Entrevista a Juan Fernando Andrade

Hoy, el diario Expreso (en su edición impresa, no web) sacó un especial denominado "Guayaquil Universitario". ¿La idea? Poner a escribir a estudiantes de Periodismo de ocho universidades diferentes

Dos semanas como reportero del Extra

Cada que cuento que trabajaré en el Extra, alguien intenta asesinarme. Y por cualquier vía. Ya sea llamándome a mi celular, enviándome un mensaje por Twitter o insultándome cara a cara, como Dios manda

¡Los peligrosos deportes inofensivos!

Es una despiadada mentira decir que los deportes mortales son los que te matan. Mi experiencia muy cercana con deportes, aparentemente, inofensivos me lleva a afirmar todo lo contrario

If you are going [...]

Gerry

Cuando terminé de ver esta peli, no sabía si ponerme de pie y aplaudir efusivamente o regalarme (urgente) un fin de semana en un spa

Terminemos el Cuento (2008)

Ya son casi 3 años desde que obtuve el segundo lugar en Terminemos el Cuento: uno de los concursos literarios más importantes del país

miércoles, 6 de enero de 2010

La fábrica de matrimonios



Existen acontecimientos que, en el instante en que suceden, no se los asimila. Al menos no del todo. Se espera que lleguen, son metas que uno se traza y para las cuales se trabaja duro, muy duro, hasta alcanzarlas. Pero, paradójicamente, uno nunca está preparado para que sucedan. Pero suceden. Y cuando eso pasa, a uno no le queda más remedio que esbozar una sonrisa de satisfacción, de deber cumplido.

Son instantes en los que te dices que todo vale la pena. Y te alegras de haber dejado los libros gordos de contabilidad por los obesos de la literatura y del periodismo. Y llegas a una conclusión que presientes es acertada: que ser escritor no es tan estúpido como parece, que hay gente que te puede leer y que, lo mejor de todo, te pueden pagar por aquello que escribes.

Ese instante fueron, en realidad, varios instantes. Primero la llamada de la directora de SoHo Ecuador, advirtiéndome de la posibilidad de que la crónica “La fábrica de matrimonios”, que hace pocos meses envié a la revista, había gustado al directorio y que podía ser publicada. Y luego el hecho: palpar que en la última edición (la No. 85, la de diciembre/enero, en la cual posa casi desnuda Angie Cepeda) mi nombre limita con otros que pertenecen a escritores que admiro como Martín Caparrós, Iván Thays o Fernando Artieda.

Pero bueno, pasó, sucedió, ahí estoy aunque sé que esto es sólo el comienzo, que sigo siendo mal escritor y que me falta mucho, muchísimo por mejorar. El lead de la crónica “Fábrica de matrimonios” –o el “abrebocas”- fue escrito por los editores, y es el siguiente:

Hay un negocio con el que no se juega: casarse. Por lucrativo que pueda resultar, y por mucho que le ayude a un cubano en busca de visa, tiene sus grandes peligros. Encontramos la historia de una mujer que hoy en día es prisionera de una unión por conveniencia.

El resto es mío. La crónica comienza así:

Que en Guayaquil, la ciudad más comercial del Ecuador, “se venden hasta piedras”, lo sabe todo guayaquileño. En ese lugar existe, sin embargo, una joven que vende algo más insólito que eso: su estado civil a cuanto cubano -prófugo de la dictadura de Castro- se cruce por su camino. Al poco tiempo se divorcia para, después, volverse a casar con un isleño diferente. ¿Puede una persona vivir, todo el tiempo, cambiando su estado civil?

Laura Castillo me tiró el teléfono (exagero, sólo presionó el botón rojo de su móvil que da por concluida una conversación) seis veces antes de aceptar ser entrevistada. Previamente me advirtió –aun desde su celular- que no saldría del anonimato. Al día siguiente, cuando cruzamos por primera vez miradas, me lo volvió a recalcar. Después de dos semanas de diálogo, Laurita –como la llaman sus amigos- aceptó que las cinco letras de su nombre sean escritas sobre papel. Y que sean publicadas.

“Me casaba y, después de algunas semanas, me divorciaba”, cuenta Laura –ecuatoriana, de 22 años- con la misma naturalidad con la que le da un primer sorbo al jugo de naranja que acaba de preparar en la cocina de su pequeño departamento. Laurita sabe que si no fuera por su habilidad para cambiar la mayor cantidad de veces –en el menor tiempo posible- su estado civil (eso, en lenguaje empresarial, es ser eficiente), su novio aun estaría con ella.

Y bueno, eso es lo que puedo mostrar. Si quieren leer la crónica "Fábrica de matrimonios" den click aquí.

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¿Perro que ladra no muerde?



Es posible que mi odio hacia los animales se remonte al día en que presencié el rompimiento del célebre dicho que reza en el título de este post. Dicho estúpido, sin fundamento científico y, lo peor de todo, falso. Muy falso. Una cicatriz de infancia, que hasta la fecha sigue intacta, puede atestiguarlo todo.

Tenía once años pero jugaba fútbol con individuos cuyas edades promediaban los trece. Si en un mundial de fútbol, la única razón para que se detenga un partido es la imprevista presencia de un nudista en mitad de la cancha o de un fanático que lo único que quiere es un abrazo de Kaká o de Messi o de un depredador de árbitros o de técnicos o de futbolistas o una metamorfosis de todo eso junto, en la cancha que quedaba a pocas cuadras de mi casa, la terrorífica presencia de un pastor alemán era capaz de paralizar cualquier jugada, de impedir cualquier intento de gol. A su dueño, un tipo gordo que tenía el rostro adornado de espinillas y que disfrutaba soltando a su gigantesca mascota de su cadena, no le era permitido jugar fútbol con nosotros. Él se vengaba y jugaba un deporte que poco tenía de divertido, presenciando y siendo el culpable de una escena casi cotidiana: niños que corrían por salvar sus vidas, trepándose a los árboles, a los arcos de fútbol o a los muros de una solitaria glorieta.

Aquella mañana, yo, que por mi estatura no podía trepar árboles ni arcos de fútbol ni los muros de ninguna solitaria glorieta, pensé que, en cambio, sí podría correr y de esa forma escapar de unos sucios dientes que me buscaban. Pensé mal.

Corrí. No como negro, pero sí a una velocidad considerable para mis once años. Sin embargo, el perro lo hacía aún más rápido que yo. De repente, en mi cabeza se dibujó una imagen muy pero muy racional: estaba a punto de convertirme en hueso canino. Consciente de que pronto sería superado en velocidad, decidí correr hacia uno de los arcos de fútbol, donde estaban trepados tres amigos míos. Ellos me extendieron una mano (lo cual es un decir pues fueron seis manos las que, simultáneamente, intentaron elevarme). Medio cuerpo arriba, la pierna derecha totalmente alzada, totalmente a salvo. Sólo faltaba mi pierna izquierda. Intenté alzarla, intenté salvarla, pero el movimiento fue torpe, excesivamente lento o -al menos- lo suficiente para que la bestia salvaje pegue un brinco estilo “canguro”. Y muerda un buen pedazo de muslo humano. Quizás le dio asco el mal sabor que seguramente tenía a causa del sudor, pues lo soltó al instante, para mi suerte.

Lo demás es asunto que compete a la medicina, ciencia que se dedica a curarlo todo: inclusive piernas víctimas de un perro que ladró. Y que mordió.

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viernes, 25 de diciembre de 2009

Érase una vez el amor pero tuve que matarlo



Te levantas de la cama, luego de hacer caso omiso a los tres primeros llamados de tu alarma. Te alistas para ir a la universidad. Te das cuenta que tu reloj tiene deseos de llevarte la contra. Te apresuras. Es lunes, muy pocas cosas buenas ocurren un día como ese, por lo que consideras un logro el solo hecho de haber llegado a tiempo a tu clase de Literatura Contemporánea. Tu profesora entra al aula, anda con buen ánimo. Casi de improvisto, la escuchas hablar de una novela a la que califica como “desgarradora” y “pequeña joya”. Consume toda la hora introduciendo datos del autor, algo del contexto histórico y pequeños abrebocas sobre la trama. De repente, tu maestra cambia su rostro efusivo y amenaza con un control de lectura para la siguiente clase. La dosis suministrada surge el efecto deseado: luego de terminada la hora, corres -en el sentido literal de la palabra- a una librería a comprar Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, del escritor colombiano Efraim Medina Reyes. Lees las primeras páginas, el estilo experimental de la novela te atrae. Sigues leyendo: mientras caminas, mientras comes papas fritas y das sorbos a una Coca Cola en lata, mientras vas al baño, mientras alimentas a tu perro, mientras agarras de la mano a tu pelada. Cuando te detienes, cuando dejas de leer, te das cuenta que ya es demasiado tarde: has desgastado, en menos de un día y casi de un tirón, toda la novela.


Rep ama a cierta chica. Ella, a su vez, no lo ama y por eso terminó casándose con un tipo de contextura similar a un flan: juntos tuvieron flancitos. Rep juega fútbol playero y anota goles. Muchos goles. Excepto cuando cierta chica lo ve. Tiene sexo con muchas mujeres, pero eso no lo hace olvidar a cierta chica. Rep bebe hasta perder el conocimiento; fuma marihuana hasta desprenderse totalmente del mundo en el que vive: lo hace pensando en cierta chica.


Érase una vez el amor pero tuve que matarlo se nutre de rabia. Esta novela está compuesta por historias que bien podrían ser leídas por separado. La razón es simple: están escritas a manera de diario y son sucesos que suceden en fechas que distan, en ocasiones, por más de diez años. Sin embargo, Medina Reyes ha sabido cómo conjugarlo todo para tratar temas propios de toda urbanidad. Y de toda juventud: sexo, alcohol, amor y drogas. De ahí que esta, su última novela urbana, tenga mucho de esos temas ineludibles.



Efraim Medina Reyes, escritor nacido en Cartagena de Indias en 1967



Pero también tiene mucho de rock. De hecho, resulta imposible entender Érase una vez el amor pero tuve que matarlo sin echar un vistazo a la contracultura de los roqueros (en el libro se cuentan historias paralelas de dos ex músicos: Kurt Cobain, ex-vocalista de Nirvana; y Sid Vicious, ex-bajista de Sex Pistols. De personalidades controversiales, por supuesto, como todo en el libro).


Esta obra de Medina Reyes está escrito de una manera experimental, con un lenguaje poco trabajado pero directo y de una manera que siempre despertará polémica. De su literatura, inclusive, se ha dicho que es una “urbanidad de carroña”. Cierto o no, lo único seguro de Érase una vez el amor pero tuve que matarlo es que no está hecho para ser un clásico de la literatura; ni su autor para ser un candidato al Premio Nobel. A Medina Reyes parece no importarle cuánto lo carcoma la crítica por sus imperfecciones narrativas que él tanto defiende. Imperfecciones que, sin embargo, muestran de una manera terriblemente cierta la realidad circundante. La realidad que todos conocemos pero que otros quieren obviar porque no es "digna" de la literatura. Medina Reyes es de los pocos escritores que todavía piensan en la literatura como acto catártico. Y yo de los pocos lectores que aún piensan en los libros como acto hedonista.


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viernes, 11 de diciembre de 2009

Record buitre

Poseo un record digno de sacar pecho: la mayor cantidad de multas vehiculares en el menor tiempo posible. Lo que pasa es que no he tenido tiempo para registrarlo en los Record Guinness. Pero a ver qué alcance puede tener ahora que lo expongo en este blog.

Martes 3 de noviembre del año que ya mismo expira. Guayaquil, Ecuador. Mi carro rodaba a una velocidad permitida, a 60 km/h, en la Av. del Bombero, cerca del Centro Comercial Riocentro Los Ceibos, al norte de la ciudad. La radio había sido encendida antes de que el auto ruede, como corresponde; Andrés Calamaro sonaba a un volumen prudente. El retrovisor estaba a una altura que no podía ser más precisa para mi 1:70 de estatura. Las dos manos en el volante, en posición “2:50 am/pm”, tal como me enseñaron en la escuela de conducción Aneta. El asiento, a veinte centímetros de los pedales, como rezan los manuales de conducción. Ningún acompañante con quien conversar, con quien distraerme. Los vidrios cerrados, para que no entren los pitos de una ciudad que, seguramente, encabeza la lista mundial de más pitos/minuto. Aire a full para hacerle caso a los estudios científicos (“el calor produce serios despistes al manejar, aumento del tiempo de reacción, cansancio prematuro y hasta agresividad”). Mirada al frente. Cuerpo recto. Todo bien. Muy bien. Hasta que sonó el celular, el cual es, en parte, el culpable de esta historia.

Era mi hermana, mi querida hermana. Quería que la recoja en Riocentro. “Yo estoy al frente de Riocentro”, le dije, feliz de la coincidencia. “Ya voy, en un minuto estoy ahí, cuenta hasta sesenta, uno, dos, oh, no, espera... ¡Diablos!”. Un vigilante que, ¡lo juro!, tenía cara de buitre, me detuvo.

Pero no estoy hablando en sentido figurado. Tampoco estoy haciendo eco a una denominación que los guayaquileños le han dado a todos los vigilantes de la Comisión de Tránsito del Guayas. Estoy siendo literal: el tipo tenía un cuello larguísimo, una papada que se le caía y unos hombros que estaban más elevados de lo humanamente normal. El buitre (DRAE: Persona que se ceba en la desgracia de otro), me comunicó el motivo por el cual me había detenido, por si acaso se me ocurría pensar que era para darme los buenos días: “Usted acaba de cometer una infracción: no se puede hablar por teléfono mientras se conduce”. Por la misma razón por la que nunca regateo, decidí que tampoco depositaría billetes debajo de la libreta con la que, diariamente, hace negocios: soy malísimo para hacerlo. ¿El resultado? Contravención leve de segundo grado, cuarenta dólares americanos y tres puntos menos de los pocos que le quedan a mi licencia. Le di las gracias, me despedí cortésmente, como si fuese un conocido de años, y puse en marcha el carro. Eché una mirada al retrovisor para, por última vez, observarlo: juraría que lo vi elevarse del pavimento.

Ahora es preciso sacar el cronómetro. Avancé un poco y detuve el carro donde mi hermana estaba parada, en los exteriores del centro comercial, en un lugar prohibido. Al hacerlo, corché el ritmo de un carro que, para hacer más dramático el asunto, se quedó detrás del mío (a pesar de que podía rebasarme). El orejudo que lo manejaba me pitó varias veces, con talento guayaquileño. Aunque era conciente de que era él quien tenía la razón –y no yo-, le saqué un dedo que me estorbaba. Todo por la violenta forma en que utilizó su pito y su boca. Finalmente, le grité la profesión de su madre (creo que acerté), y me fui.

Todo el espectáculo había sido presenciado por otro señor buitre, que se encontraba a menos de media cuadra de la escena, y que yo ignoraba. El vigilante estiró todos los dedos de su mano, y eso, en lenguaje-buitre, significa “detén el carro que tengo hambre”. No había pasado más de un minuto y medio desde la anterior infracción. Ahora sí, con la experiencia adquirida, intenté sobornarlo: mi última salida, la única opción que tenía para evitar una nueva multa, nuevos cuarenta dólares (u ochenta yankees en menos de dos minutos). Pero mi intento de soborno fue torpe. Los expertos en el arte del soborno recomiendan dibujar un cuatro con la mano derecha, y sostener el dinero con el pulgar, de manera que apunte al piso. También, dicen, se debe dar la cantidad, no preguntarla. Yo lancé una pregunta ingenua: “¿Cuánto quiere?”

-No quiero nada. Además, ya llené la cita.

En ese momento alcé los brazos al cielo y pedí compasión.

PD: Agradezco a mi queridísima hermana, a los dos buitres hambrientos que se cruzaron por mi camino, a mi celular Nokia a prueba de agua, a mi carácter traicionero y a mi eficiencia para atender celulares mientras manejo: sin todos esos recursos/talentos, jamás lo hubiese logrado.

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lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Navidad?



Escribo esto minutos después de recibir la llamada de un amigo que, con tono melancólico, me contó la seguidilla de peleas que en estos días ha protagonizado junto con su novia, amigo que concluyó su discurso depresivo con una frase que no es lapidaria, pero casi: “Talvez es la navidad la que me pone así”. Escribo esto segundos después de aparecerme –sin aparecerme- por el Messenger (estaba offline) y, en ese estado, curiosear el nick de una amiga que sintetiza de forma perfecta su sentimiento hacia estas fechas: “Deseo de navidad: ¡No llegues!”.

¿Qué mierda es la navidad?

No puedo dar una respuesta precisa, tan sólo elucubraciones. ¿Son, acaso, los regalos? ¿O la celebración de la llegada de un niño a este mundo (por cierto, cada día nacen millones y, de esos, 17000 mueren cada 24 horas por hambre. Y nadie dice nada)? ¿O el viejo, casi ciego, gordo y barbón de traje rojo (¡fíjense qué atributos tan dignos de alabar!)? ¿O los muñecos de nieve? O todo eso junto. O nada de lo mencionado.

En casi dos mil años no se ha logrado unificar tantos sentimientos divergentes hacia la navidad. Sentimientos, dicho sea de paso, que fueron fabricados en el mismo planeta. Por distintas personas, sí, pero en el mismo planeta. Y así y todo, los científicos sólo se preocupan por hallar la cura para el Sida o para el Calentamiento Global.

De pequeño la navidad eran los regalos, punto. La creencia en el viejo barrigón se disolvió el día en que observé un disfraz perfectamente diseñado en el cuarto de mis viejos.

En mi actual estado, cerca de lograr una hazaña que no consta en el libro gordo de los Records Guinness: casi dos décadas y sigo respirando, la navidad es sólo un instante ameno de reunión con mi familia, pavo y más pavo, y un árbol artificial cómplice de ese espectáculo.

Y la excusa perfecta para actualizar un blog que lo tenía descuidado.

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lunes, 23 de noviembre de 2009

De objetividad y crónica periodística


Asco. Asco y repugnancia. Asco, repugnancia y fastidio es lo que siento cada vez que escucho la tan violada palabra “objetividad”. Y siempre, sin excepción, es escupida por algún catedrático. ¿Hasta cuándo los académicos seguirán con su afán utópico de querer transmitir, a la fuerza, ese “principio periodístico”? ¿Principio o capricho? He ahí el dilema, diría -aunque en otro contexto- un señor que se llamó Shakespeare.

Todo normal, la clase marcha con un ritmo convencional: estudiantes atentos que tratan de digerir las palabras que acaba de pronunciar el profesor. Sobre cualquier tema, eso no importa. De repente sucede. El catedrático, desde su postura subjetiva, habla de objetividad. Y se embala con palabras proliferantes: Que sí que es importante guardar distancia con el hecho que se narra, que la voz del periodista no debe de aparecer, que todo tiene que estar narrado en tercera persona, que cuidado con sacar a relucir cualquier tipo de sentimientos…. En fin, pretenden que el periodismo lo ejerzan inválidos. No se puede pensar, no se puede sentir, no se puede oler. ¡Vaya oficio! Viéndolo así, cabe preguntarse si resulta necesario estudiar Comunicación Social para contar lo que todo el mundo ve, lo que ya se sabe, lo que ya se conoce.

El periodismo que los catedráticos predican no es el oficio al que García Márquez calificó como “el más bello del mundo”. No, ese no. Tampoco fue el quehacer diario de Truman Capote ni de Ryszard Kapuściński. (Ojala que alguno de ellos se levante de sus tumbas para jalarles las patas y darles un susto del carajo, capaz de quitarles ese vicio de hablar subjetivamente de la objetividad). Capote y Kapuściński, por citar un par de ejemplos, veían. Y a partir esa acción, construían historias-reales fantásticas (la non-fiction novel, como la llamó Capote). El solo hecho de ver ya implica una postura diferente y, por lo tanto, una manera de pensar diferente. Eso lo sabe hasta un niño de diez años. Qué raro que los profesores universitarios, con tantas maestrías y doctorados sobre sus hombros, aún no se hayan enterado de eso.

Por otro lado, me parece una manera caduca de enseñar un oficio que, por cierto, no se merece un trato tan injusto. No se puede reducir el trabajo periodístico al simple hecho de informar de la manera como lo hacen la mayoría de los diarios ecuatorianos: notas aburridas, llenas de cifras que en menos de un día serán olvidas o de celebridades o de sacerdotes “pecadores” o de políticos corruptos o de deportistas con sus amantes o de cantantes sin amantes o de periodistas entrevistados, a su vez, por otros periodistas. Prensa que, dicho sea de paso, margina a las noticias culturales y exalta las de farándula. Periódicos en donde el ciudadano “común” -los personajes “anónimos”, dirían algunos- sólo tienen posibilidades de aparecer en el caso de que sean aplastados por un trailer o de dar a luz a sextillizos. Delincuencia, pobreza y emigrantes. Sangre y más sangre. Y viceversa. Los mismos temas de siempre y, lo peor de todos, siempre enfocados desde la misma esquina. Periodistas que juegan con el rol de Dios (están, pero no se los ve). Comunicadores que pretenden, sin éxito, ser omnipresentes. Supongo que, en la mayoría de los casos, la culpa no es del oficio en sí, sino de los jefes de los diarios que rasguñan a la competencia con tal de obtener las benditas premisas. Dueños de medios de comunicación que se dedican a reducir el tamaño de las noticias y que condenan la subjetividad periodística. Todo eso contradice a los “principios” de la crónica, la antítesis del periodismo que leemos a diario.

No sé si la crónica periodística está pasando por su mejor momento. Muchos dicen que sí. Posiblemente existe un resurgimiento de este género periodístico, especialmente en Latinoamérica. De ahí que cada vez nos suenen más nombres como el de Juan Pablo Meneses, Alberto Salcedo, Martín Caparrós o Julio Villanueva. Ellos se alejan del periodismo convencional. Practican, se podría decir, otro tipo de periodismo: observan los elementos usados en la literatura, los extraen, y los aplican en historias reales. Dije historias reales. Historias que se convierten en anécdotas, que no se las olvida fácilmente (de la misma manera como no se olvidan los grandes libros de la literatura universal). A pesar de que tanto la nota informativa como la crónica pertenecen al mismo género, existe un enorme abismo que los separa. Como alguien alguna vez dijo “una nota informativa es un boceto al carboncillo, pero una crónica es un relato terminado con sombra y color”. La crónica es, como dijo Gabo (el único Gabo literario que se conoce), un cuento. Pero real.

Los cronistas antes mencionados -entre otros“desconocidos”- ponen sus ojos al servicio de los lectores, y nos cuentan lo que ellos ven (o, a mucha honra, ¡lo que les da la gana de ver!). Periodistas que están inmersos en una búsqueda constante de historias laterales, es decir, de personajes históricamente marginados por el periodismo convencional. Tocan temas universales a través de temas mínimos. Y mandan a dormir, con incómodas almohadas, a la objetividad.

No es lo mismo que nos digan “El Ecuador se quedó sin luz” a que nos cuenten, por ejemplo, la historia de un carnicero que, por ese incidente, perdió toda su mercadería. O, mejor aún, que se narre la otra cara de la moneda: algún comerciante de velas que se ha beneficiado por los apagones. De la misma forma como no es igual que me comuniquen que 105 personas murieron en un atentado a Pakistán, a que me cuenten la historia de uno de los afectados: qué hizo poco antes de morir, cómo estaba vestido y un montón de etcéteras de los que sólo se encargan ellos, los verdaderos periodistas, los cronistas. Noticias como “un asesino mata a diez personas”, ya no dicen nada. Sin temor a equivocarme puedo afirmar que la prensa tiene mucha responsabilidad en la falta de sensibilidad de la que están hechos los lectores. Pienso en caras, no en cifras.




En Ecuador, salvo un puñado de periodistas -como Esteban Michelena, Juan Fernando Andrade, Verónica Garcés, Luis Borja, entre otros-, nadie practica la crónica periodística. No es tanto así, pero casi. Son muy pocos. Y esa tendencia seguirá en pie si es que las universidades no cambian su manera caduca de educar.

Recientemente escuché decir que “el periodista debe describir las cosas como las ve Dios”. Seguro Dios se caga de la risa cada que escucha eso. Aunque la analogía, dicho se de paso, es perfecta para recaer en las malas costuras con las que se construye el periodismo ordinario: a Dios no se lo ve, no es tangible, y eso es lo peor que le podría pasar a un periodista. Y ojo, no hablo de que el comunicador se lleve todo el protagonismo, no, eso no debe ser así, me refiero al hecho de que su presencia debe ser palpable. Debe existir. El periodista es más que un simple intermediario entre el hecho y el lector. Es necesario –como me dijo un amigo- cargarse al hombro la historia y decir: “Soy yo quien la lleva”.

La objetividad, además de contradecir las “reglas” de la crónica, es una palabra excesivamente mimada y respetada por los catedráticos. Los futuros periodistas deben comenzar por desacralizar ese término y por poner fin a la búsqueda espacial de una objetividad que, en la práctica, no existe. Ni debe existir. El siguiente paso será quitarse de la cabeza la idea de que la subjetividad en el periodismo tiene connotaciones peyorativas. No estamos ante un misil nuclear o ante Hitler (lo cual es lo mismo, creo): es menos dañina de lo que nos quieren hacer pensar.

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jueves, 12 de noviembre de 2009

Más abrazos que cine

Para comenzar, debo advertir que esta película no es ni la sombra, en cuanto a contenido, de filmes grandiosos que Pedro Almodóvar ha creado (como las modélicas ‘Hable con ella’ o ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’). Tres años después de su última película -la sensacional ‘Volver’- el cineasta español regresa con una obra melodramática que narra la historia de Mateo Blanco, un director de cine que pierde sus dos activos más valiosos: primero, su vista, y, luego, a su querida novia. O viceversa. O al mismo tiempo, eso es lo de menos.

Existe un recurso muy propio de Almodóvar usado en ‘Los abrazos rotos’: el de contar una historia dentro de otra. Novedoso, no; eficaz, sí porque sirve para que Mateo (interpretado por Lluís Homar) cuente su turbulento pasado. Con esta técnica se produce un ir y venir de dos tiempos que están separados por más de una década. Dos tiempos, cabe recalcar, que quedan muy explícitos ya que, a diferencia de uno de los anteriores filmes del director español, ‘La mala educación’, en donde se juega de una manera magistralmente confusa con el pasado y el presente, en esta película no existe espacio para dudas de ese tipo.

En ese pasado aparece, en un papel poco sobresaliente, la recientemente ganadora del Oscar por su participación en ‘Vicky Cristina Barcelona’, Penélope Cruz. La actriz española interpreta a Lena, una joven de un status social bajo que, sin embargo, logra conquistar la clase alta madrileña gracias a su penosa relación con un empresario exitoso. Lo que no logra es ser feliz. Pero todo cambia cuando se ofrece para trabajar en una película que Mateo Blanco pretende rodar.
“La energía de Elena es bastante diferente a la mía”, confesó Penélope Cruz, en una rueda de presa, cuando se le preguntó sobre su posible similitud con Lena. No era necesario que lo diga: es evidente. Pese al gran interés que posiblemente genere esta película, por el retorno a la pantalla grande de la dupla española de cine más reconocida del momento (Almodóvar-Cruz), es lamentable tener que informar que tanta confianza que el director manchego ha depositado en su “musa” predilecta (dándole papeles tan poco congruentes con su personalidad), es, en esta ocasión, mal retribuida. En ‘Los abrazos rotos’, Cruz está lejos, muy lejos, de ser la Raimunda de ‘Volver’, aquella que estuvo nominada a los Oscar pero que, por razones que sólo la Academia de Hollywood comprende, no pudo ganar.


El protagonismo, no cabe ninguna duda, lo lleva Lluís Homar, pero él, talvez por verse incapaz de compenetrarse con el personaje que interpreta, o por la tibieza del guión y del argumento, tampoco logra un papel memorable. Su drama jamás logra ser transmitido al espectador, y su resignación -ante su ceguera y ante la muerte de Lena- es poco convincente. Existe un acierto digno de resaltar: la presencia del empresario inescrupuloso (interpretado por el reconocido actor José Luis Gómez) que funciona muy bien en su papel de antihéroe para esta historia de amor tan deslucida. Hay referencias a diversos clásicos del cine, como para justificar lo dicho por Almodóvar para definir a ‘Los abrazos rotos’: “Esa película es mi declaración de amor al cine”.

Con todo, el hecho de que la película lleve la firma de Almodóvar (y de su “amante sin los placeres del sexo”) resulta suficiente para que ‘Los abrazos rotos’ no conozca el fracaso taquillero. Y, talvez, para que logre alguna nominación en los cada vez menos confiables premios de la Academia. Almodóvar le ha entregado mucho al cine, por lo que una película que pretende ser sentimentalista, pero que no logra serlo, no puede deslucir la carrera de un cineasta tan prolífico. ¿O sí?


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