Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

sábado, 8 de mayo de 2010

¿So?


Primer día de clases. Esto no está bien. Ha transcurrido media hora y aún no he escuchado una sola palabra en inglés. Y en una clase que, en rigor, se llama Inglés.

El profesor, fácil, podría pasar como estudiante. Tiene ojos ligeramente rasgados y un peinado con raya a un lado, como alumno escolar. Lleva puesta dos camisetas: una sudadera blanca (por dentro) y una polo azul (por fuera). Nos dice que le da lo mismo que lleguemos puntuales o que no. Tampoco, dice, se va a molestar el día en que suene algún celular en plena clase. Lo dice en serio. Lanza chistes agrios, y se ríe de ellos. Es evidente: se esfuerza por caer bien.

No es el único que se ríe de sus bromas: un grupo de estudiantes (mujeres) también lanza carcajadas con cada palabra que sale de su boca. Y no es por complacerlo, en serio les causa gracia lo que dice. Una de ellas lo mira fijamente. Tiene pelo lacio, negro. Una de sus manos sostiene su barbilla. Carga una camiseta anti-taurina que lleva impresa el slogan: “Tortura, ni arte ni cultura”. Apostaría lo que sea a que no sabe nada de toros.

Definitivamente, detesto estas clases de inglés. El idioma, como tal, me agrada. Disfruto con el audio original de las películas de Hitchcock o de Kubrick. Lo que no me gusta es tener que dejar mi facultad (en mi universidad, las clases de esta lengua anglosajona son en otro edifico). Todo es diferente: aquí no hay pupitres individuales, hay escritorios compartidos. Aquí no hay conocidos, hay desconocidos. En esta clase se encuentran estudiantes de las más diversas carreras. Es antipedagógico y peligroso juntar personas con diferentes gustos. En serio.

El profesor sigue con su monólogo. Tiene veintiséis años y, como ya lo insinué, no tiene pinta de profesor universitario. Detesto a los profesores excesivamente serios, que se toman muy a pecho la etiqueta de “catedráticos”, pero detesto aún más a los profesores que se ponen al mismo nivel que los estudiantes. Está hablando de sus últimos vaciles y de su vida empresarial. Sí, para colmo es empresario. (Los empresarios: seres con saco y corbata que pasan, gran parte de su vida, encerrados en alguna oficina. Se dicen “eficientes”, “proactivos” e “innovadores”. Empresario que se respete utiliza, al menos, cincuenta veces al día esas palabras. E intentan aplicarlas donde sea que se encuentren. Y en efecto, todos los empresarios son innovadores con el SRI, eficientes cuando toca cagar y proactivos a la hora de escoger secretarias).

Break. Ya era hora. Veinte minutos libres. Abandono el edificio de idiomas, voy camino a Sweet & Coffee. La fila es considerable. Me coloco al último, como corresponde. Cuando llega mi turno, pido un cortado: gasolina para la hora y media que queda de clase.

Regreso al aula. Entro con café en mano. En la pizarra acrílica están escritas tres preguntas que, mister empresario, quiere que las respondamos:

1. Tell me about your self (your background).

2. What would you consider your greatests strengths and weaknesses?

3. What two or three accomplishments have given you greatest satisfaction? Why?

Es curioso, muchas de esas preguntas las he utilizado en las entrevistas que he hecho. Pero nunca me las había formulado. El ejercicio me parece atractivo en una clase en la que, hasta entonces, nada lo era.

Mister Emprendedor ahora nos cuenta sobre las empresas por las que ha pasado. Y el número de carreras que , no entiendo cómo, tiene a cuestas. Y la maestría que está cursando. Todo en español. Mientras tanto, yo me esfuerzo por responder las preguntas en una hoja arrancada de mi cuaderno. El ejercicio se me dificulta, no tanto por la complejidad de las preguntas planteadas sino por la voz del “profesor de inglés”, quien ahora nos recomienda no amarrarnos entre compañeros de clase.

De repente ocurre algo que sorprende: Sr. Empresario pronuncia el idioma de Ernest Hemingway. Por un instante pensé que se había equivocado de clase, de universidad, de oficio. “So, how are the questions?”, nos pregunta.

El tiempo transcurre. Lento, pero transcurre. Al finalizar la clase considero la posibilidad de escribir una carta al director del departamento de idiomas para felicitarlo por la calidad de profesores angloparlantes que tiene esta universidad. Así sí se justifica la rectificación de la Conea, al subir a la UCSG de la categoría C a la B en la honorable lista de universidades que tiene este país. Cambio y fuera.

By Arturo Cervantes with 4 comments

sábado, 1 de mayo de 2010

Tiro de pechuga en La Prosperina

Este blog debería tener audio. Debería tenerlo para que usted, estimado lector, tenga una idea de lo que es entrar a una gallera. Trataré de ser lo más descriptivo posible, aunque soy consiente (sólo ahora lo sé) de que la que escritura es limitada, hasta un tanto mezquina, diría yo. Las onomatopeyas no sirven de mucho. El vano esfuerzo por describir lo imposible, tampoco. Insisto: ¡esto debería tener audio!


Imagínese el cacareo de un gallo en el interior de algo que se asemeja a un coliseo. Añádale cincuenta gallos al lugar, es decir, cincuenta cacareos más. Estruendosos cacareos. Todos al mismo tiempo. Ahora, súmele la presencia de doce vendedores que luchan por hacerse escuchar, gritando que venden (léase con tono de vendedor callejero): ceviches de pescado; dulces de piña, de higo y de manjar; chuzos, natillas, cocadas, alfajores, cigarrillos, caramelos, refrescos… La suma continúa: agregue el ruido que produce una botella Pilsener de vidrio al ser lanzada con violencia al suelo (¡crack!). Violencia propia de un gallero cincuentón pasado de copas. Y los gritos apasionados de decenas de aficionados. Y aún más: la música que exhala un gigantesco parlante moreno. Vicente Fernández con una canción ranchera a toda madre:


Linda la pelea de gallos,
con su público
bravero,
con sus chorros de dinero,
y los gritos del gritón.

(…)

Ya comienza la pelea,
las apuest
as ya cazadas,
las navajas amarradas,
centellando bajo el sol.


Cuando sueltan a los gallos,

temblorosos de coraje,
no hay ninguno que se raje,
para darse un agarrón.


La música, cada tanto, es interrumpida por un señor de voz carrasposa que anuncia a gritos los turnos de los competidores: “Señores de Rocafuerte (provincia de Manabí), en quince minutos acercarse a la mesa”. En rigor, la música no debería ser parte de la fiesta porque “desconcentra a los gallos”, o al menos eso es lo que dice Hugo Zambrano, quien lleva seis años asistiendo a espectáculos de este tipo. Porque esto, señores y señoras, lo que se vive en la gallera La Prosperina, es todo un espectáculo.


Gran trabajo para los oídos: identificar sonidos provenientes de todas partes. No llevaba más de dos minuto en el lugar cuando, de repente, a pesar del ensordecedor ambiente, logré escuchar mi nombre: “Arturo –me gritaron-. ¡Al fin llegaste!”. Di media vuelta. Era Marcos Díaz, un gallero trigueño y pasado de kilos al que había seguido el rastro la semana previa a la competencia. En realidad no lo había seguido a él, sino a uno de sus gallos: un dominicano, robusto, negro como un Doberman, con alas coloradas y una cresta diminuta. Tenía cinco peleas invictas. O, lo que es lo mismo, cinco peleas sin conocer la muerte. A diferencia de cualquier otro deporte, en las peleas de gallos el pleito termina cuando uno de los dos luchadores muere. Pueden empatar, pero para eso tendrán que transcurrir diez eternos minutos. Lo normal es que, en cuestión de minutos, o segundos inclusive, uno de los dos animales muera víctima de una embolia o de un derrame. Eso es lo normal en una fiesta en la que la muerte es la invitada de honor.


Depredador, antes de competir.

-Depredador ya mismo compite –aseguró Marcos con emoción. Así llamaba a su gallo. Y no era en vano. Pocos días antes, observé sus entrenamientos: tenía serios argumentos para justificar su nombre. En serio.


El trámite para competir es, más o menos, sencillo. Marcos, su disimulada gordura y su temerario gallo enjaulado llegaron a la gallera La Prosperina. De inmediato puso al animal sobre una tabla vieja que sirve para cotejar (cotejar: dícese en lenguaje gallero del acto de comparar dos o más gallos hasta encontrar -al ojo- similitudes en estatura y, luego -con la ayuda de una balanza- en peso). Al colocar su gallo en una balanza de cuero, asombrado, descubrió que Depredador había bajado de peso: ahora pesaba tres libras doce onzas. Una onza menos de lo que pesaba la noche anterior. Al parecer, la dieta a base de maíz había funcionado. Un manabita, que vestía un pescador caqui y una camiseta pirata del Inter de Milán, al ver las aproximaciones que existían entre su gallo y el de Marcos, lo retó a un duelo. Incluso lanzó una cantidad: quinientos dólares. Así, como si nada. Como si fuesen caramelos lo que estuviesen en juego. Marcos aceptó. Le tenía mucha confianza a su gallo. El manabita, por lo visto, también. Serio problema.


Después fue necesario hacer oficial el asunto, para que ninguno de los dos galleros se haga el vivo al final del combate. Ambos depositaron los quinientos dólares en un “banco” destinado para el caso. Luis Eureta –quien hace las de tesorero en La Prosperina- fue el encargado de recibir los mil dólares. Eureta repartió a los competidores dos papeles. Uno para cada uno. En el uno constaba por escrito: “Marcos Díaz. $500”. Y en el otro: “Emilio Monje. $500”. Al finalizar el combate, el juez es la persona encargada de entregar el papel del ganador al tesorero. Los quinientos dólares no son en su totalidad del gallero que resulte victorioso. De ese valor, se descuenta un quince por ciento: diez por ciento por la inscripción al torneo y cinco para pagar al juez. Le dieron turno (pelearía después de que concluyan dos peleas), y eso fue todo. Así de simple. Así de rápido.


Todo está listo. Tomé puesto en segunda fila y esperé a que Marcos y su gallo entraran al circo, el espacio físico destinado para que los gallos derramen su sangre. Dinero a cambio de sangre, para ser más preciso. El escenario bélico es redondo y de tierra. Es una especie de coliseo romano, pero versión maqueta. Hay gradas para que los aficionados-apostadores se puedan sentir más cómodos. Aunque ni tanto. Sentados pueden estar sesenta y dos personas. El resto tiene que estar de pie, apoyando sus brazos en una baranda. El resto son muchos. Decenas. Desde que logré sentarme en segunda fila (privilegio del cuarto poder del Estado) no he dejado de recibir apuestas. Las apuestas entre el público, esas sí, son de palabra. Siempre se cumplen, caso contrario el “estafador”, fácil, puede recibir una docena de golpes por parte del público. Después experimenta una exclusión social: lo sacan de la gallera y se le impide su ingreso de por vida. Aquí nadie intenta hacerse el vivo. Al camarógrafo, quien me acompaña, también lo han bombardeado con apuestas de todo tipo. Por un momento pensé que ambos llevábamos colgados un cartel invisible que decía: “Estáfame, soy inexperto en gallos”. Las rechacé todas, como si provinieran del diablo. No tanto por temor a ser estafado, sino porque sólo cargaba veinte dólares en mi bolsillo. Veinte dólares, créanme, en medio de tanto fanático que a cada rato exhibe sus voluptuosos fajos de billetes, es nada. Ese dinero lo estaba guardando para el gallo de Marcos Díaz. Más por compromiso que por convicción.



Marcos ingresa al circo. Viste una camiseta negra con rayas blancas y amarillas, un jean desteñido y una gorra beige. En sus brazos carga a Depredador. La imagen, si se la analiza, no es muy congruente: Marcos sostiene, de forma paternalista y hasta con cariño, a un animal con serios problemas de comportamiento. Un animal tan bravo que hasta sufre del hígado. Las apuestas, entre los aficionados, comienzan. Caen como gotas espesas provenientes del cielo. Caen como cae un clavadista desde una plataforma de diez metros. Caen como piedras lanzadas de una terraza.


- Le voy cinco (dólares) a patas verdes.

- ¡Dale!

- Le voy diez a patas rojas.

-¡Lo tomo!

- ¡Veinticinco a patas verdes!

- …


Depredador es patas verdes. No es que las tenga, sino que le han colocado un cintillo de ese color en esas extremidades para poder ser identificado. A su rival lo llaman patas rojas. Las apuestas se lanzan al aire para que todos puedan escucharlas. No se las dirige a nadie en específico. El que quiera tomarlas, las toma. Bastará un movimiento de manos o un simple: “¡Lo tomo!” o “¡Le voy!” para cerrar el trato. Tal como sucede en la Bolsa de Valores Wall Street. Me animo a participar. “Voy 20 dólares a patas verdes”, grito. Un tipo que aparenta tener más años que la tortuga George se volvió ciento ochenta grados hacia mí, para mirarme. Es de esos tipos que se peinan echándose todo el pelo hacia un lado para que no se note su calvicie. “¡Lo tomo!”, me dice. Sorprende verlo ahí, despierto, gritando, apostando. Acabo de establecer un trato con una persona que, seguramente, ha pasado gran parte de su larga vida en esta gallera. Y que, no lo dudo, sabe lo que hace.


***

Las espuelas son a los gallos lo que las manos son a Jackie Chang. Lo son todo. Son sus únicas armas de combate. Son como navajas que los gallos llevan en sus patas y que sirven para herir-matar a sus rivales. Los gallos no saben de llaves ni de puñetes secos. Su estrategia es simple: agarrar con su pico a su enemigo y dar patadas hasta clavar sus filudas espuelas en el cuerpo de su oponente. Ahora bien, las espuelas naturales, además de que tardan mucho en crecer, no son tan afiladas como las artificiales. Por esa razón, en las peleas de gallos se utilizan estas últimas. Las hay de dos tipos: de hueso de pescado (extraídas del pez sierra) y las de plástico. En la Prosperina se usan espuelas de plástico. Si bien es cierto que estas no son tan dañinas como las de pescado (pues reducen las posibilidades de producir quistes), a la hora de la pelea, se convierten en armas mortíferas. El procedimiento para colocarlas tarda pocos minutos: primero se recorta o se lima las espuelas naturales; luego se limpia y desinfecta la poca sangre que sale del animal y se coloca una cera para enganchar las nuevas espuelas. Finalmente se las forra con esparadrapo, por si las moscas se quieran salir en pleno combate.


***


Los dos galleros están frente a frente. Sostienen a sus crías; a los animales, hoy, cotizados en quinientos dólares. Valor que, dicho sea de paso, en el país equivale a más de dos salarios básicos. Están picando a los animales, es decir, acercándolos y alejándolos para que entren en calor, en coraje. No los sueltan todavía. Es un ritual que no deja de ser necesario: los gallos se conocen mutuamente. Cero amistad de por medio. Depredador conoció al animal al que debe destrozar. Eso, si le da la gana de portarse amable con mi bolsillo, el de Marcos y el de muchos aficionados que, pude constatarlo, confían en él.


Depredador versus Patas rojas.


Trataré de narrar la pelea con tono de periodista radiofónico apasionado por Barcelona:


El juez pita, los galleros sueltan a sus gallos y arranca el combate. Depredador se aproxima a Patas rojas. Está con rabia. Mucha rabia. Conecta una patada en el ala derecha de Patas rojas. Patas rojas se enoja y también lanza una patada. Su espuela queda enganchada en la carne de Depredador. El juez interviene: su silbato suena y los galleros ingresan al circo para separar a los gallos. El juez vuelve a pitar. Los galleros sueltan a sus animales, no sin antes acariciarlos, darles besos. Los sueltan para que, ahora sí, de una vez por todas, maten a su oponente. Depredador está caliente. El público se emociona, silba, agita las manos, grita (“¡Métale patas verdes!”,” ¡Dale duro que es gallina!”, “¡Pique, dele, pique, pique, pique…!”…) El dirigido por Marcos Díaz aletea hasta elevarse ligeramente. En el aire, lanza una patada con destino al ojo derecho de Patas Rojas. “¡Ahí!, ¡ahí!”, gritan en las gradas al observar esa patada. Patas rojas tambalea. Las filudas espuelas lastimaron su ojo. Está sangrando. Depredador no da tregua, nuevamente conecta una patada. Esta vez le da en el pecho. Eso fue todo, señores y señoras, Depredador acaba de ganar la batalla. Esa patada atravesó el pulmón de Patas rojas. Lo suficiente como para matarlo.


Ese golpe ganador es conocido, en la jerga gallística, como “Tiro de pechuga”.


Marcos Díaz se muestra sonriente. Siempre lo está, pero ahora que se sabe ganador, se le nota aún más. Levanta a Depredador como quien levanta el trofeo de la Uefa Champions League luego de ganarla. El público aplaude. Yo grito su nombre y él me escucha. Le enseño el billete que acabo de ganar. Él se ríe. Se ríe con ganas. Yo también me río. No es para menos: jamás había ganado veinte dólares sentado, viendo treinta y ocho segundos de enemistad ajena.


*Texto: Arturo Cervantes
Fotos: Guido Bajaña
Crónica publicada en la segunda edición de la revista Luz Lateral

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