Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

viernes, 25 de diciembre de 2009

Érase una vez el amor pero tuve que matarlo



Te levantas de la cama, luego de hacer caso omiso a los tres primeros llamados de tu alarma. Te alistas para ir a la universidad. Te das cuenta que tu reloj tiene deseos de llevarte la contra. Te apresuras. Es lunes, muy pocas cosas buenas ocurren un día como ese, por lo que consideras un logro el solo hecho de haber llegado a tiempo a tu clase de Literatura Contemporánea. Tu profesora entra al aula, anda con buen ánimo. Casi de improvisto, la escuchas hablar de una novela a la que califica como “desgarradora” y “pequeña joya”. Consume toda la hora introduciendo datos del autor, algo del contexto histórico y pequeños abrebocas sobre la trama. De repente, tu maestra cambia su rostro efusivo y amenaza con un control de lectura para la siguiente clase. La dosis suministrada surge el efecto deseado: luego de terminada la hora, corres -en el sentido literal de la palabra- a una librería a comprar Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, del escritor colombiano Efraim Medina Reyes. Lees las primeras páginas, el estilo experimental de la novela te atrae. Sigues leyendo: mientras caminas, mientras comes papas fritas y das sorbos a una Coca Cola en lata, mientras vas al baño, mientras alimentas a tu perro, mientras agarras de la mano a tu pelada. Cuando te detienes, cuando dejas de leer, te das cuenta que ya es demasiado tarde: has desgastado, en menos de un día y casi de un tirón, toda la novela.


Rep ama a cierta chica. Ella, a su vez, no lo ama y por eso terminó casándose con un tipo de contextura similar a un flan: juntos tuvieron flancitos. Rep juega fútbol playero y anota goles. Muchos goles. Excepto cuando cierta chica lo ve. Tiene sexo con muchas mujeres, pero eso no lo hace olvidar a cierta chica. Rep bebe hasta perder el conocimiento; fuma marihuana hasta desprenderse totalmente del mundo en el que vive: lo hace pensando en cierta chica.


Érase una vez el amor pero tuve que matarlo se nutre de rabia. Esta novela está compuesta por historias que bien podrían ser leídas por separado. La razón es simple: están escritas a manera de diario y son sucesos que suceden en fechas que distan, en ocasiones, por más de diez años. Sin embargo, Medina Reyes ha sabido cómo conjugarlo todo para tratar temas propios de toda urbanidad. Y de toda juventud: sexo, alcohol, amor y drogas. De ahí que esta, su última novela urbana, tenga mucho de esos temas ineludibles.



Efraim Medina Reyes, escritor nacido en Cartagena de Indias en 1967



Pero también tiene mucho de rock. De hecho, resulta imposible entender Érase una vez el amor pero tuve que matarlo sin echar un vistazo a la contracultura de los roqueros (en el libro se cuentan historias paralelas de dos ex músicos: Kurt Cobain, ex-vocalista de Nirvana; y Sid Vicious, ex-bajista de Sex Pistols. De personalidades controversiales, por supuesto, como todo en el libro).


Esta obra de Medina Reyes está escrito de una manera experimental, con un lenguaje poco trabajado pero directo y de una manera que siempre despertará polémica. De su literatura, inclusive, se ha dicho que es una “urbanidad de carroña”. Cierto o no, lo único seguro de Érase una vez el amor pero tuve que matarlo es que no está hecho para ser un clásico de la literatura; ni su autor para ser un candidato al Premio Nobel. A Medina Reyes parece no importarle cuánto lo carcoma la crítica por sus imperfecciones narrativas que él tanto defiende. Imperfecciones que, sin embargo, muestran de una manera terriblemente cierta la realidad circundante. La realidad que todos conocemos pero que otros quieren obviar porque no es "digna" de la literatura. Medina Reyes es de los pocos escritores que todavía piensan en la literatura como acto catártico. Y yo de los pocos lectores que aún piensan en los libros como acto hedonista.


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viernes, 11 de diciembre de 2009

Record buitre

Poseo un record digno de sacar pecho: la mayor cantidad de multas vehiculares en el menor tiempo posible. Lo que pasa es que no he tenido tiempo para registrarlo en los Record Guinness. Pero a ver qué alcance puede tener ahora que lo expongo en este blog.

Martes 3 de noviembre del año que ya mismo expira. Guayaquil, Ecuador. Mi carro rodaba a una velocidad permitida, a 60 km/h, en la Av. del Bombero, cerca del Centro Comercial Riocentro Los Ceibos, al norte de la ciudad. La radio había sido encendida antes de que el auto ruede, como corresponde; Andrés Calamaro sonaba a un volumen prudente. El retrovisor estaba a una altura que no podía ser más precisa para mi 1:70 de estatura. Las dos manos en el volante, en posición “2:50 am/pm”, tal como me enseñaron en la escuela de conducción Aneta. El asiento, a veinte centímetros de los pedales, como rezan los manuales de conducción. Ningún acompañante con quien conversar, con quien distraerme. Los vidrios cerrados, para que no entren los pitos de una ciudad que, seguramente, encabeza la lista mundial de más pitos/minuto. Aire a full para hacerle caso a los estudios científicos (“el calor produce serios despistes al manejar, aumento del tiempo de reacción, cansancio prematuro y hasta agresividad”). Mirada al frente. Cuerpo recto. Todo bien. Muy bien. Hasta que sonó el celular, el cual es, en parte, el culpable de esta historia.

Era mi hermana, mi querida hermana. Quería que la recoja en Riocentro. “Yo estoy al frente de Riocentro”, le dije, feliz de la coincidencia. “Ya voy, en un minuto estoy ahí, cuenta hasta sesenta, uno, dos, oh, no, espera... ¡Diablos!”. Un vigilante que, ¡lo juro!, tenía cara de buitre, me detuvo.

Pero no estoy hablando en sentido figurado. Tampoco estoy haciendo eco a una denominación que los guayaquileños le han dado a todos los vigilantes de la Comisión de Tránsito del Guayas. Estoy siendo literal: el tipo tenía un cuello larguísimo, una papada que se le caía y unos hombros que estaban más elevados de lo humanamente normal. El buitre (DRAE: Persona que se ceba en la desgracia de otro), me comunicó el motivo por el cual me había detenido, por si acaso se me ocurría pensar que era para darme los buenos días: “Usted acaba de cometer una infracción: no se puede hablar por teléfono mientras se conduce”. Por la misma razón por la que nunca regateo, decidí que tampoco depositaría billetes debajo de la libreta con la que, diariamente, hace negocios: soy malísimo para hacerlo. ¿El resultado? Contravención leve de segundo grado, cuarenta dólares americanos y tres puntos menos de los pocos que le quedan a mi licencia. Le di las gracias, me despedí cortésmente, como si fuese un conocido de años, y puse en marcha el carro. Eché una mirada al retrovisor para, por última vez, observarlo: juraría que lo vi elevarse del pavimento.

Ahora es preciso sacar el cronómetro. Avancé un poco y detuve el carro donde mi hermana estaba parada, en los exteriores del centro comercial, en un lugar prohibido. Al hacerlo, corché el ritmo de un carro que, para hacer más dramático el asunto, se quedó detrás del mío (a pesar de que podía rebasarme). El orejudo que lo manejaba me pitó varias veces, con talento guayaquileño. Aunque era conciente de que era él quien tenía la razón –y no yo-, le saqué un dedo que me estorbaba. Todo por la violenta forma en que utilizó su pito y su boca. Finalmente, le grité la profesión de su madre (creo que acerté), y me fui.

Todo el espectáculo había sido presenciado por otro señor buitre, que se encontraba a menos de media cuadra de la escena, y que yo ignoraba. El vigilante estiró todos los dedos de su mano, y eso, en lenguaje-buitre, significa “detén el carro que tengo hambre”. No había pasado más de un minuto y medio desde la anterior infracción. Ahora sí, con la experiencia adquirida, intenté sobornarlo: mi última salida, la única opción que tenía para evitar una nueva multa, nuevos cuarenta dólares (u ochenta yankees en menos de dos minutos). Pero mi intento de soborno fue torpe. Los expertos en el arte del soborno recomiendan dibujar un cuatro con la mano derecha, y sostener el dinero con el pulgar, de manera que apunte al piso. También, dicen, se debe dar la cantidad, no preguntarla. Yo lancé una pregunta ingenua: “¿Cuánto quiere?”

-No quiero nada. Además, ya llené la cita.

En ese momento alcé los brazos al cielo y pedí compasión.

PD: Agradezco a mi queridísima hermana, a los dos buitres hambrientos que se cruzaron por mi camino, a mi celular Nokia a prueba de agua, a mi carácter traicionero y a mi eficiencia para atender celulares mientras manejo: sin todos esos recursos/talentos, jamás lo hubiese logrado.

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lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Navidad?



Escribo esto minutos después de recibir la llamada de un amigo que, con tono melancólico, me contó la seguidilla de peleas que en estos días ha protagonizado junto con su novia, amigo que concluyó su discurso depresivo con una frase que no es lapidaria, pero casi: “Talvez es la navidad la que me pone así”. Escribo esto segundos después de aparecerme –sin aparecerme- por el Messenger (estaba offline) y, en ese estado, curiosear el nick de una amiga que sintetiza de forma perfecta su sentimiento hacia estas fechas: “Deseo de navidad: ¡No llegues!”.

¿Qué mierda es la navidad?

No puedo dar una respuesta precisa, tan sólo elucubraciones. ¿Son, acaso, los regalos? ¿O la celebración de la llegada de un niño a este mundo (por cierto, cada día nacen millones y, de esos, 17000 mueren cada 24 horas por hambre. Y nadie dice nada)? ¿O el viejo, casi ciego, gordo y barbón de traje rojo (¡fíjense qué atributos tan dignos de alabar!)? ¿O los muñecos de nieve? O todo eso junto. O nada de lo mencionado.

En casi dos mil años no se ha logrado unificar tantos sentimientos divergentes hacia la navidad. Sentimientos, dicho sea de paso, que fueron fabricados en el mismo planeta. Por distintas personas, sí, pero en el mismo planeta. Y así y todo, los científicos sólo se preocupan por hallar la cura para el Sida o para el Calentamiento Global.

De pequeño la navidad eran los regalos, punto. La creencia en el viejo barrigón se disolvió el día en que observé un disfraz perfectamente diseñado en el cuarto de mis viejos.

En mi actual estado, cerca de lograr una hazaña que no consta en el libro gordo de los Records Guinness: casi dos décadas y sigo respirando, la navidad es sólo un instante ameno de reunión con mi familia, pavo y más pavo, y un árbol artificial cómplice de ese espectáculo.

Y la excusa perfecta para actualizar un blog que lo tenía descuidado.

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lunes, 23 de noviembre de 2009

De objetividad y crónica periodística


Asco. Asco y repugnancia. Asco, repugnancia y fastidio es lo que siento cada vez que escucho la tan violada palabra “objetividad”. Y siempre, sin excepción, es escupida por algún catedrático. ¿Hasta cuándo los académicos seguirán con su afán utópico de querer transmitir, a la fuerza, ese “principio periodístico”? ¿Principio o capricho? He ahí el dilema, diría -aunque en otro contexto- un señor que se llamó Shakespeare.

Todo normal, la clase marcha con un ritmo convencional: estudiantes atentos que tratan de digerir las palabras que acaba de pronunciar el profesor. Sobre cualquier tema, eso no importa. De repente sucede. El catedrático, desde su postura subjetiva, habla de objetividad. Y se embala con palabras proliferantes: Que sí que es importante guardar distancia con el hecho que se narra, que la voz del periodista no debe de aparecer, que todo tiene que estar narrado en tercera persona, que cuidado con sacar a relucir cualquier tipo de sentimientos…. En fin, pretenden que el periodismo lo ejerzan inválidos. No se puede pensar, no se puede sentir, no se puede oler. ¡Vaya oficio! Viéndolo así, cabe preguntarse si resulta necesario estudiar Comunicación Social para contar lo que todo el mundo ve, lo que ya se sabe, lo que ya se conoce.

El periodismo que los catedráticos predican no es el oficio al que García Márquez calificó como “el más bello del mundo”. No, ese no. Tampoco fue el quehacer diario de Truman Capote ni de Ryszard Kapuściński. (Ojala que alguno de ellos se levante de sus tumbas para jalarles las patas y darles un susto del carajo, capaz de quitarles ese vicio de hablar subjetivamente de la objetividad). Capote y Kapuściński, por citar un par de ejemplos, veían. Y a partir esa acción, construían historias-reales fantásticas (la non-fiction novel, como la llamó Capote). El solo hecho de ver ya implica una postura diferente y, por lo tanto, una manera de pensar diferente. Eso lo sabe hasta un niño de diez años. Qué raro que los profesores universitarios, con tantas maestrías y doctorados sobre sus hombros, aún no se hayan enterado de eso.

Por otro lado, me parece una manera caduca de enseñar un oficio que, por cierto, no se merece un trato tan injusto. No se puede reducir el trabajo periodístico al simple hecho de informar de la manera como lo hacen la mayoría de los diarios ecuatorianos: notas aburridas, llenas de cifras que en menos de un día serán olvidas o de celebridades o de sacerdotes “pecadores” o de políticos corruptos o de deportistas con sus amantes o de cantantes sin amantes o de periodistas entrevistados, a su vez, por otros periodistas. Prensa que, dicho sea de paso, margina a las noticias culturales y exalta las de farándula. Periódicos en donde el ciudadano “común” -los personajes “anónimos”, dirían algunos- sólo tienen posibilidades de aparecer en el caso de que sean aplastados por un trailer o de dar a luz a sextillizos. Delincuencia, pobreza y emigrantes. Sangre y más sangre. Y viceversa. Los mismos temas de siempre y, lo peor de todos, siempre enfocados desde la misma esquina. Periodistas que juegan con el rol de Dios (están, pero no se los ve). Comunicadores que pretenden, sin éxito, ser omnipresentes. Supongo que, en la mayoría de los casos, la culpa no es del oficio en sí, sino de los jefes de los diarios que rasguñan a la competencia con tal de obtener las benditas premisas. Dueños de medios de comunicación que se dedican a reducir el tamaño de las noticias y que condenan la subjetividad periodística. Todo eso contradice a los “principios” de la crónica, la antítesis del periodismo que leemos a diario.

No sé si la crónica periodística está pasando por su mejor momento. Muchos dicen que sí. Posiblemente existe un resurgimiento de este género periodístico, especialmente en Latinoamérica. De ahí que cada vez nos suenen más nombres como el de Juan Pablo Meneses, Alberto Salcedo, Martín Caparrós o Julio Villanueva. Ellos se alejan del periodismo convencional. Practican, se podría decir, otro tipo de periodismo: observan los elementos usados en la literatura, los extraen, y los aplican en historias reales. Dije historias reales. Historias que se convierten en anécdotas, que no se las olvida fácilmente (de la misma manera como no se olvidan los grandes libros de la literatura universal). A pesar de que tanto la nota informativa como la crónica pertenecen al mismo género, existe un enorme abismo que los separa. Como alguien alguna vez dijo “una nota informativa es un boceto al carboncillo, pero una crónica es un relato terminado con sombra y color”. La crónica es, como dijo Gabo (el único Gabo literario que se conoce), un cuento. Pero real.

Los cronistas antes mencionados -entre otros“desconocidos”- ponen sus ojos al servicio de los lectores, y nos cuentan lo que ellos ven (o, a mucha honra, ¡lo que les da la gana de ver!). Periodistas que están inmersos en una búsqueda constante de historias laterales, es decir, de personajes históricamente marginados por el periodismo convencional. Tocan temas universales a través de temas mínimos. Y mandan a dormir, con incómodas almohadas, a la objetividad.

No es lo mismo que nos digan “El Ecuador se quedó sin luz” a que nos cuenten, por ejemplo, la historia de un carnicero que, por ese incidente, perdió toda su mercadería. O, mejor aún, que se narre la otra cara de la moneda: algún comerciante de velas que se ha beneficiado por los apagones. De la misma forma como no es igual que me comuniquen que 105 personas murieron en un atentado a Pakistán, a que me cuenten la historia de uno de los afectados: qué hizo poco antes de morir, cómo estaba vestido y un montón de etcéteras de los que sólo se encargan ellos, los verdaderos periodistas, los cronistas. Noticias como “un asesino mata a diez personas”, ya no dicen nada. Sin temor a equivocarme puedo afirmar que la prensa tiene mucha responsabilidad en la falta de sensibilidad de la que están hechos los lectores. Pienso en caras, no en cifras.




En Ecuador, salvo un puñado de periodistas -como Esteban Michelena, Juan Fernando Andrade, Verónica Garcés, Luis Borja, entre otros-, nadie practica la crónica periodística. No es tanto así, pero casi. Son muy pocos. Y esa tendencia seguirá en pie si es que las universidades no cambian su manera caduca de educar.

Recientemente escuché decir que “el periodista debe describir las cosas como las ve Dios”. Seguro Dios se caga de la risa cada que escucha eso. Aunque la analogía, dicho se de paso, es perfecta para recaer en las malas costuras con las que se construye el periodismo ordinario: a Dios no se lo ve, no es tangible, y eso es lo peor que le podría pasar a un periodista. Y ojo, no hablo de que el comunicador se lleve todo el protagonismo, no, eso no debe ser así, me refiero al hecho de que su presencia debe ser palpable. Debe existir. El periodista es más que un simple intermediario entre el hecho y el lector. Es necesario –como me dijo un amigo- cargarse al hombro la historia y decir: “Soy yo quien la lleva”.

La objetividad, además de contradecir las “reglas” de la crónica, es una palabra excesivamente mimada y respetada por los catedráticos. Los futuros periodistas deben comenzar por desacralizar ese término y por poner fin a la búsqueda espacial de una objetividad que, en la práctica, no existe. Ni debe existir. El siguiente paso será quitarse de la cabeza la idea de que la subjetividad en el periodismo tiene connotaciones peyorativas. No estamos ante un misil nuclear o ante Hitler (lo cual es lo mismo, creo): es menos dañina de lo que nos quieren hacer pensar.

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jueves, 12 de noviembre de 2009

Más abrazos que cine

Para comenzar, debo advertir que esta película no es ni la sombra, en cuanto a contenido, de filmes grandiosos que Pedro Almodóvar ha creado (como las modélicas ‘Hable con ella’ o ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’). Tres años después de su última película -la sensacional ‘Volver’- el cineasta español regresa con una obra melodramática que narra la historia de Mateo Blanco, un director de cine que pierde sus dos activos más valiosos: primero, su vista, y, luego, a su querida novia. O viceversa. O al mismo tiempo, eso es lo de menos.

Existe un recurso muy propio de Almodóvar usado en ‘Los abrazos rotos’: el de contar una historia dentro de otra. Novedoso, no; eficaz, sí porque sirve para que Mateo (interpretado por Lluís Homar) cuente su turbulento pasado. Con esta técnica se produce un ir y venir de dos tiempos que están separados por más de una década. Dos tiempos, cabe recalcar, que quedan muy explícitos ya que, a diferencia de uno de los anteriores filmes del director español, ‘La mala educación’, en donde se juega de una manera magistralmente confusa con el pasado y el presente, en esta película no existe espacio para dudas de ese tipo.

En ese pasado aparece, en un papel poco sobresaliente, la recientemente ganadora del Oscar por su participación en ‘Vicky Cristina Barcelona’, Penélope Cruz. La actriz española interpreta a Lena, una joven de un status social bajo que, sin embargo, logra conquistar la clase alta madrileña gracias a su penosa relación con un empresario exitoso. Lo que no logra es ser feliz. Pero todo cambia cuando se ofrece para trabajar en una película que Mateo Blanco pretende rodar.
“La energía de Elena es bastante diferente a la mía”, confesó Penélope Cruz, en una rueda de presa, cuando se le preguntó sobre su posible similitud con Lena. No era necesario que lo diga: es evidente. Pese al gran interés que posiblemente genere esta película, por el retorno a la pantalla grande de la dupla española de cine más reconocida del momento (Almodóvar-Cruz), es lamentable tener que informar que tanta confianza que el director manchego ha depositado en su “musa” predilecta (dándole papeles tan poco congruentes con su personalidad), es, en esta ocasión, mal retribuida. En ‘Los abrazos rotos’, Cruz está lejos, muy lejos, de ser la Raimunda de ‘Volver’, aquella que estuvo nominada a los Oscar pero que, por razones que sólo la Academia de Hollywood comprende, no pudo ganar.


El protagonismo, no cabe ninguna duda, lo lleva Lluís Homar, pero él, talvez por verse incapaz de compenetrarse con el personaje que interpreta, o por la tibieza del guión y del argumento, tampoco logra un papel memorable. Su drama jamás logra ser transmitido al espectador, y su resignación -ante su ceguera y ante la muerte de Lena- es poco convincente. Existe un acierto digno de resaltar: la presencia del empresario inescrupuloso (interpretado por el reconocido actor José Luis Gómez) que funciona muy bien en su papel de antihéroe para esta historia de amor tan deslucida. Hay referencias a diversos clásicos del cine, como para justificar lo dicho por Almodóvar para definir a ‘Los abrazos rotos’: “Esa película es mi declaración de amor al cine”.

Con todo, el hecho de que la película lleve la firma de Almodóvar (y de su “amante sin los placeres del sexo”) resulta suficiente para que ‘Los abrazos rotos’ no conozca el fracaso taquillero. Y, talvez, para que logre alguna nominación en los cada vez menos confiables premios de la Academia. Almodóvar le ha entregado mucho al cine, por lo que una película que pretende ser sentimentalista, pero que no logra serlo, no puede deslucir la carrera de un cineasta tan prolífico. ¿O sí?


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domingo, 25 de octubre de 2009

Fougères: “La fe no se vende en el Supermaxi” (I parte)

Pudo haber escogido Managua (Nicaragua) o Izmir (Turquía). Pero no lo hizo: eligió Guayaquil. Llegó con la idea de quedarse tan solo dos años (tenía un trabajo algo nómada, que lo “obligaba” a cambiar de lugar cada 730 días). Hoy, luego de 44 años, se encuentra más aferrado que nunca a esa ciudad porteña a la que considera como suya. “Aquí uno tiene corazonadas, no me explico por qué. Sencillamente fue Guayaquil”, explica Bernard Fougères, un francés que vino al país sin saber hablar castellano pero que a los cinco meses ya daba conferencias sin apuntes.

Hoy domina a tal grado el idioma que puede gozar del privilegio de ser columnista en uno de los diarios más importantes del Ecuador. Cuenta, además, con la experiencia de haber incursionado como conductor y realizador en diversos programas de TV y radio. Su correo electrónico tiene que soportar más de dos mil cartas al año, provenientes de personas que solicitan su orientación (candidatos al suicido, al aborto, al divorcio); sin embargo, por un instante dejó de revisar su e-mail. No para hacer preguntas, sino, para recibirlas.

Arturo Cervantes: Si tuviera la potestad para elegir un personaje (actual o del pasado) para entrevistarlo, ¿a quién sería?
Bernard Fougères: Sería Édith Piaf. Fue el fenómeno más grande de la canción en la Francia del Siglo XX, (estuvo) muy identificada con el pueblo. También a la Madre Teresa, Martin Luther King, Gandhi, J. F. Kennedy…

AC: ¿Qué le preguntaría a Gandhi?
BF: Le preguntaría si el principio de la no violencia era solamente un sueño o si él pensó alguna vez que podría convertirse en la meta de toda una humanidad. ¿La no violencia no es una utopía? Yo me lo sigo preguntando a todo nivel: la violencia doméstica, la violencia racial.

AC: ¿A quién jamás entrevistaría?
BF: Yo entrevistaría a cualquier persona, al mismo Diablo si existiera. No hay mal entrevistado. No hay entrevistado que pueda ser segregado, ni siquiera el peor violador o el peor asesino. Busco la verdad del ser, qué hay de bueno y de malo en cada persona.

AC: ¿Qué aprendió en la entrevista que le hizo al presidente Rafael Correa?
BF: Aprendí muchas cosas: que había sido muy atrevido; que no se puede agarrar por la barbilla a un presidente, por más “Bernard” que se fuera; y que fui un pendejo al hacerlo (al cogerle la barbilla). Fue una entrevista frontal, valiosa, valiente. Rafael respetó mi libertad absoluta de opinión. Pude, después de la entrevista, compartir unas copas de vino con él. A pesar de no estar de acuerdo con ciertas medidas que él ha tomado, he conservado hacia él un gran afecto.

AC: Usted ha dicho (en un artículo publicado en un diario local) que “todos tenemos una misión por cumplir”. ¿Cuál es la suya?
BF: Convertirme en un ser humano para poder entenderlos a todos, para poder meterme en la piel de todos: de los animales, de los árboles, de las plantas. Hago lo que puedo, y es una gota de agua en el mar, un grano de arena en el desierto. Comprenderme a mí mismo, buscar a Dios, leer todo lo que pueda acerca de Él (Dios). …

AC: ¿Quién es Dios para Bernard Fougères?
BF: (Es) la suma de todas las posibilidades. El “dios posible” –como lo llamo yo- es justicia, amor y bondad absoluta… (Dios) es lo absoluto.

AC: ¿Creador?
BF: Probablemente porque no hay otra explicación sino (tan solo) elucubraciones. ¿Cómo nació el mundo? (se pregunta) O nuestra mente es demasiado pequeña para poder entenderlo u optamos (sólo) por la idea de un Dios Creador que lo soluciona todo. Entonces, el círculo está muy cerrado. Los que tienen y viven una fe religiosa, tienen una suerte bárbara.

AC: ¿Quisiera ser creyente?
BF: Por supuesto que sí, pero la fe no se vende en el Supermaxi.

AC: ¿A qué le tiene miedo?
BF: Miedo a no ser aquel que soy, a vivir, a ser cobarde, a llevarme por el qué dirán. Tengo miedo a caminar por la 9 de Octubre con un reconocido homosexual por el temor de que digan que yo también los soy; de hablar con una prostituta callejera porque van a pensar que yo me voy a ir con ella. Eso es cobardía pura.

AC: ¿Qué tan complejo es amar?
BF: Es una cuestión de cada minuto Yo estuve casado cuarenta años, con buenos y malos vientos, con errores, con aciertos; pero fue un tiempo maravilloso. Yo creo en el amor eterno, pero esa eternidad se topa con el hecho de que no somos eternos. Entonces (sólo) un segmente de eternidad es nuestro. Cuando estás en el clímax del amor sientes la sensación de que (el amor) es eterno. El hombre capaz de ser fiel a una mujer toda una vida, es mucho más hombre que cualquier hombre. Es muy fácil ser infiel, es una tentación de todos los días, no es sencillo resistir una tentación.

AC: ¿Usted ha sido fiel?
BF: (Piensa por unos segundos y luego responde): No. Pero tampoco he sido infiel bestialmente (ríe). He tenido sólo una infidelidad muy grave. Curiosamente no fue sexual, lo cuál es más grave aún.

AC: ¿Por qué es más grave aún?
BF: Porque te involucras con todo tu ser afectivamente; mientras la afectividad sexual puede ser un instante de placer, un par de espasmos y no pasa de ahí.

AC: ¿Se arrepiente?
BF: Sí, porque hice sufrir y siempre el peor pecado es lastimar. Yo cedí a un impulso y mi voluntad no logró controlar (el impulso); consecuentemente lastimé, y es quizás la cosa de la que más me arrepiento

*Fotos: Amaury Martínez

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lunes, 19 de octubre de 2009

¡Por qué a mí!


A mis cortos 19 años, las probabilidades de una muerte prematura han aumentado, en los últimos días, drásticamente. Pues bien, me detectaron una gastritis que está próxima a llamarse úlcera crónica. ¿Que cuáles son los síntomas? Me arde el estómago casi todo el día (y eso incluye las noches también, porsiaca). Yo, que antaño no me despertaba ni porque en el país se acababa de registrar el temblor más fuerte de la historia (al día siguiente me lo contaban, nunca lo podía comprobar), ahora me despierto todas las madrugadas víctima de un ardor abdominal (más fuerte que el dolor que, seguramente, siente Correa cada vez que su hermano lo acusa de algo nuevo). El doctor me ha dicho que, cuando eso me ocurra, o bien coma, o, en su lugar, tome un vaso de leche tibia. OK, he tomado al pie de la letra su recomendación: ayer me tomé nueve vasos de ese líquido blanco que –sin café- tanto detesto. Aparte, cada hora como algo nuevo (galletas, papas fritas, sánduches…) Probablemente se me reviente la úlcera (pues no pretendo acatar la sugerencia que atenta contra la vena mexicana que, no sé por qué, poseo: la de dejar a mi fiel y belicoso amigo el ají) Aunque, pensándolo bien, la úcera es lo de menos. Lo más probable es que me muera por indigestión: últimamente, con mi nuevo régimen alimenticio, le he dado mucho trabajo a mi retrete. ¡Diablos! Los médicos nunca piensan en los efectos secundarios.

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