a escribir esa historia para la revista SoHo y me desubiqué, me perdí, no sabía dónde estaba. Sólo un día antes había estado en Lima, presentando mi último libro.

En otra ocasión, estaba dando una conferencia de periodismo en un auditorio de La Paz y me despedí con un: “Gracias, colombianos, por haberme recibido”. Venía de Colombia y aún no había asimilado el cambio de territorio. Yo pensaba que eso sólo le ocurría a Julio Iglesias.

Pero eso se lo aprovecha. Cuando todo está en caos, como ahora con este intento de Golpe de Estado en Ecuador, yo sé que me va a ir muy bien porque el periodismo portátil es de sobrevivencia y a esas cosas se les saca partida. Cuando todo está en orden, tranquilo, yo sé que me va a ir pésimo porque no tengo nada que contar.


¿Prefieres, entonces, vivir en peligro?

Sí, porque la máxima del periodismo portátil es sobrevivir escribiendo historias por el mundo. Y las situaciones caóticas me inducen a narrar. Cuando eso ocurre, el papel y la pluma me coquetean.

La palabra “sobrevivir” es muy importante. Yo creo que el periodismo portátil en Latinoamérica podría funcionar muy bien, y yo podría dejar de ser el único que me dedico a esto. Vivimos en un continente de urgencia y aprendemos desde chicos a sobrevivir: aprendemos que los policías se pueden tomar las calles, incendiar llantas y lanzar gases lacrimógenos, pero que, de todas formas, nosotros debemos llegar a casa intactos; conocemos qué esquinas son peligrosas y cuáles no; sabemos que no se puede confiar en los extraños. Son barreras por superar, son reglas de supervivencia. Cuando vivía en Barcelona y me dedicaba a este tipo de periodismo freelance, sabía que lo mejor para mi bolsillo sería aprovechar una promoción de dos hamburguesas al precio de una que lanzó Burguer King. Eso no me lo enseñó nadie. Se trata de tener ingenio para, literalmente, sobrevivir y no morir de hambre.


¿En qué otras ocasiones has mostrado tu instinto de supervivencia?

Las veces que, ejerciendo este oficio, me han asaltado y apuntado con un arma. O cuando recibí amenazas de un grupo de ultravegetarianos argentinos, luego de escribir el libro “La vida de una vaca”, para el cual me compré uno de esos animales y lo maté. Todo para poder explicar la pasión que tienen los argentinos por la carne. O cuando una barra brava de fútbol descubrió que me infiltré en su grupo para escribir sobre ellos. O cuando fui a la Antártida y sentía que mis huesos iban a explotar. Pero, en realidad, mi mayor peligro ha sido el tipo de vida que llevo: pasar de hotel en hotel, de avión en avión y así, todo el tiempo.


Se compró una ternera, la crió por dos años y luego la tiró a la parrilla. Todo para contar la pasión argentina por la carne ("La vida de una vaca", Seix Barral 2007).

¿Sin poder conformar una familia: esposa, hijos?
Es difícil que alguien que viaje tanto logre conformar una familia. Yo no la tengo, soy divorciado y no tengo hijos. Las tres relaciones largas que he tenido han sido con mujeres que han viajado mucho más que yo. Pero ni así nos entendimos (ríe).

¿Te consideras un bicho raro?
Yo no, pero sí me han considerado. Estoy haciendo algo diferente a lo convencional y eso hace que no me aburra. Yo creo que el periodismo está lleno de aburridos, sobretodo los que trabajan con horario fijo en redacción.

¿Sentiste, alguna vez, que tu vida es lo más cercano a una ficción?
Sí. Estar en constante movimiento, de país en país, me lleva a que me pasen muchas cosas. Y yo siento que las vidas de la mayoría de mis seguidores son aburridas. Lo sospecho por el Twitter: me piden que les cuente todo lo que hago. Sus vidas no son lo suficientemente divertidas y por eso me preguntan qué me está pasando. Pero, por otro lado, también me parecen extraordinarios aquellos que tienen una vida en un mismo lugar, con una misma mujer, con un solo trabajo, y que tratan de mantener eso todos los días, con el mismo entusiasmo. Esa es una aventura para la cual todavía no estoy preparado, pero que me encantaría experimentar.
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¿Cómo te ves a los 70 años?
No tengo idea de qué va a pasar. Quizás en 30 años las historias se cuenten de una manera que ni siquiera imaginamos. Por eso, la esencia del periodismo portátil es contar historias. La forma en que se cuenten puede ser la crónica extensa o, el día de mañana, quién sabe, talvez se lo haga en pequeños caracteres a través del Twiter. O, más adelante, quizás en código morse.
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De lo que sí estoy seguro es que los diarios, en 30 años, ya habrán entendido lo que yo vengo predicando desde hace mucho tiempo: que tienen que dejar de dar noticias. Los diarios ya no están para dar noticias -para eso está la inmediatez del internet o de la televisión-. Los diarios están para contar historias particulares.
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Dentro de 30 años, quizás luzca más joven (ríe). En serio: cada año que pasa, si uno sigue haciendo lo que le gusta, no envejece. No quisiera ser un viejo que sólo cuente sus experiencias, lo que alguna vez hizo. Me gustaría seguir con proyectos a los 70 años. Me preocupa, eso sí, que a esa edad ya no pueda viajar.
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Meneses abandona la universidad. Su próximo desafío es llegar a salvo al hotel donde está hospedado, en el centro de la ciudad. La mayoría de las calles están cerradas. No hay transporte público. Muchos ciudadanos se han estrenado como ladrones. A esta hora, Guayaquil continúa siendo un rompecabezas inacabado.

*Publicado en la revista Diners, febrero/2011, edición #345

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martes, 4 de enero de 2011

Gotas biográficas I (mi intento de futbolista)

Vamos por partes. Yo no quería ser escritor, quería ser futbolista. Como buen niño ecuatoriano, yo soñaba con reventar redes, correr como negro del Chota, envolverme con la tricolor y claro, más tarde, largarme a Europa, cargar un Rolex y manejar un Ferrari color vino.

En mi escuela, a los diez años, sudar era ser un bacán. La popularidad escolar se la medía de una manera objetiva: según la cantidad de gotas salinas que despedía tu cuerpo, te ganabas (o no) el trono infantil. Así de simple. Así de imparcial. Vestir el 10 de la selección escolar era lo mejor que te podía pasar, era todo, era motivo suficiente para conquistar a la más linda de la clase, la de turno.

Mis ídolos no eran Vargas Llosa ni García Márquez ni ninguno de esos pseudo-intelectuales que aún conservan la mala costumbre de escribir. Alex Aguinaga e Iván Kaviedes eran, para mí, los verdaderos duros criollos, esos que salían en la TV y que se daban el lujo de rechazar autógrafos en la calle.

Como todos los de mi especie, jugué el Interbarrial, aquel torneo que se lo publicita como “el más grande del mundo”, el paso obligado de todo futbolista que aspira jugar en primera. El primer escalón rumbo al estrellato, me prometieron.

Pero, durante mi fugaz y lamentable carrera futbolística, lo único similar al estrellato que experimenté fue un choque de cráneos del que fui protagonista. La culpa la tuvo la vaca. En serio: era un futbolista obeso, con contextura de luchador de sumo. Un auténtico imbécil, con complejo de cangrejo, que corría hacia atrás. Y sin regresar a ver de reojo, por lo menos. Se trataba de la final sub-10 del torneo que les menciono. Quedamos 1 a 1 y ambos (el equipo contrario y el mío) dimos la vuelta olímpica. Una política empresarial que hasta la fecha sigue vigente y que tiene por objetivo evitar llantos pueriles. Una decisión muy cristiana que, paradójicamente, proviene de los organizadores de un torneo explota-infantes. De unos empresarios con todas las de ley.

Yo anoté el gol del campeonato. Fue el único gol que anoté en todo el torneo, un golazo, un tiro de larga distancia que dejó boca abierta a un arquero rival con una delgadez digna de una escoba. La verdad, lo único que quería era deshacerme del desquiciado balón, pero el esférico, rebelde como un forajido, se introdujo en el arco norte del estadio Modelo, donde se jugaban las finales para que nos sintiéramos importantes. Me entrevistaron y me fotografiaron para la página trasera de El Universo, la destinaba a los mocosos que soñaban con ser como el Tín Delgado.
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Ese fue mi primer contacto con el periodismo. El comunicador deportivo que me entrevistó, me hizo cuatro preguntas, no las incluyó, e inventó una novela con mi nombre y apellido. Algo así como “Arturo Cervantes, emocionado, no pudo con la emoción y, luego de anotar el gol del triunfo, con lágrimas en los ojos, abrazó a sus padres y les dedicó el gol. Su próximo reto es ser el mejor alumno de su clase (…)”.


No quería ser el mejor de mi clase. Jamás lloré de la emoción. Fue aquel reportero deportivo, que seguramente ahora es un exitoso novelista y camina libre por las calles, sin ningún juicio en su contra por daños a terceros, el que me hizo decepcionar del fútbol y de la prensa ecuatoriana en general. De mi decepción, nació la idea de ser periodista (siempre me sucede lo mismo: como el día en que, siendo aún niño, dije que estudiaría dos profesiones, que sería “arquitecto y barrendero profesional”, desencantado, en plena alcaldía de Bucaram, al ver que Guayaquil era un rompecabezas inacabado y que olía a mercado de mariscos).

Antes, mucho antes de adquirir solvencia testicular y dedicarme a escribir, fui futbolista. De los peores que esta tierra pudo dar. Fue como un primer strike. Luego vendría un segundo intento fallido: fui tenista, en tiempos en que medio Ecuador lo querían ser. La culpa la tenía Nicolás Lapentti, por aterrizar en zona prohibida, dentro del top ten mundial. No sé por qué, pero eso me hizo pensar que yo también lo podría lograr.
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*Revista La U, enero/2011

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Fantoche: un mundo sin libreto

En agosto de 2003, Fantoche organizó el primer Match de improvisación en Ecuador y todos nos preguntábamos qué estaba pasando. Centenares de cejas levantadas y mandíbulas caídas exigíamos una explicación. ¿Teatro? ¿Deporte? El escenario era la pista de patinaje guayaquileña “San Bernardo”. Se colocaron varios graderíos metálicos, y ahí nació otro público teatral. Un público participativo. Un público que, antes de que inicie el Match, cantó su himno paradigmático; que gritó (por el equipo rojo o por el azul); que propuso títulos para que los improvisadores, a partir de ellos, inventen historias; y que, al final del partido, sacó una tarjeta de color para votar por el mejor.

El espectáculo incluía un árbitro –con uniforme de reo, silbato y un cronómetro en su muñeca izquierda- y dos asistentes encargados de hacer respetar el reglamento universal del Match de impro: no se pueden usar chistes, slogans o personajes chichés; las historias deben tener coherencia con los títulos dados por el público o por el juez; se debe respetar el número de jugadores, el tiempo y el estilo dado por el árbitro (historias al estilo de una telenovela mexicana o de una película de acción hollywoodense o de un documental de Discovery, por sólo citar unos cuantos ejemplos); y un etcétera tan exigente como el reglamento oficial de la FIFA.
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Luego supimos que en otros países ya existía la improvisación. Y que el Match de impro, su formato más deportivo, tenía, inclusive, mundiales. Y que, como toda técnica, la impro también tenía un padre: el canadiense Keith Johnstone. Y que ese papá tenía un “hijo” en Latinoamérica llamado Ricardo Behrens (juez en aquel Match en Guayaquil). Y que fue este último, argentino, quien inyectó en las venas del grupo Fantoche el arte de crear historias sin un libreto.

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Principios del 2003. Hugo Avilés y Ruth Coello, esposos y fundadores del grupo Fantoche, estaban en Buenos Aires. Caminaban por Corrientes, una calle que siempre huele a teatro. Cargaban un letrero invisible que decía: “Turistas”. De repente vieron otro, visible, que indicaba que esa noche el grupo LPI, dirigido por Ricardo Behrens, presentaría un “Match de impro”.

Entraron con curiosidad guayaquileña y se sorprendieron: un teatro que no era teatro, sino, más bien, un patio diminuto. Actores que no eran actores. O, al menos, no como hasta entonces, pensaban que eran los actores: seres anclados a un texto teatral, con vestuarios para cada personaje, sin la virtud de la espontaneidad. “El libreto es como una camisa de fuerza a la que, lastimosamente, los actores tenemos que estar ceñidos”, me diría, muchos años después, Hugo.

Así que esta pareja teatral, que llevaba 20 años sobre las tablas y ya había saboreado casi todos los géneros teatrales, regresó a Guayaquil con rostro de niño que acaba de descubrir un juego nuevo. Y con una necesidad irrefrenable de contar, a todos sus colegas, la novedad que habían visto en la tierra de Gardel.


Hugo Avilés, fundador del grupo Fantoche

Recién en Ecuador, contactaron a Behrens. Lo invitaron a que dicte talleres de su especialidad en Guayaquil y funde la Liga Ecuatoriana de Improvisación (LEI), pues él era el único autorizado en Latinoamérica para inaugurar ligas de ese tipo. Aceptó. A cambio de una amabilidad económica, claro. De inmediato, Hugo, Ruth y otra integrante del grupo, Raquel Rodríguez, lanzaron una convocatoria dirigida a “actores profesionales y no profesionales que estén interesados en formar un grupo de teatro impro”. La respuesta fue inmediata.

Cuarenta personas, entre esas Karen Mendoza, María Fernanda Gutiérrez, Antonella Rossi y Fabricio Mantilla, se acercaron de manera cautelosa, sin tener muy claro por dónde iba el asunto, y participaron de una pre-selección. Dieciocho afortunados fueron seleccionados para recibir el taller de capacitación con Behrens. Aprendieron destrezas generales de improvisación y las reglas del Match de Impro. El taller culminó con la presentación de aquel histórico Match de improvisación ecuatoriano, formato teatral-deportivo que Fantoche siguió practicando en diferentes escenarios.

Un año después, en el 2004, trajeron a Gustavo Miranda (director de “Acción impro”), un nombre que sigue sonando fuerte en Colombia, su país de cuna. Su grupo había participado en dos mundiales de improvisación, en Argentina y México. Contaba con una sala ubicada en el barrio más pudiente de Medellín: El Poblado. Con presentaciones todos los fines de semana. Con un público devoto que lo seguía a todos lados. Con un elenco de improvisadores frescos, recién salidos del horno, de la universidad. Con ese perfil auspicioso llegó Gustavo a Guayaquil para enseñarles a crear formatos de improvisación largos.




Después del taller dictado por Gustavo, Fantoche voló muy alto. En el 2005, el grupo organizó el I Festival de Teatro de Improvisación de Guayaquil. Vinieron tres grupos de improvisación foráneos: Acción impro (Colombia), Ketó (Perú) y la LMI (México). Pasaje, estadía y honorarios: cortesía de la casa. Fantoche tan solo tenía tres años en la actividad, pero ya había alcanzado un sueño recurrente en los grupos de improvisación: crear un formato propio. “Zona impro”, una patente que, con éxito, pusieron en escena en ese festival internacional.

Los siguientes años, en cambio, fueron ellos los invitados a festivales en Colombia, Brasil y Chile. Se mezclaron con los pesos pesados de la improvisación: como Impromadrid (España), Lospleimovil (Chile) y Jogando no Quintal (Brasil). Llevaron otro formato de improvisación de su autoría: “Momentos improlongados”. En esos viajes, notaron que las posibilidades de improvisación son ilimitadas (vieron desde impro-danza hasta impro-percusión) y que la mayoría de los grupos latinoamericanos de impro tenían casas de teatro, adecuadas para el caso, en galpones. Se vieron al espejo: ellos aún eran un grupo nómada. Así nació la Casa Fantoche, que tiene serios motivos para justificar su nombre: una cocina con un refrigerador repleto de cervezas, una sala para poner en escena las improvisaciones, un baño y tres cuartos (uno de ellos, con un plasma en el que siempre se exhiben cortometrajes y una pequeña mesa con hojas para jugar Chantón). El público, con cerveza en mano, se sienta en el suelo, en cojines multicolores, pide algún piqueo y observa a pocos centímetros todo el espectáculo.


Uno que vi se llama “Fun fun impro”. Y, en serio, todo es diversión. Vestida con una minifalda y blusa escotada, Katherine Donoso sale con una bandeja y reparte shots de aguardiente. Casi al mismo tiempo ingresan, bailando, tres improvisadores con vestuario colorido: Hugo Avilés, Fabricio Mantilla y Ruth Coello, quienes rebajan sus pechos hasta pasar por un chupete gigante. Por último, Juan José Jaramillo, presentador del espectáculo, entra al escenario con un chaleco blanco y un gigantesco sombrero morado. Lanza un dado gigante, que rueda gracias a las manos en alto de los espectadores. Aquella noche, se detuvo en el número cinco. Y, por eso, jugaron “Abecedario”, que funciona con dos jugadores. Cada uno de ellos debe utilizar -en orden- las letras del alfabeto para cada uno de sus diálogos, y así fabricar una sola historia. El público (compuesto mayoritariamente por estudiantes o profesionales de Diseño o Publicidad) dio el tema: “La PJ (Policía Judicial)”. Hugo y Ruth comenzaron con la letra “P”, y dieron una vuelta magistral a todo el abecedario con una ingeniosa historia de dos presos. El dado siguió rodando. Esta vez, deben jugar “Principio y final”. ¿Cómo inicia la historia?, pregunta el presentador al público. “Dentro de una cartera”, grito. Mi pedido es aceptado. “¿Y cómo termina?”, vuelve a preguntar. “Jugando a las escondidas”, sugiere una pelirroja. “En un bar alternativo”, pide una chica de ojos marrones, casi al mismo tiempo. “Entonces, la historia termina: ‘Jugando a las escondidas en un bar alternativo’. ¡Que comience la impro!”, ordena el presentador. Y la historia sorprende a todos. Dos enanos que roban cosas dentro de la cartera de una gigante. La gigante los descubre y los usa como muñecos: los monta en un coche deportivo de la Barbie y terminan, efectivamente, jugando a las escondidas en un bar gay.

El espectáculo concluye. Los improvisadores se van al camerino, gritan “Mucha mierda”, se visten como personas normales, y regresan donde el desesperado público que los espera, con rostros de groupies, para tomarse fotos y felicitarlos.
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Todo era perfecto. Quería descubrir qué había detrás de todo esto. Al igual que un maniaco tras la receta de la Coca Cola, yo estaba obsesionado por saber cómo inventaban historias de la nada.


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Estoy infiltrado en un entrenamiento. Hugo Avilés realiza estiramientos en una esquina de la Casa Fantoche. Llama al grupo para que se acerque. Aparece Ruth Coello, quien acaba de consumir un tabaco en un balcón con vista a las Peñas. Pocos segundos después, Fabricio Mantilla se acerca al mismo tiempo que se despereza y Juan José Jaramillo hace lo mismo, pero con su celular en la mano. Karen Mendoza y María José Jaramillo, las dos restantes integrantes del grupo en la actualidad, no pudieron venir hoy.

Los improvisadores se vendan sus ojos y se quitan los zapatos. Entonces comienzan a caminar ciegos por un espacio reducido y, rara vez, tropiezan. El ejercicio sirve para estimular otros sentidos diferentes al visual. Improvisador que se respete, dicen, “mira” con los oídos, con el cuerpo, con la percepción, con los ojos y con el tacto. Luego se quitan las vendas y siguen caminando en diferentes direcciones.

Hugo da instrucciones para realizar un ejercicio sensorial: sólo uno de los cuatro puede detenerse, sin ponerse de acuerdo. Fabricio es el primero en hacerlo. Los tres restantes continúan caminando. Con esto se busca mejorar la sincronización y la visión periférica, atributos dignos en un jugador de impro.
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Ahora sí, comienzan a fabricar historias. Hugo les da temas al azar y les ordena colocarse unas máscaras tipo RoboCop, que sirven para restringir la gestualidad de los rostros y poner énfasis en la expresividad del cuerpo. Un improvisador debe dominar su comunicación corporal. Hugo, cual entrenador de fútbol, está en cuclillas y aprueba o rechaza cada una de las actuaciones de sus dirigidos.
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Por último, se sientan en círculo. Deben realizar una carta oral. Cada improvisador está autorizado a pronunciar una sola palabra y, enseguida, otro debe continuar. El juego sirve para adquirir destrezas narrativas.

La carta, editada, pues la original contenía un atractivo vocabulario malhablado, quedó así: “Ladronzuelo, estoy furioso porque nuevamente me has robado cosas caras. Quiero recuperarlas, así que más te vale que las devuelvas. Espero que las advertencias que te estoy haciendo sean atendidas; caso contrario, enviaré a unos negros para que te violen. Con cariño, Juanjo”. Todo dicho con una fluidez envidiable y con imperceptibles pausas entre turno y turno. “Parece preparado”, les dije sin remordimiento. Luego supe que ese es el mayor halago que puede recibir un improvisador.
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*Revista Diners, edición #343, diciembre/ 2010

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